Mis miedos

Mi nombre no tiene importancia. Lo único que tienen que saber ustedes es que soy un chico normal y corriente; ni muy alto, ni muy bajo; ni muy guapo, ni muy feo. Uno de esos chicos de 18 años, que caminan a millones por las calles de la ciudad, con un móvil, unos vaqueros rotos y una sudadera con capucha; uno más del montón, excepto por dos pequeños detalles, que son el miedo a la oscuridad y a los payasos.

El origen de estos miedos se remonta a diez años atrás. Por si ustedes no lo saben, yo me crié en un castillo enorme, con toda mi familia, y cuando digo castillo, me refiero a uno de verdad, con su puente levadizo y sus mazmorras, torres y almenas y cuando digo toda mi familia, me refiero exactamente a toda. Estaba Mamá (Papá murió en un accidente, cuando yo apenas tenía un año) los abuelos, Rigoberto y Teodora; los tíos, Rigoberto, Carlos, Alfonso y Federico, con sus respectivas esposas y mis ocho primos, todos mayores que yo. Todos juntos viviendo en aquel inmenso castillo des siglo XVI, que perteneciá a la familia desde su construcción.

Por supuesto y al igual que todos los demás, yo disponía de mi propia habitación, situada en el ala oeste del edificio. Para llegar a ella, tenía que atravesar un largo corredor de piedra, con puertas a derecha e izquierda. Dos lámparas de hierro suspendidas en los extremos del pasillo, apenas conseguían iluminar el oscuro pasadizo y la media docena de retratos de algunos de nuestros insignes antepasados, que colgaban a derecha e izquierda.

Camino por el pasillo, consciente de lo que me espera al final. Desde hace varias semanas, mi primo Iván, cuatro años mayor que yo, ha cogido la costumbre de esperarme escondido detrás de una de las puertas. Entonces, justo cuando paso por delante, sale vestido con su batín de seda, una careta de payaso ensangrentada que le cubre el rostro y un enorme cuchillo de plástico en las manos y dice:

—¡Uhh¡ Te pillé.

Aunque sé que va a ocurrir y soy consciente de ello, eso no impide que cada noche reaccione igual. Doy un grito que resuena en todo el castillo e inmediatamente salgo corriendo en dirección contraria, para acabar refugiándome en los brazos de mamá. Y mientras corro, Iván rie y rie, hasta que se cae al suelo del pasillo y allí continúa riendo.

Mamá me ha explicado montones de veces, que tengo que dejar de gritar y de comportarme como un histérico; que si dejo de hacerlo, a Iván ya no le hará gracia el asunto y me dejará en paz. También me explicó, que a Iván no se le puede decir nada, porque ya nació un poco rarito y mucho menos a su padre, que es el tío Rigoberto y que es quien paga las facturas. Y que si quiero tener miedo a los payasos con un cuchillo de plástico, estoy en mi derecho a tenerlo, pero que me comporte. Ella tiene miedo a que el tío Rigoberto nos deje en la calle cuando se mueran los abuelos y ese, no sólo es un problema bastante más grave, sinó que nos afecta a los dos.

Yo como buen hijo le prometí que lo intentaria. Pero la verdad es que para satisfacción de Iván, no fuí capaz de dejar de gritar. El asunto continuó igual durante un par de meses. Para entonces, había cumplido siete años y había decidido que puesto que era un hombre, tal y como me había dicho el abuelo, tenía que ser capaz de solucionar mis propios problemas.

Aquella noche, todo transcurrió igual que siempre. Iván salió desde detrás de la puerta, con su batín, su careta de payaso y su cuchillo de plástico. Pero en esta ocasión el sorprendido fué él, porque esta vez no salí correndo, de hecho, ni siquiera grité. Aquella noche yo también tenía un cuchillo, sólo que el mío era de verdad.

La consecuencia de todo aquello fué que el primo Iván se pasó nueve meses en el hospital, donde le extirparon el bazo y parte del estómago. Desde entonces, padece incontinencia urinaria crónica y no me ha vuelto a dirigir la palabra. El tío Rigoberto puso el grito en el cielo y quiso echarnos del castillo y que fuese a la cárcel. Pero el abuelo se puso firme en su silla de ruedas y dijo que el honor y el nombre de la familia estaba antes que nada. La solución pasó por mandarme a un internado especial, famoso por su disciplina. Allí, un montón de expertos dictaminaron que carecía de empatía social y me atiborraron a charlas, pastillas y talleres durante los siguientes diez años, justo hasta que cumplí la mayoría de edad y pude salir.

De las charlas y reuniones aprendí, que todo resulta mucho más fácil, si les dices lo que quieren escuchar. Cada uno de esos psiquiatras, psicólogos, pedagogos y educadores sociales tiene su propia teoría, sobre lo que encierra la mente de los demás. De lo único que se trata es de escucharles los primeros tres o cuatro días, averiguar de que pie cojean y darle las respuestas, que están deseando escuchar. Fingir que eres otro tiene sus recompensas. Al principio eran pequeñas cosas, media hora más de tele, otra tanta de paseo. Más adelante llegaron las primeras visitas a casa y sobre todo, las excursiones a la ciudad, por supuesto bajo la estricta vigilancia de uno o varios tutores. Recuerdo una en particular, porque para atajar hacía el museo de ciencias naturales, el responsable nos llevó a través de un estrecho y oscuro callejón. Un callejón que era idéntico al corredor del castillo, donde tumbado en el suelo, sobre un charco de sangre yacía el cuerpo de Iván, con su batín de seda, su careta de payaso y su rídículo cuchillo de plástico en la mano.