La clase política española, ¿qué hemos hecho para merecer esto?

En febrero de este año, escribí en este mismo periódico, un artículo sobre el proyecto del actual gobierno, de elaborar unos nuevos presupuestos, con un marcado acento social; los vigentes son de la era Montoro. Entonces me centré en los problemas que podía acarrear, un incremento del gasto público cierto, basado en una previsión de ingresos, que como mínimo, podía calificarse de excesivamente optimista y muy poco fiable. Hoy nada de eso tiene el menor valor.

Siete meses después han cambiado muchas cosas. La primera y fundamental, la pandemia que azotado la totalidad del planeta. Creo que es justo decir, que cuando se desató, nadie estaba preparado para algo así. La primera decisión que se vieron obligados a tomar los distintos gobiernos, fué elegir entre economía y salud. Muchos se decantaron por la segunda y de ahí los confinamientos masivos de la población. La consecuencia fué la paralización de la economía y la crisis que ya tenemos encima. Es cierto que esto ha sucedido en todo el mundo. Pero si miramos los datos objetivos, España presenta los peores datos de Europa, tanto en incidencia del virus (contagios y fallecidos) como en caída del PIB. La primera conclusión que podemos establecer de forma clara, es que en España las cosas se han hecho mal, tanto a nivel del gobierno central, como de las comunidades autónomas.

Lo que no ha cambiado en estos siete meses han sido dos cosas: La ausencia de presupuestos y la incompetencia de nuestra clase política, tanto de los que están en el bando del gobierno, como de los que militan en la oposición. Quizás incompetencia no seá la palabra más adecuada para definirlos. A fin de cuentas, sólo implica que alguien es incapaz de hacer bien las cosas y lo de nuestros dirigentes, por desgracia, resulta algo bastante más grave. No sólo son incapaces de hacerlo bien, sino que ni siquiera parecen ser conscientes, de que el espectáculo que nos han ofrecido en estos meses de pandemia, ha sido lamentable y vergonzoso. Seguramente haya quien piense, que soy muy exagerado. Pero si repasan los acontecimientos de los últimos años y muy especialmente, de estos últimos meses, podrán comprobar que mientras morían más de 30.000 personas, unos y otros no han dudado en echarse las culpas, intentar eludir sus responsabilidades y hacer todo lo posible, por desgracia nunca mejor dicho, para cargarle los muertos al otro.

Se ha dicho y creo que con razón, que estos son los presupuestos más importantes de nuestra historia y no sólo por la situación derivada de la pandemia, los confinamientos, la desconfianza, el miedo y la crisis, sino también, porque la UE va a aportar 140.000 millones de €, esto es, cerca del 10% del PIB español. Así que creo que será bueno hablar un poco, de los principales protagonistas de esta tragicomedia.

En primer lugar tenemos a la propia UE. La cosa ya no iba muy bien, con el Brexit y la parálisis crónica que padece. Pero ahora con la pandemía y con la situación en España y otros países, supongo que en Bruselas deben estar al borde de un ataque de nervios, tirándose de los pelos y maldiciendo la hora, en la que decidieron dejarnos semejante fortuna. Me imagino que estarán en eso y también en pensar,que medidas pueden tomar en un futuro más o menos cercano, para asegurarse de que de una manera u otra, les podamos devolver todo ese dinero.

En segundo lugar tenemos al gobierno de coalición y a sus socios de investidura, que a veces lo son y otras muchas no. Dado que se trata del gobierno de la nación y por lo tanto del actor más importante, creo que será bueno detenerse un poco, en algunos de sus componentes.

Tenemos un Presidente de gobierno que es un superviviente nato, que adapta su estrategia y se aferra al poder, como un percebe a una roca. Alguien capaz de decir una cosa y la contraria, casi al mismo tiempo y que se comporta más como un monarca, por encima del bien y el mal, que como el presidente de un país, al borde del desastre.

Un vicepresidente segundo y líder del otro partido de la coalición, con aires de mesias y una marcada bipolaridad, que le lleva a querer ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Ell@s son artífices del paraguas social, pero con las cargas policiales no tienen nada que ver. No es sólo que aspiren a nadar y guardar la ropa; sino que quieren ser madres y vírgenes al mismo tiempo. Según tengo entendido, el sr Iglesias tiene una formación apabullante. Pero su idea de abrir un debate sobre el modelo de Estado, en medio de una pandemia y una crisis económica galopante, es propia de un irresponsable, o de un fanático y sinceramente; no sé cual de las dos alternativas me da más miedo.

En lo que respecta a los socios de la investidura, el asunto no mejora. Básicamente estamos hablando de tres partidos nacionalistas, dos de los cuales, ERC y Bildu, declaran abiertamente que quieren destruir el estado como tal y el tercero no aspira a tanto, pero si a que sea lo suficientemente débil, como para seguir cediendo a sus demandas. Partidos que en los tiempos más duros de la pandemía, no han dudado en cobrar, por sus votos imprescindibles para aprobar medidas, que bien o mal, pretendían proteger la salud de los ciudadanos.

En el lado de la oposición y por increible que parezca, la cosa empeora. Albert Einstein solía decir, que sólo había 2 cosas infinitas: el universo y la estupidez humana y que del primero, no estaba seguro. El líder de la oposición, cada vez que habla, se encarga de recordarnos, que sabio era y cuanta razón tenía Einstein.

Después tenemos a VOX, con su griterio, sus referentes medievales como el Cid, o Isabel de Castilla y sus llamamientos a un golpe de estado. Es como esos vinos que se pican y se convierten en vinagre. En el plano económico sus propuestas pasan por una curiosa mezcla del neoliberalismo más extremo, con unas gotas de estado paternalista, que concede derechos y privilegios según le parezca. En el político, más propias de que las estudien psiquiatras y antropólogos, que teóricos y politólogos. Entiendo que la gente puede estar cabreada. ¿Pero tan desesperada como para votarles?

Por último nos queda Ciudadanos, sin duda la mejor representación que se ha hecho nunca de la novela de Stevenson, El Dr Jekill y Mr Hyde. Hay días que se levanta como un partido europeo y civilizado, otras en cambio, se aferra a la bandera y se transforma en un monstruo neoliberal, que cuestiona los derechos sociales por su elevado coste, al tiempo que defiende una bajada masiva de impuestos, que por un lado reducen el estado del bienestar y por otro, beneficían en mayor medida a las rentas más altas.

Si hace dos o tres años me hubiesen preguntado por los principales problemas de este país habría señalado el paro endémico, la corrupción, la pobreza y el desperdicio de capital humano. Si me preguntasen hoy en día, sólo señalaría uno: la actual clase política, sin duda entre las peores del planeta. Un elenco de personajes que sólo piensan en términos de si mismos y de los intereses de su partido y eso si, siempre con una visión cortoplacista, que sólo busca el beneficio inmediato. Mientras no nos libremos de políticos así, no podremos empezar a resolver el resto de problemas.

Hace falta una nueva generación de políticos y una nueva manera de hacer las cosas. Pólíticos nuevos que sean capaces de hacer algo más, que descalificar al prójimo y decir que si, que ellos lo hacen muy mal, pero que los anteriores lo hicieron peor. Políticos, que sean capaces de intercambiar ideas, que no se comporten como autistas virtuales, encerrados en sus burbujas. Políticos que sean capaces de cooperar, cuando la situación lo requiera. El 15-M y el movimiento de los indignados que se extendió por el mundo, clamó por un modelo nuevo, más justo, más solidario y más representativo. Sinceramente, creo que aspirabámos a algo mejor que esto.

José Saramago escribió una estupenda novela, titulada El ensayo sobre la lucidez, en la que planteaba que ocurriría, si en unas elecciones, la inmensa mayoría de la gente decidiese ir a votar y lo hiciese en blanco. Quizás sería una buena solución. Habría que ver, que cara se les quedaba. Y nada más. Como decimos en Galicia: Eiche o que hai.