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Mércores, 1 de Decembro de 2021
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    Menna, el remunerado

    Hace muchos, muchos años, cuatro magos orientales descubrieron en el firmamento una estrella nueva, cuya luz destacaba, entre todas las que la rodeaban. Era la señal que durante tanto tiempo, habían estado esperando. Por fin, el tiempo se había cumplido y el tercero de los Mesías, que según ellos, debía inclinar el combate a favor de las fuerzas del Bien, ya se encontraba de camino.

    Los cuatro magos se llamaban Melchor, que significa ‘Mi rey’; Gaspar, que quiere decir ‘El que se acerca’ ; Baltasar, ‘El protegido de Dios’ y finalmente Menna, ‘El remunerado’. Este último procedía del país en el que nace el sol y era el más rico y sabio de todos elllos. Una noche, hacía ya varios meses, había visto la estrella por primera vez. Lo primero que hizo fué cerciorarse de su descubrimiento; lo segundo enviar mensajeros anunciando el descubrimiento, a sus amigos Melchor, Gaspar y Baltasar. Después de eso, organizó el gobierno de su reino, lo mejor que supo, preparó una caravana cargada de tesoros, medicinas y provisiones, y partió, dispuesto a no volver, hasta haber conocido al Enviado.

    Pero Menna, no sólo era el más rico y sabio de los cuatro magos, –sus conocimientos de medicina, física y astronomía eran legendarios– sino también, él que poseía un alma más pura y generosa. Así, que mientras sus tres compañeros forzaban a los camellos, hasta el límite de sus fuerzas, para llegar cuanto antes a su destino, el bueno de Menna se iba deteniendo aquí y allá, socorriendo a todos los pobres y enfermos, que le salían al paso.

    De esta manera, Menna se fue quedando, más y más rezagado; tanto, que cuando Melchor, Gaspar y Baltasar ya se encontraban cerca de Belén, él aun no había divisado las montañas de Jerusalén. Cuando estaba entrando en las afueras de la ciudad, el mago vio a una niña, que sentada en el borde del camino, lloraba amargamente. Al preguntarle la causa de su desgracia, la niña respondió:

    —Noble señor, mis padres han caído enfermos y mis hermanos y yo, no tenemos nada que comer. Por eso es por lo que lloro y por eso os pido, que si podeis hacerlo, me ayudéis.

    Sin dudarlo un instante, Menna ordenó a su séquito que se detuviese y acto seguido, se fue con la niña, hasta la choza en que vivía. Allí encontró a los padres, ardiendo de fiebre y cubiertos de llagas y al resto de los niños, famélicos y apenas vestidos, con unos pocos harapos. Tras ordenar a su gente que repartiera ropa y alimentos, entre los pobres del lugar, Menna procedió a limpiar el cuerpo de los dos enfermos. Después de explorarlos cuidadosamente, ordenó que encendiesen fuego y empezó a preparar algunas medicinas.

    La voz de que un santo había llegado a aquellas tierras, no tardó en extenderse a lo largo y ancho de Jerusalén. A la mañana siguiente, una multitud de enfermos y necesitados se concentraba a las puertas de su tienda. Menna no se inmutó, y tras reconocer a los padres de la niña y comprobar que ya se encontraban mucho mejor, se dispuso a atender, a todos los que se encontraban allí, y aun a los que iban llegando, uno por uno.

    Cuando por fin salió de Jerusalén, Menna intentó apresurar el paso. Pero no pudo ser. Su noble corazón se negaba a pasar de largo, cada vez que veía a alguien, que podía necesitar de su ayuda. En las proximidades de Belén, sufrió una de las mayores desilusiones de su vida. Un mensajero de Baltasar le esperaba, para comunicarIe que no siguiera buscando al niño y saliera de allí cuanto antes. Pues Herodes estaba furioso y quería matarlos a todos, a ellos y al ‘enviado’.

    Fue así, como el cuarto rey mago no pudo llegar a tiempo, para conocer al ‘Enviado’. Sin embargo, Menna no renunció a la idea que le había traído desde tan lejos, y allí mismo, en las afueras de Belén, se hizo la solemne promesa, de que no volvería a casa, hasta encontrarle. Tarde o temprano, terminaría por hacerlo.

    Pasaron los años y Menna continuó repartiendo, su cada vez más menguada fortuna, entre los pobres y los necesitados. Ahora ya no le acompañaba un fastuoso cortejo. ¿Para que? Sus pertenencias eran tan escasas, que podía llevarlas el mismo. El ‘mesías’ continuaba sin aparecer. Pero aun así, su ánimo, no decayó ni un instante.

    Una tarde, el sabio descansaba a la sombra de un olivo. Cuando de pronto, una luz más brillante que el sol apareció ante él y le dijo:

    —Marcha a Jerusalén. Busca a María, la madre del ‘rey’ y ella te conducirá hasta donde se encuentra.

    El ya viejo y pobre mago, así lo hizo. Una vez en la ciudad, consiguió encontrar a María, muy cerca del mercado. La siguió y tras una larga caminata, terminaron desembocando en la explanada del Templo. Allí, un niño de apenas 10 años, hablaba sobre las profecías y el Juicio Final, y dejaba asombrados a los sacerdotes, ante la sencillez y sabiduría de sus respuestas.

    Al terminar de hablar, el niño se acerco hasta Menna y cogiéndole de las dos manos le dijo:

    —Tu me has estado buscando durante muchos años y yo te he estado esperando para decirte, que todo lo que hiciste con esos pobres y enfermos, también lo hiciste conmigo.

    Así que Menna escuchó esto, sintió un escalofrío que le recorría de los pies a la cabeza. Tuvo muy claro, que todas las penalidades sufridas, todos aquellos años lejos de su país, habían merecido la pena. Por fin podía morir en paz. El mago miró aquellos ojos azules y dulces del niñó y no pudo evitar, que dos lágrimas rodaran por sus mejillas. Emocionado como estaba, Menna no sabía que hacer. Finalmente, sus viejas y temblorosas manos, extrajeron del fondo de su túnica, la última moneda de su fabuloso tesoro y sin dudarlo un instante, se la ofreció al niño. Este, la tomo entre sus manos y tras observarla detenidamente, levantó la mirada hacia el anciano mago y le dijo:

    —Tu nombre es Menna, que significa ‘El Remunerado’. Cierto que no eres rey, ni el que se acerca, ni mucho menos, el protegido de Dios. Pero en verdad eres, el mejor de todos ellos. Por que tus compañeros se dieron mucha prisa, para ser los primeros en presentarme sus ofrendas y no dudaron en dejarte abandonado a tu suerte, reprochándote los retrasos que les ocasionabas. No fueron capaces de darse cuenta, que todo lo que hacías por esa gente, lo estabas haciendo por mi. Y por eso te digo que serás recompensado, no con una, sino con cien veces lo que diste.

    Asi sea.

    Colaboradores

    Alberto Aliaga Sola
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    Ángel Covelo
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    Bea Sanfa
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    Manrique Fernández
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    Paz de la Peña
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    Ricardo Canosa Bastos
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    Roberto Mera
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