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Martes, 7 de Decembro de 2021
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    Ácido y Caracola

    Todo comenzó hace muchos, muchos años, cuando Caracola aun vivía feliz, en el fondo del mar. De todas las princesas marinas que habitaban en las profundidades, ella era la más querida y la preferida de Océano, el Señor de todos los mares, y como tal, poseía todo aquello que pudiera desear: Perlas nacaradas de tonalidades increibles, tesoros submarinos, barreras de coral, playas infinitas de arenas finas; incluso bandadas de peces multicolores, capitaneados por delfines, que desfilaban ante ella, mientras realizaban complicados ejercicios acrobáticos.

    Bien cierto es, que aunque se tenga todo, nunca es suficiente. Poco a poco, Caracola comenzó a languidecer. Ya no disfrutaba con nada y todo le aburría. Buscaba algo más; algo diferente; algo lo suficientemente fuerte e intenso, que la sacudiese de la cabeza a los piés y rompiese aquella sensación de felicidad falsa, plácida y prefabricada, que la rodeaba por todas partes.

    Caracola siempre había cantado muy bien y cada vez que lo hacía, las criaturas del fondo marino se congregaban a sus pies para escucharla. Sin embargo en los últimos años, sus melodías se habían ido tiñendo de un aire triste y melancólico, semejante al de un viejo blues.

    —¿Porque estás triste, si todos te queremos? —Preguntaban los habitantes marinos. Entonces Caracola callaba y una sombra cruzaba el rostro de Océano.

    Fué entonces cuando apareció Ácido, aunque este no era más que uno de los muchos apodos, quizás el más popular, con el que se le conocía en todo el mundo. Su verdadero nombre no era otro, que Luz y Sonido Diferente, abreviado habitualmente como LSD. Su llegada al reino de Caracola, fué algo que siempre permaneció envuelto en el misterio. Unos decían que había sido arrojado de un barco mercante en el que viajaba con destino a algún puerto lejano, ante el abordaje inminente de una patrulla militar; otros, que había sido el mismo, quien había decidido largarse, al convencerse de que los seres humanos no estaban preparados para recibir sus dones. El caso es que cuando apareció, todo cambió a su paso. Las gotas del mar irradiaban un brillo fluorescente, las medusas semejaban un poco más transparentes que antes; incluso las olas, parecían moverse a un ritmo diferente. Esos y otros muchos prodigios se sucedieron a su llegada. Fué entonces, cuando los peces aprendieron a volar; aunque ahora, ya sólo sean unos pocos, los que aun conservan el secreto.

    Caracola percibió los cambios y quedó prendada del recién llegado. Luz y Sonido Diferente era justo lo que buscaba, alguien distinto, capaz de sorprenderla y de hacer de cada momento, un instante único e irrepetible. Durante un cierto tiempo, recuperó la felicidad perdida y los dos vivieron en perfecta armonía. La realidad semejaba no tener más límites que los de su propia fantasía. L.S.D. chasqueba los dedos y como por arte de magia aparecían catedrales rosas, que se elevaban desde las profundidades abismales, hasta la superficie del mar; melodías sublimes, compuestas a base de colores y poemas con olores y sabores, que flotaban en el agua, como nubes de algodón.

    Pero por desgracia, la felicidad no duró mucho. Casi nunca lo hace. Océano es un amante demasiado celoso y posesivo, que no admite rival posible y la única ley que acata, es la suya propia. Su amor tenía fecha de caducidad fija. Los dos sabían que más temprano que tarde, Luz y Sonido Diferente, estaba condenado a desaparecer, a disolverse en él agua, igual que ella, igual que todos.

    Sucedió durante una de las peores tormentas que se recuerdan, desde el principio de los tiempos. Fué un combate épico, como nunca antes se había visto, y seguramente, como nunca más se verá. La derrota estaba anunciada, de antemano. Pero antes de que sucediese el fatal desenlace, Luz y Sonido Diferente tuvo tiempo de despedirse de Caracola y de todos los allí presentes, con un espectáculo sin igual. A las olas que lanzaba Oceano, enormes como rascacielos, opuso murallas de colores fluorescentes, como nunca antes se habían visto; a los rayos, truenos y vientos huracanados, escalas musicales, con instantes de calma y felicidad plena. Oceano enfureció y lanzó a la carga, a sus terribles corrientes submarinas. Ácido no se inmutó y respondió con una bandada de peces voladores y acróbatas, que danzaron sobre ellas. Durante unos segundos pareció incluso que podía ganar. Pero sólo fué un espejismo. Poco a poco, las fuerzas de Ácido menguaron y comenzó a disgregarse, a disolverse en la inmensidad marina; hasta que finalmente, terminó por desaparecer la última de sus moléculas. Entonces Océano supo que había ganado y bramó durante tres días y tres noches, con la furia y la alegría que producen las grandes victorias.

    Desde entonces, ya han transcurrido muchos años y Caracola continúa cantando, al mismo tiempo que llora. Tantos años, que la amargura que brota de su interior ha terminado por convertirl su preciosa voz, en algo semejante al graznido de un cuervo. El blues resuena ronco y triste, y a buen seguro, que mañana lo será un poco más. De vez en cuando, una fugaz sonrisa atraviesa su rostro. El recuerdo de un instante pasado con él. Entonces, Océano frunce el ceño. Se produce un instante de silencio y el blues, un poco más triste y ronco que antes, vuelve a comenzar.

    Colaboradores

    Alberto Aliaga Sola
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    Ángel Covelo
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    Bea Sanfa
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    Manrique Fernández
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    Paz de la Peña
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    Ricardo Canosa Bastos
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    Roberto Mera
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