Domingo sangriento

Apoyado en la barandilla, apartó durante un instante su atención, de la estación de ferrocarril que tenía justo debajo de él y recorrió con la mirada, la vista que le ofrecía la bahía de la ciudad. Resultaba sencillamente magnífica. El mar semejaba un liso espejo de jade, surcado por las siluetas de decenas de pequeños barcos y veleros. Viejos recuerdos, algunos de ellos casi olvidados, comenzaron a desfilar delante de él. Hacía muchos años que había partido de allí y ahora por fin, estaba de vuelta. Allí, al lado de aquel mar se había criado y había estudiado. En aquellas mismas calles, que ahora contemplaba desde la muralla del antigüo castillo, había crecido y habían transcurrido los días más felices de su vida. Aquellos habían sido tiempos buenos, pero también muy duros. La época de la oposición a la dictadura, cuando la lucha no sólo se pagaba con la cárcel, sino también con la vida. Aún podía sentir, el olor tan característico a sudor, miedo y tabaco, que reinaba en las reuniones clandestinas. La lectura de los autores prohibidos: Marx, Sartre, Lenin, Trotsky, Marcuse y tantos otros. Si, aquellos habían sido buenos tiempos; en los que se ideaban planes; en los que se soñaba con cambiar el mundo y hacerse uno a medida, donde todos los seres humanos fuesen iguales y libres; sin creencias, sin odios, sin diferencias. Pero aquello ya se había terminado hacía mucho. ¿Por qué? Le había costado dar con la respuesta, pero por fin creía haberla encontrado. Por que después de tanta lucha y de tanta atrocidad, se habían acostumbrado a ello y habían perdido su principal arma: la ilusión. La cruda, dura y pura realidad era que ya no tenían un motivo por el que luchar. Era triste reconocerlo, pero era así.

Todo había comenzado aquel fatídico martes, del cual se acababan de cumplir cuatro años. Esa había sido la ha primera señal, del derrumbe que no tardaría en producirse. Y sin embargo, no podía dejar de pensar, que de alguna manera, todo aquello podía haberse evitado. El control policial era uno de tantos y ellos, cuatro amigos, con la documentación en regla y un aspecto de lo más normal. Si aquel policía no hubiese desconfiado, ella aun estaría viva. Quizás ni él mismo supiera, por que lo había hecho. Pero así sucedió y ya no servía de nada lamentarse.

El tiroteo fue breve. Parecía que iban a poder escapar ilesos, hasta que en el último momento, justo cuando iban a doblar la esquina de la calle; ella, recibió un tiro por la espalda y cayó. Después, los recuerdos se iban haciendo más borrosos. Lo único que acertó a pensar, mientras sus dos compañeros le introducían en el coche y ella quedaba desangrándose sobre la acera, era que todos los planes que ambos habían trazado para el futuro, acababan de estallar, como una de esas malditas bombas, en las que él era un consumado especialista.

Si, desde entonces todo había ido de mal en peor. Algunos camaradas comenzaron a abandonar la lucha armada, para pasarse a la actividad política; otros habían caído y los demás, entre los que se encontraba él, estaban faltos de una ideología y de un líder, que les mostrase el camino a seguir. Desgraciadamente, la lucha armada, carente de ilusión, se convertía en una profesión tan monótona y frustrante, como cualquier otra, incluso más. Además, el apoyo social había disminuido hasta alcanzar unos niveles preocupantes. Eso era algo, que ni siquiera ellos mismos podían obviar. Los mismos que hace unos pocos años les apoyaban y exigían al gobierno una negociación política, les tachaban ahora de asesinos y terroristas. A veces se preguntaba por que seguía. Aquello no era vida. No tenía familia, ni hogar y los pocos amigos que le quedaban, iban cayendo uno tras otro. ¿Merecía la pena seguir? Muchas veces, él mismo se respondía que no; que toda su vida no había sido más que una inmensa sucesión de errores. Entonces una profunda sensación de cansancio se adueñaba de él. ¿Pero que más sabía hacer? Nada. Había dedicado toda su vida a la causa.

La estación aquella tarde se encontraba especialmente concurrida. Era domingo, el fin de semana se acababa y cientos de personas regresaban a sus casas. Además la llegada de las tropas, que regresaban de participar en una misión de paz, había atraído a numerosos curiosos, que se arremolinaban en torno a las vías y el vestíbulo del edificio. La banda militar comenzó a tocar los primeros acordes del himno nacional. Pensó que las olas resultaban un bonito acompañamiento de fondo y apretó el botón del detonador. Un instante después, la estación voló por los aires.