Urbano Barrios

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El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. IV)

Cuatro
El Rector no entendía por qué se le estaba acelerando el corazón mientras mantenía los ojos fijos en la manilla de la puerta. Podía ser cualquiera de los que habitaban en la ermita. Percibió de reojo el movimiento del gato. Giró un poco la cabeza pero el animal ya había desaparecido. Comprendió entonces que la presencia del gato era lo que le intranquilizaba.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XXI)

XXI.
En el instante en que el Land Rover encendía las luces y arrancaba con los dos policías y el cabo, el Rector cruzaba el atrio a buen paso gritándoles que esperasen. Hablaron por la ventanilla.
─Inspector, tiene una llamada telefónica de Orense. El comisario está al teléfono, desea hablar con usted, y si me permite el comentario, creo que no está de buen humor. Le llamó hará algo más de una hora, pero no pudimos localizarle.

Su mal humor es parte de su trabajo, pensó Romasanta.

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