El ciprés. Un clásico

Cultivado desde la antigüedad, no solo por el valor comercial de su madera, también lo era por su valor simbólico y desde entonces asociado al culto a los muertos siendo generalmente uno de los habitantes habituales de los cementerios, razón por la que mucha gente se niega de plano a plantarlos en su propio jardín. De hecho tengo una anécdota al respecto: haciendo un jardín en una conocida fábrica viguesa, decidí que en una esquina el árbol idóneo a plantar era un ciprés, y así se hizo, el problema surgió cuando pasó por allí unos de los múltiples jefes que tienen las grandes empresas, que se dirigió a mí y me ‘espetó’: “ya puedes sacar ese árbol de ahí, solo puede traer desgracias, hasta si cortas una de sus ‘piñas’ por la mitad verás dibujada una calavera”.

Hubo que sacar el árbol, no por la superstición del hombre, sino por la cuenta que me tenía. Por cierto, partí la ‘piña’ por la mitad y, con una cierta dosis de imaginación, aparecía una calavera.

El ciprés tiene como nombre científico Cupressus semprevirens L, correspondiendo el género al nombre que le daban los romanos probablemente debido a su procedencia de la isla de Chipre que se conocía, en aquella época, como Cyprus. El nombre específico también tiene procedencia latina semper: siempre y virens: verde por su carácter perenne que le confiere estar verde todo el año.

Popularmente se conoce como ciprés, ciprés común, ciprés de los cementerios, o ciprés mediterráneo, mientras que en Galicia recibe el nombre de alcipreste.

Tiene su origen en la zona oriental del Mediterráneo y abarca desde Libia a Egipto por el norte de África, de Italia a Grecia por el sur de Europa y sur de Turquía, Líbano, Siria y Jordania en la zona de Oriente Medio.

Pertenece a la familia de las Cupresáceas y es sobradamente conocido por su porte columnar, llegando a alcanzar entre los 25 y los 30 metros de altura en condiciones normales y raros ejemplares que llegan a los 40.

Las ramas son fastigiadas, es decir, crecen paralelas al tronco de ahí su porte estrecho.

Sus hojas son pequeñas escamas de color verde oscuro mate, delgadas, imbricadas, y con la punta obtusa, que miden entre 0,5 y 1 milímetro, muy pegadas a las ramas.

Se trata de un árbol monoico pues tiene ambos sexos en el mismo ejemplar, las masculinas son pequeñas inflorescencias de color amarillo que se disponen en los extremos de las ramas. Las femeninas son conos ovoides casi esféricos, que aparecen de color verde, pasando al gris y finalmente marrones en su madurez, están formadas por entre 10 y 14 escamas que contienen hasta 20 semillas aladas por escama.

Es un árbol muy adaptable a gran variedad de hábitats, prospera en lugares secos, pero también lo hace en húmedos, aguanta el calor pero también el frío y no parece preocuparse demasiado si el suelo es ácido o calcáreo. Árbol de gran longevidad que, se dice, puede vivir 1.000 años, de crecimiento rápido durante los primeros 80 años, lo hace más lento en “los siguientes novecientos veinte”.

Al margen de su valor ornamental, que lo tiene y mucho, el ciprés es apreciado por su simbología que se remonta, poco menos, que al inicio de la civilización y, en los pueblos mediterráneos, eran el equivalente al tejo en los pueblos atlánticos, árboles sagrados claramente relacionados con los ritos funerarios. Mientras los griegos lo asociaban con Hades, los romanos lo hacían con Plutón que, básicamente, son el mismo dios con distinto nombre, y su labor era gobernar el inframundo, la muerte, el infierno y todo aquello que pueda dar lugar al guión de una película de terror.

Los romanos, pragmáticos ellos, le dieron un uso como señalización, así si había plantado uno indicaba la cercanía de una fuente, si había dos era que había agua y comida disponible, y si había tres, agua, comida y cobijo para dormir.

Aparece en elementos históricos como que fue usado, junto con el cedro, en la construcción del Templo de Salomón o, más dudosos, pues suponen que con madera de ciprés, Noé fabricó su arca y no lo digo yo, si no la Biblia, Génesis 6, 14-16: Hazte un arca (thebá) de maderas resinosas (ghôfer: ciprés)…, y Noé lo hizo, que remedio, lo mismo que yo arrancando el ciprés que menciono al inicio.

Alejandro Magno mandó construir una flota en la campaña del Eufrates en la que se utilizó el ciprés y durante el Imperio Otomano se usó tanto su madera que zonas de Anatolia y el norte de África pasaron de bosque a páramo, camino que lleva la Amazonía si no se remedia.

Quien quiera plantar un ciprés en vida, adelante, y quien no, paciencia que de muertos nos los ponen de serie.