Carta abierta a un recién nacido

Vivimos en el tiempo de la desolación y la muerte, Alexis, por eso hay que aprovechar hasta el límite, los pocos resquicios de vida que aun nos dejan. Eso y la esperanza tienen que ser el pan nuestro de cada día. Si, ya sé que podrías decir que la esperanza no se come, aunque si que sea lo último que se pierde. Y no te faltaría razón, si pudieras decirlo, Alexis, hijo mío. Pero la verdad, es que si no tuviésemos esperanza, entonces, ya no nos quedaría nada. Porque la simple y cruda realidad, es que me resulta imposible imaginar un mundo peor que este. Aunque sólo sea por eso, merece la pena seguir soñando con algo distinto. De lo contrario, ¿para que seguir viviendo?

Antes de ayer murió la sra. Chaoz., aunque tu por supuesto, no puedes saber de quien te estoy hablando. Era una anciana menuda y poquita cosa, que cuidaba de ti y de tu madre enferma, en mis escasas ausencias. Se sentaba en una silla a la entrada de la tienda y allí pasaba las horas, cantando canciones de su lejana aldea de Asia Central. Ya no lo hará más. Pero lo peor no es que haya muerto ( En los últimos tres meses han caído tantos, que uno más, ¿Qué más dá?). Lo peor de todo es que nos hemos acostumbrado de tal manera a la muerte, que ya ni siquiera tenemos respeto por ella. Hablamos de la muerte parapetados detrás de números y estadísticas. En el último mes han fallecido trescientos veintiocho. De hecho hay incluso quien asegura, que este ha sido un buen mes y han caído menos de lo habitual. Pero la frialdad de los números no es capaz de esconder el autismo que nos domina. Esa falta de sentimientos, donde sólo existe el miedo que nos atenaza y que nos convierte en algo bastante peor, que una manada de animalillos asustados; una manada de animalillos asustados dispuestos a todo, con tal de sobrevivir un día más.

Así es y seguramente, no podría ser de otra manera. A fin de cuentas, ¿que hay detrás de cada uno de nosotros? Apenas una vida repleta de sueños y frustraciones, de amores y desamores, de verdades y desengaños. Sentimientos que se pueden tirar a la papelera, igual que un kleenex usado. Y no me gusta que sea así. Pero asi es como es y no hay nada que hacerle. Por que a fin de cuentas, si perdemos la faceta humana, ¿qué es lo que nos queda? Apenas la inteligencia fría y aséptica de un ordenador. Y si se trata de máquinas, hay que reconocer que hay algunas, por no decir bastantes, que lo hacen mucho mejor que nosotros.

Los humanos somos animales extraños y contradictorios. De alguna manera es como si cada vez que avanzamos en el conocimiento y en la tecnología, tuviésemos la necesidad de retroceder en la escala evolutiva. Inventamos nuevas máquinas, que sirven para matar más, mejor y más barato. Mejor no pensar, a que extremos de crueldad seremos capaces de llegar en un futuro próximo. Como ya te dije antes, me resulta imposible imaginar un futuro peor que el actual. Aunque la realidad se haya encargado de demostrarnos un millar de veces, que siempre puede haber algo peor.

Por lo demás, nuestra vida es tan rutinaria como siempre; si es que por rutina se puede entender la lucha por la supervivencia y el no saber si seguirás vivo, al minuto siguiente. Me despierto un poco antes, de que salga el sol. A esa hora, algunos ya se encaminan hacia los puestos, donde con un poco de suerte, se repartirán comida y medicinas, cinco o seis horas después. Allí permanecen toda la mañana, intentando matar el tiempo a base de juegos y cháchara.

Por suerte durante la última semana no he tenido que ir a buscar comida, ni medicinas. Desde que ha llegado el médico nuevo, ni a ti, ni a tu madre os ha faltado de nada. No sé porqué, pero parece que le habéis caído en gracia. Aunque eso es algo que también puede ser peligroso. Cualquier privilegio, por pequeño que sea despierta recelos en las tiendas contiguas y ya se sabe que el ocio y la desesperación no son buenos compañeros y por lo general, no conducen a nada bueno. La maldad tiene mil caras y este campamento es uno de los peores sitios posibles, para confiar en alguien.

El doctor también me ha dicho que no me haga muchas esperanzas sobre tu madre. Está muy débil y lo más que probable, es que muera. Pero eso era algo, que yo ya sabía, desde el momento que perdimos nuestra casa y tuvimos que refugiarnos en este maldito campamento.

Hoy ha vuelto a haber problemas en el reparto de la comida. Algo que por otra parte, se repite de forma cíclica, como las fases de la luna. Es verdad que se reparten números y que por regla general, la gente guarda cola. Pero de vez en cuando, siempre hay algún listillo, que pretende colarse y eso desata la ira del resto. Parece que lo de hoy ha sido una auténtica batalla campal, alentada por los propios soldados, que no han tenido otra ocurrencia, que subirse a los camiones y ponerse a arrojar los paquetes de comida, igual que si fuéramos fieras salvajes.

Él que me lo ha contado, estuvo allí. Parece ser, que en cuanto se empezaron a arrojar los primeros paquetes, la multitud se desbocó, igual que un caballo salvaje. Hubo empujones, pisotones, peleas. Hablaba de tres o cuatro muertos y más de cuarenta heridos. Eso es lo peor de la guerra; eso y el hambre: La capacidad que tiene de embrutecer al ser humano, de sacar a flote, lo peor que hay en cada uno de nosotros. Personas que conozco desde hace muchísimo tiempo y que tan sólo unos meses atrás, hubieran estado encantados de ayudar a cualquiera, serían capaces de matar hoy, por un par de botas en buen estado, un paquete de arroz o un botiquín de primeros auxilios. No importa que se trate de ancianos, mujeres o niños. Tampoco importa, que sea culpable o inocente. Lo único que importa, es no quedar fuera del reparto. La cuestión se reduce a ellos, o nosotros; supervivencia pura y dura. Ya no existe el respeto, la compasión o la piedad. La única ley vigente es intentar sobrevivir un día más.

Una de las actividades preferidas del campamento, es la rumorología. Si las cotas de maldad no tienen límites, los de la credulidad humana, tampoco. Si tan sólo fuera verdad la centésima parte de lo que se oye, ya nos habrían liberado cinco o seis veces y ejecutado otras tantas. Y pese a que casi nunca son verdad, la gente continua haciendo caso a los rumores, dándolos por ciertos, una y otra vez. Ayer mismo, estuvieron a punto de linchar a un chaval de dieciséis años, porque alguien escuchó a uno, que había escuchado a otro, decir que el chaval, estaba implicado en la adulteración de la leche en polvo. Y si no hubiera aparecido aquella patrulla, es posible que a estas horas el chaval, ya estuviese muerto. No importa lo que digas, hagas o pienses. Lo único que importa es que haya alguno, al que no le guste, lo malinterprete, o peor aun, no le caigas bien y esté dispuesto a acusarte, lo suficientemente alto y con la suficiente convicción, para que los demás le crean. A veces pienso que sería mejor que nos cayese una bomba encima. Una sola. ¡BOOMM¡ Y que todo se acabase de repente. Pero, si eso ocurriese, ¿Quién te iba a cuidar, Alexis? ¿Qué culpa tienes tu, que acabas de llegar, de que hayamos convertido este planeta, en un lugar inhabitable?

Hoy hemos comido gracias a Sonia, una prima en segundo grado de tu madre. El sol ya estaba bastante alto, y del médico nuevo no hemos tenido noticias, desde hace cuatro días. Quizás se haya largado, o es posible que lo hayan trasladado a otra zona del campamento. Yo había decidido no acudir al reparto. No quería dejaros solos, ni a tí, ni a tu madre, que a cada hora que pasa, está peor. Además, para que voy a negarlo, tampoco quería enfrentarme a la prueba más terrible de todas: Saber con absoluta certeza, si en el caso de que consiguiera algo de comida, sería capaz de compartirla contigo o con tu madre, o me iría a devorarla a un rincón, igual que una fiera salvaje. Entonces apareció Sonia. Traía cuatro botes de leche en polvo, tres paquetes de galletas, dos de harina y seis barritas de chocolate. Ni tu madre ni yo nos hemos atrevido a preguntarle, como lo había conseguido. Suele ser lo normal entre las chicas de su edad y la única manera que tienen, de procurarse algún pequeño lujo y algo de comida extra para sus familias. Bastante ha hecho, que ha venido a compartirlo con nosotros; un matrimonio maduro, que busca en su tercer hijo, compensar la muerte de los otros dos. Pobre Sonia. Desde que sus padres murieron, nosotros hemos sido su única familia. Pero ahora, ya ha echado a volar con sus propias alas. Y en las circunstancias actuales, ¿quien soy yo, para dar consejos de moral a nadie?

Te parecerá tonto y estúpido. Pero una de los cosas que más echo de menos, es sentarme a leer el periódico, con una taza de café recién hecho. Claro, que que sabes tú, del olor del café recien hecho y del tacto de un periódico. Pero es así, Alexis, Si todos los que estamos aquí, soldados y refugiados, pudiéramos volver a hacer nuestras rutinas habituales; creo que acabaríamos comprendiendo que todo este horror es innecesario.

Me despierto agotado, antes de que salga el sol. No tanto por el cansancio físico, como por saber, que ahí viene otro día más. Otro día, con todas las complicaciones logísticas y burocráticas, que conlleva la lucha por la supervivencia. Conseguir leña, agua, comida y un largo etcétera. Como ya te dije antes, Alexis, el efecto más dañino de la guerra, es que saca a flote lo peor que hay en cada uno de nosotros. Hay quien dice, que también lo mejor. Pero yo eso no lo he visto. Por lo menos no, en este campamento.

Tu madre duerme, y tu también, frágil y pequeño, entre sus delgados brazos. Yo le sigo dando vueltas a la cabeza, intentando pensar.. Los edificios, las carreteras, las fábricas. Todo eso se puede reconstruir. Pero, ¿Cómo rehacer la confianza entre dos personas, que han aprendido a odiarse a muerte? Si yo te contara, hijo mío, las barbaridades que he visto cometer en nombre de Dios, de la Patria, de la Revolución y de la Libertad, estoy seguro que no me creerías. Por eso me gusta ser profesor. Educar es luchar contra la barbarie y el fanatismo. También por eso me gusta el arte. El Arte, con mayúsculas, supone la posibilidad de crear nuevos mundos, no de destruirlos. En ese sentido, Dios es artista, o no es. ¿Y nosotros? ¿Qué somos? ¿Que hacemos aquí?

Si Alexis, vivimos en el fin de los tiempos, el tiempo de la soledad y la indiferencia. Los cuatro jinetes del Apocalipsis ya están aquí y no nos hemos enterado, o si nos hemos enterado, hacemos como si no los hubiésemos visto. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte, que hablamos de ella como del tiempo, o de un número más.

Y bien cierto es eso, de que no todo es desgracia. Porque hay a quien le está yendo muy bien con esta maldita guerra y se está haciendo con un bonito capital, a costa del dolor y el sufrimiento ajeno. Los antibióticos se pagan a precio de oro en el mercado negro; y donde hay dinero, suele haber gente dispuesta a todo. He visto mezclar antibióticos, con productos veterinarios, o con azucar o bicarbonato; he visto a padres, negarles las medicinas a sus hijos enfermos, para poder revenderlas. Pero así es la vida, hijo. Aunque si quieres que te sea sincero, no envidio nada a esa gente; más bien me dan pena. Esclavos de su pasión por el dinero, ciegos y sordos a todo lo demás, incluso a las lágrimas de un niño. Supongo que creen, que cuando todo esto termine, ellos podrán sentarse a disfrutar tranquilamente de todo su dinero. Pero ¿Y si no mejora? O si mejora y ellos no lo llegan a ver. Entonces, ¿Qué? No lo sé. La verdad es que no sé casi nada. Ni siquiera sé si viviré lo suficiente, para poder ver el final de toda esta locura. Porque no nos engañemos, Alexis, las probabilidades de sobrevivir son ínfimas. Por eso te estoy escribiendo esta carta, ahora que aun estoy a tiempo. Quizás ni tu, ni tu madre, sobreviváis; o quizás sea yo, él que caiga primero. De lo que si puedes estar seguro, hijo mío, es que si nos llegas a conocer y ojalá sea así, tu madre y yo cuidaremos de ti, lo mejor que sepamos. Porque hay una cosa que nunca debes olvidar, Alexis, y es que en medio de todo este horror que nos rodea, tu eres la única esperanza que le queda al mundo. Así es y así debe de ser.

Te quiere: Tu padre.