Historia de un paisito

Mi nombre no tiene demasiada importancia. Lo único que tienen que saber ustedes es que nací en un pequeño país; un paisito de esos que apenas si ocupan espacio en el globo terraqueo y que carecen de toda relevancia internacional. En definitiva, un insignificante rectángulo rodeado de agua por todas partes, excepto por el norte, que es donde están las montañas y las estaciones de esquí.

Visto con perspectiva histórica, la culpa de todo lo que ocurrió después, la tuvieron los turistas. De la noche a la mañana, miles de turistas suecos, ingleses y alemanes quedaron prendados de nuestras hermosas playas y nuestro maravilloso clima. El resultado fué que nos vimos invadidos por una horda de vikingos ávidos de sol, comida y alcohol barato. El ministro de turno dijo que aquello era una oportunidad caída del cielo, aunque la verdad sea dicha, yo tenía mis dudas. Ver a toda aquella gente semidesnuda, roja como un centollo recién cocido y más borracha que una cuba, no me parecia una oportunidad, sino más bien una falta de decoro y de respeto al ser humano.

El que si que vió la oportunidad fué el Director General y primer ejecutivo de la Sociedad de Cementos y Hormigones (SCH), presidente de tres equipos de la liga nacional de fútbol, Hermano Mayor de varias cofradías, hijo de un marqués venido a menos, sobrino segundo de un antiguo golpista y tataranieto del banquero que un siglo atrás, llevó al país a su octava suspensión de pagos oficial, Óptimo Lapela. Lapela pensó como el mencionado ministro, que aquello era una oportunidad de oro, por lo menos para él y que lo único que había que hacer, era convencer a todos aquellos vikingos, que si querían disfrutar de nuestras playas y nuestro clíma, lo que tenían que hacer era comprarse una casa aquí. Dicho y hecho. La SCH se lanzó a la compra de terrenos en la costa y de miles de concejales que permitieran la modificación de los planes urbanísticos. Las gruas crecieron a lo largo de las principales playas del país, hasta convertirse en un elemento más del paisaje y los precios de la vivienda comenzaron a subir. Los bancos vieron su oportunidad, proclamaron a Lapela uno de los suyos y se lanzaron a convencer a la población, de las indudables ventajas de endeudarse cómodamente y de por vida, para asi tener el gusto, de acabar muriendo como un propietario.

Durante unos cuantos años, las cosas fueron bastante bien. Los turistas gastaban a mansalva y los nacionales también, ya que había trabajo de sobra, especialmente en la hosteleria y en la construcción. La gente se compraba pisos, coches, muebles y viajes. Por supuesto todo a crédito. Para que pagar, si los bancos estaban ahí y regalaban el dinero.

Al que mejor le iba de todos, por supuesto, era a Lapela. La SCH había crecido tanto, que se había convertido en la principal compañía del país y la decimotercera del planeta. Su modelo de negocio se había extendido por medio mundo y él, se había convertido en un habitual de los foros internacionales y se dedicaba más a la filantropía y al fútbol, que a otra cosa. El modelo como tal, era muy sencillo: sus ejecutivos compraban terrenos que no valían nada y acto seguido movían los engranajes necesarios, para que una decisión administrativa consiguiese que valiesen una millonada.

Quizás ustedes se pregunten, si nadie vió que estábamos instalados en una enorme mentira. Bueno, si. Hubo algunas protestas, pero era algo muy selectivo y concreto, más relacionado con la defensa de ciertas zonas de valor ecológico. Que si la defensa de las tortugas y los peces payaso y cosas por el estilo. Si se refieren a cuestiones más profundas como cuestionar un modelo económico basado en la especulación inmobiliaria y un turismo alcoholizado, nadie lo puso en cuestión. Había trabajo, dinero y diversión. Asi que la gente estaba bastante contenta.

Por aquel entonces, el presidente del gobierno era un tal Z. Bonhome. Un tío de grandes cejas y pequeños ojos azules, que hacía honor a su apellido y transmitía la absoluta certeza de que era una excelente persona, que no se enteraba de nada de lo que ocurría a su alrededor. Fué entonces, cuando ocurrió el desastre. Un mal día, a uno de esos malditos analistas financieros se le ocurrió sumar dos y dos y llegó a la conclusión de que nuestra sistema económico era insostenible; por la sencilla razón de que ni siquiera nuestros nietos, podrían llegar a pagar el dinero que ya debíamos. Aquello fué una bomba. De golpe y porrazo las gruas desaparecieron, los tipos de interés subieron, la economía se hundió y la gente descubrió que el concepto de cómodos plazos era más que cuestionable, sobre todo cuando no te habías leído la letra pequeña del contrato. La consecuencia de todo aquello fué que muchos se declararon en quiebra y dejaron de pagar a los bancos.

El presidente reaccionó con calma, tal y como dice su cargo que hay que hacerlo y dijo que no había nada de lo que preocuparse. Y hasta cierto punto tenía razón. No había nada de que preocuparse, sino fuera por aquella extraña epidemía de carteles, que azotaba las principales ciudades del país, repitiendo una y otra vez: CERRADO y SE VENDE.

Los que si se preocuparon fueron el campeón eterno de liga y presidente de la compañía de cementos y su cuñado, un ejecutivo de altos vuelos y nula competencia, en uno de los principales bancos del país, que hasta ahora había autorizado todo tipo de créditos, convencido de que bastaba con mirar a los ojos a una persona, para saber si esta pagaría o no. Si las cosas seguían así, iban a perder una pasta gansa. Así, que ni corto, ni perezoso, Lapela decidió llamar a La Reina Európolis.

La verdad es que a la Reina, no le hizo mucha gracia que la sacaran de su retiro en el balneario del centro de Europa, en el que descansaba. Pero ya que la habían sacado, decidió aprovechar el tiempo para pensar. Lo primero que pensó, es que no le gustaban nada aquellos dos tipejos. Se notaba a kilómetros de distancia, que no eran auténticos caballeros. Tenían esos ojillos de rata avariciosa, que demostraban bien a las claras, que sólo les importaba el dinero. Lo siguiente que pensó es que tampoco le gustaba nada, todo aquello que le estaban contando. ¿Que era eso de que el pueblo se pudiese comprar lo que quisiese, pagando a crédito?. Si su bisabuelo Eldiberto hubiese levantado la cabeza, se habría vuelto a morir del pasmo. ¿Que iba a ser de virtudes como la humildad y la obediencia, si ni siquiera los pobres las practicaban?

Total, que la Reina mandó llamar al Presidente a Capítulo. El Capítulo, como sin duda todos ustedes sabrán, es una vieja y legendaria marisquería, de la que se podía asegurar que vivió tiempos bastante mejores. Según cuentan los más ancianos, antiguamente había cola para acceder a su terraza, desde la que se podía ver todo el contorno de la bahía. Hoy en día, lo único que se puede ver desde allí, es una inmensa pared de contenedores portuarios y a través de un pequeño hueco, una promoción abandonada de chalets, en una de las laderas del monte.

La Reina le dijo al Presidente, que estaba muy disgustada con las noticias recibidas y que aquello no podía continuar así, de ninguna de las maneras. También pensó en decirle lo de los pobres y las virtudes como la humildad y el trabajo duro. Pero ella era buena, siempre lo había sido y no quería humillar demasiado a aquel pobre desgraciado, demostrándole la superioridad de la realeza. Así, que decidió guardárselo para si misma.

Bonhome escuchó atentamente, frunció el entrecejo, como si estuviese pensando profundamente, algo que le costaba muchísimo y tras un embarazoso silencio, hizo lo que habría hecho cualquier otro presidente. Se levantó y dijo:

—Se hará lo que diga vuestra majestad– Tras lo cual, se despidió con una torpe reverencia.

Entonces, fué cuando comenzaron los problemas de verdad. A la mañana siguiente, los bancos amanecieron cerrados. Cuando por fin abrieron, fué para reclamar a sus clientes todo el dinero que les debían. Los clientes se quedaron perplejos. Algunos pagaron, pero otros no tuvieron tanta suerte y debían más de lo que podían pagar, o se habían quedado sin trabajo. La consecuencia fué una oleada de embargos, la mayor parte de ellos ridículos, ya que no había mucho que se pudiera embargar. La situación era paradójica. Necesítabamos dinero para salir del pozo, pero al mismo tiempo, nadie nos quería prestar, porque ya no éramos fiables. De la noche a la mañana habíamos pasado a ser oficialmente pobres.

Las cosas fueron tan tremendamente mal, que el Presidente anunció que no se presentaría a la reelección, un hecho sin precedentes en la historia de la patria. Su lugar lo ocupó Plácido Nosenada, una especie de mister Bean de dos metros de alto, que parecía aun más incapaz que su predecesor. Aun asi, las malas lenguas decían de él, que bajo aquella apariencia inofensiva, se escondía un superviviente nato, más mortal que una mamba negra. De hecho se le atribuye a un asesor suyo, la frase de que si hubiera una guerra nuclear, sólo sobrevivirían Plácido y las cucarachas.

Los días más duros de la crisis sirvieron para demostrar entre otras cosas, que las profesiones de economista y de politólogo carecían de futuro; que gracias a la democracia cualquiera podía llegar a ser presidente y que aquellos que afirmaban que una propiedad inmobiliaria nunca podría perder valor, no tenían ni idea de lo que hablaban. La gente volvió a cabrearse, pero en esta ocasión y gracias a los teléfonos móviles, a las redes sociales y a internet, consiguieron organizarse. La situación era grave, tanto, que el propio Plácido temió por su silla, sobre todo cuando la Reina, miró hacia él y arrugó el entrecejo, en medio de una función de teatro. Pero Plácido no había llegado hasta allí, para caer a las primeras de cambio y si algo demostró, es que aquellos que le habían definido como un superviviente nato, tenían más razón que un santo. Así que se secó el sudor de la frente, se ajustó el nudo de la corbata y declaró a la televisión:

—Como decía Sócrates, o quizás fuese Platón o Aristóteles: Solo sé que no sé nada, y si gente tan eminente y sabia como ellos, eran conscientes de su ignorancia, como pretenden ustedes que yo, que no soy más que un humilde presidente de gobierno, les pueda explicar que es lo que está pasando. Sencillamente no lo sé y dado que yo no lo sé y los demás tampoco, no se puede decir que sea culpa mía.

La verdad es que eso de echarle la culpa a Sócrates y Aristóteles resultó una gran idea y le sirvió para ganar tiempo, durante una temporada. Pero no fué de gran ayuda, cuando se descubrió que más de la mitad del gobierno, hacía horas extra para la empresa de cementos y otras compañías y cobraban por ello unos jugosos sobresueldos.

Plácido se volvió a escudar en Socrates, en que él no sabía nada y por lo tanto, no se le podía considerar culpable de lo que no sabía. Entonces fué cuando saltó a escena Trifulcio Mesías de Las Luces, Mesi para los amigos. Los que le conocían contaban de él, que había tenido una crisis existencial, mientras cursaba su tercera licenciatura, tras lo cual se había retirado a vivir durante dos años, en una cueva de las montañas. Ahora había decidido volver a a la sociedad y lo había hecho a lo grande. La pura, simple y cruda realidad, es que Mesi era el hombre. A la hora de hablar, no tenía rival que pudiera hacer frente a aquella sonrisa brillante y esa dentadura perfecta, que tanto me recordaban a las de mi tía Berenice. Eso si, sólo sabía decir tres cosas: Que había que echar a Plácido y a sus amigos; que todo estaba muy mal y que él las arreglaría. Por supuesto no explicaba como lo haría. Pero lo decía con tanto ardor y convencimiento y sobre todo, con aquella dentadura tan perfecta, que durante un instante consiguió que el país le creyese.

A Plácido no le hizo mucha gracia, que aquel recién llegado le viniese a cantar las cuarenta y le pretendiese quitar el puesto. A fin de cuentas, Plácido tenía la firme convicción de ser la única persona normal, en este país de tarados y por lo tanto, el único presidente posible. Colocar a cualquier otro en la presidencia, habría constituido, sin lugar a dudas, una gravísima irresponsabilidad.

Menos gracia le hizo aun, que uno de sus contables favoritos declarase delante de un juez, que ya estaba bien, que las bromas habían llegado hasta aquí y que si se creían que él era el cordero de dios que iba a cargar con los pecados del mundo, iban aviados. Que por supuesto que se cobraban comisiones y sobresueldos, por hacer ciertos favores y adjudicar ciertos contratos; que aquello lo habían hecho todos, desde que él usaba pantalones cortos, que los partidos tenían facturas que pagar y a los dirigentes les gustaba el dinero, como a todo hijo de vecino y quien no estuviese de acuerdo, que se hiciese misionero,o hermanita de la caridad.

Se preguntarán ustedes que pasó después y hacen bien, porque yo también me lo pregunto. Una tarde, al volver del trabajo, me encontré a mi mujer hablando por teléfono con su prima, la que había emigrado un par de años atrás a Papua Nueva Guinea. Por los gestos que iba haciendo mi mujer, deduje que a la prima le iba muy bien.

Esa noche preparó arroz con leche, mi plato preferido. De inmediato, tuve un mal presentimiento y la absoluta certeza, de que este año no me iba a enterar de cual de los tres equipos de Don Óptimo iba a ganar el campeonato de Liga. No me equivoqué. A la tercera cucharada empezó a contarme lo bien que le iban las cosas a Claudia. Por lo visto era la dueña de una gigantesca granja de pollos. No tuve que indagar nada sobre el origen de su buena fortuna, ya que mi esposa me lo contó todo. Parece ser que la prima había tenido la ocurrencia de llevar varias gallinas pitas y un par de gallos del país, en el barco en el que había viajado. Las pitas se habían muerto todas, pero los gallos no y además, tenían la virtud de poner a mil a las gallinas de Papúa. Aquel, y no otro había sido el origen de su fortuna y su imperio. Bueno, eso y que se había casado con un aborigen, que era el hijo de un mandamás de una de las principales tribus. Resumiendo: Que la prima Claudia quería que nos fuésemos a Guinea, para ser sus personas de confianza. Después de eso, se hizo el silencio y casi fué lo mejor que pudo ocurrir. Estuve completamente seguro de que no importaba lo que dijese, porque ya estaba todo decidido. Así, que decidí aprovecharme de la situación.

—¿Puedo repetir?— Dije señalando la fuente de arroz.

Dos semanas después ya teníamos los pasaportes, los billetes de avión y ocho docenas de gallos del país, además de algunas pitas. Mis compañeros de trabajo me tacharon de loco, cuando pedí el finiquito. Pero la pura, simple y cruda realidad es que llevamos aquí unos cuantos meses y las cosas nos van bastante bien.

La verdad es que tienen razón los que dicen que la mejor cura para la ignorancia es viajar y conocer otras costumbres. La vida en Papúa Nueva Guinea es completamente diferente a la de nuestro país. Para empezar, la presidenta es una mujer y por lo que he podido apreciar hasta ahora, no ha debido oír hablar de Socrates y de Platón en su vida. No sólo no dice que no sabe nada, sino que cada vez que aparece en las noticias de la televisión, transmite la certeza de que lo sabe absolutamente todo. Habla bien. Va muy arreglada. Es muy educada y siempre aparece acompañada de cifras y datos, que le dan la razón en todo lo que dice. La verdad es que no es sólo ella. Aquí, todo el mundo es muy educado. No gritan, te dan los Good moorning, el afternoon, te ofrecen té a cualquier hora del día o de la noche y te preguntan si con leche, o con un azucarillo o dos. Eso sí, sosos son un rato largo y además, no tienen ni idea de fútbol. Los únicos que me dan envidia, porque la verdad sea dicha viven como diós, son los gallos.

Una última cosa. Debía de tener unos ocho o nueve años, cuando un domingo dando un paseo, le pregunté a mi padre que eran las antípodas. Él me explicó que las antípodas son el lugar del planeta, opuesto a aquel en el que te encuentras. Recuerdo que le pregunté, si entonces los habitantes de esos países, vivían cabeza abajo. Mi padre se echó a reir y eludió la respuesta. Ahora ya sé porqué: ¡Los que estamos cabeza abajo, somos nosotros!