El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte III)

A praza de Viana / Foto: ©J.L. ORTÍZ A praza de Viana / Foto: ©J.L. ORTÍZ

Tres 
El viejo roncaba en dos notas acompasadas, una grave prolongada y la otra seca aguda. Dejó de respirar unos segundos y de pronto abrió los ojos. Hacía solamente media hora que había salido el sol. Trató de recuperar algo soñado pero las imágenes se deshilacharon. La boca seca le hizo pensar en un trago.

Se levantó de la cama, se encasquetó la gorra con publicidad y entró en la cocina. En el techo eran visibles las pizarras y las traviesas podridas por las lluvias y la tablazón del suelo tenía la color del hollín. Leña y hojas de periódico tiradas junto a la cocina económica, negra de lumbres antiguas.

El día estaba bochornoso y las moscas no daban tregua. El viejo se sentó agitando ambos brazos. La puerta de la calle se abrió. El muchacho entró en la cocina y posó en la mesa una garrafa y una hogaza.

─O pan deumo o Mino. É de antonte. O viño é fiado, é do Lilo.
─Bota un vaso, oiches? ─dijo el viejo.

El muchacho sacó el corcho de la garrafa, cogió el vaso que había sobre la mesa que tenía una costra de vino anterior y lo llenó.

─Non o beba todo, que ten que guisar o raposo. Dixo qu´o faría hoxe, lembra? Deixeino ahí mesmo, xa está limpo e cortado en anacos. Cenarémolo ─volvió a tapar la garrafa─. Marcho, vou mirar como foi a noite.
─Cantos lazos pucheras? ─el viejo escuchó la respuesta vaciando el vaso.
─Sete ─dijo el muchacho, que ya estaba en la puerta─. Máis un cepo. Acabóuseme o arame.
─Se trouxeras un coello podería guísalo con coñá! ─gritó el viejo, pero no hubo respuesta.

No lejos se escuchaba el ir y venir de un serrón. El viejo descorchó la garrafa y llenó el vaso por segunda vez y bebió y cuando lo posó vacío sobre la mesa se sintió optimista. Se pondría a cocinar enseguida.

─Bueno, un vaso máis ─alzó la palma como en un juramento─. O derradeiro.

Llenó el vaso y no tapó la garrafa y con el vaso en la mano se puso a pensar en cosas de hace muchos años. Al rato le vino a la mente el encargo que tenía pendiente. Tenía que ponerse enseguida con la piel que habían sacado ayer si no quería que se echara a perder. El médico le pagaría la cantidad acordada, pero para eso tenía que hacer el trabajo. Siempre hacía un buen trabajo, sus manos lograban que los animales volviesen a la vida. No siempre se ponía a la faena y el tiempo estropeaba las pieles. Pero desde que el muchacho trabajaba con él, siempre cumplía. Era un buen muchacho, aunque algo raro.

─Todo o mundo é raro como a merda ─dijo en voz alta, y vació el vaso.

Empuñó el garrafón, pensó en el muchacho y pensó en las palabras del muchacho, tapó el garrafón, cogió la única olla que tenía y la llenó de vino y la puso al fuego.

Media hora después, terminada la preparación de la carne la metió en la olla, dejó los seis litros de vino hirviendo suavemente y bajó a la cuadra.

El muchacho había salado la piel y la había puesto a secar. Él tenía que hacer el piquelado y a continuación el curtido. Trabajaría sin descanso y al terminar, como premio, se tomaría unos vasos en el Lilo. Para entonces el guiso estaría listo. Agitó las manos para espantar las moscas.

El cielo se había oscurecido y se había levantado un aire lento caliente. Un cuadro de luz caía sesgado de la ventana con barrotes que daba a la huerta de atrás y terminaba en el piso formando un pálido trapecio.

El viejo estaba de pie con una pierna cruzada y con los brazos cruzados apoyados sobre el mostrador y por encima de ellos su pequeña cabeza se movía de un lado a otro como la de un reptil. La lengua le asomaba por la boca entreabierta. Moscas quietas a lo largo del mostrador. Reflexionaba sobre la gente que pasaba bajo los soportales. Un perro se detuvo, meó en uno de los arcos y siguió su camino. El viejo reflexionó entonces en voz alta sobre los perros, habló de lo que pensaban los perros, de a dónde iban y por qué corrían.

─Vai vir a trona ─dijo el Lilo, tan concentrado mirando la plaza que parecía estar estudiando la dinámica de la luz.
─Hai cadelos fartos e hai homes mortos de fame. O Señor fai eses repartos ─decía el viejo.
─O Señor da a cada un o seu ─dijo el Lilo sin volverse─. A min dame o meu, e si a ti non che da o teu, mellor vas e falas con Él.

El otro cliente que había en la tasca era un hombre huesudo y larguirucho. Estaba sentado a una mesa frente a una copa de coñac con las manos color óxido posadas en las rodillas y los ojos cerrados bajo la boina como si estuviera dormido o fingiera estarlo. El trapecio de luz se movía por el suelo. No tardaría en subir por la pared. La luz de la calle osciló. El ruido ronco de un trueno llegó unos segundos después.

─Aí ven─dijo el Lilo.

Dos hombres entraron y se acodaron en la barra. El viejo se removió o pareció balancearse cuando entraron, como si le hubiese zarandeado suavemente el aire que la puerta desplazaba.

─Boas tardes. Vai caer unha de carallo!─dijo el que llevaba una camiseta blanca sudada con la frase TÚ QUÉ MIRAS distorsionada sobre una barriga enorme. Recorrió con la mirada el local y a continuación se dirigió a su compañero─. Que vas tomar?... Pois eu tamén, veña. Poña dúas cervexas. E poña tamén algo para comer ─ojeó las estanterías─. Unha lata de sardiñas...Ti tamén comerás algo, non si?... Pois dúas latas de sardiñas. Ten pan?... Pois logo poña algo de pan.

El Lilo sirvió las cervezas con parsimonia y con parsimonia volvió a buscar el resto. TÚ QUÉ MIRAS retomó la conversación que habían dejado al entrar en el local.

─Pois eses dous gardas civis eran deiqui, de Penouta. Díxomo o Xuan, o ferreteiro. Di que morreran acoitelados...─se detuvo para comprobar si alguien más le estaba prestando atención─. E sabes que din por aí? ─se inclinó sobre su compañero como si le hiciese una confidencia─, din que eran dous fillos de puta, iso din. Eu non o sei, que eu non os coñecía ─cuando volvía a la posición inicial se encontró con el Lilo frente a ellos, quieto con una lata abierta en cada mano. El local quedó en silencio y un trueno largo y bronco hizo vibrar los cristales.

Cuando habló, los cuatro hombres tardaron un momento en entender el origen de las palabras.

─Ninguén pode subornar á morte. Ninguén. Nin Deus ─el hombre huesudo hablaba sin haber cambiado de postura pero había abierto los ojos─. Así mesmo falara a miña muller, e o cura non dicía que non. Para miña muller só existía a Virxe das Ermitas. Dicía que Deus lle daba medo ─la mano se movió y asió la copa y la volvió a posar─. Era unha muller lista. Dicía que non se podía saber donde era que un tomara a senda na que se atopaba, só que se estaba nela. Eu iso non o entendo. O cura lle preguntara donde era que escoitara aquilo e ela lle contestou que llo escoitara á Virxe.

Las primeras gotas gruesas y cálidas traían el olor a tormenta y al poco llovía con fuerza. Un trueno rompió sobre los tejados y las paredes y los cristales temblaron. La lluvia fuerte y fina cambiaba el color del pavimento.

(continuará)