El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XXI)

XXI.
En el instante en que el Land Rover encendía las luces y arrancaba con los dos policías y el cabo, el Rector cruzaba el atrio a buen paso gritándoles que esperasen. Hablaron por la ventanilla.
─Inspector, tiene una llamada telefónica de Orense. El comisario está al teléfono, desea hablar con usted, y si me permite el comentario, creo que no está de buen humor. Le llamó hará algo más de una hora, pero no pudimos localizarle.

Su mal humor es parte de su trabajo, pensó Romasanta.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIX)

XIX.
Detuvo el BMW en el arcén siguiendo las indicaciones del guardiacivil. El 4x4 estaba detenido unos metros más adelante y otro agente contemplaba la escena con las piernas abiertas y los pulgares metidos en el cinturón. Un velo blanquecino grisáceo teñía el azul celeste hacia el norte. Un incendio tal vez. El guardiacivil se aproximó al vehículo e hizo un saludo reglamentario al conductor. La ventanilla ya estaba bajada.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVIII)

XVIII
Al meter las manos en el bolsillo para sacar las llaves del coche lanzó un juramento. Fran tenía las llaves, puesto que era quien había conducido desde Orense. Volvió a maldecir mientras palpaba lo que tenía en el bolsillo y al sacar el tubo de pastillas se dio cuenta de que había olvidado pedirle información a Ávila sobre el medicamento. Volvió a maldecir. Decididamente, sus despistes no le facilitaban el trabajo.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVII)

XVII
Un individuo enorme y calvo y trajeado se paseaba por el cuarto y Romasanta le veía agacharse y caminar un trecho agachado como si olfatease el suelo que recorría y acercaba tanto la cara a los libros de la estantería que parecía olerlos más que mirarlos y después se giraba y se acercaba a la cama y se inclinaba sobre él. Romasanta podía verle a través de una línea diminuta abierta de los párpados y contenía la respiración para que el desconocido no supiese que no dormía.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVI)

XVI.
Romasanta salió al exterior y se detuvo en el lugar en el que había caído el sacerdote. Se volvió para examinar la fachada y la torre. Había caído de una altura considerable. Al rato los dos técnicos abandonaron también la iglesia despidiéndolo con un saludo. Recordó en ese momento que deseaba darles las cartas para que las llevasen a Ourense, pero estaban en poder de Fran y Fran no aparecía. Se estaba impacientando y no sabía exactamente la causa.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XV)

Quince
El sol intentaba filtrarse por las rajaduras de la puerta alabeada que daba a los sotos. En el interior el aire caliente se espesaba con los olores a carne muerta y a sangre y una neblina de cigarrillos y moscas impregnaba la luz que una pantalla con una sola bombilla cubierta de polvo en medio del techo bajo difundía sobre la mesa. A espaldas del muchacho, la claridad de la tarde apenas lograba colorear el cristal sucio de un ventanuco incrustado a ras del techo a la altura de la calle.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIV)

CATORCE
El muchacho era pálido y flaco y larguirucho. Llevaba una camisa de hilo fina y ajada y sandalias más grandes que sus pies. Su padre había sido albañil hasta que un día ya no fue capaz de volver a estar sobrio. El día que cumplía diez años su madre le había hecho una tarta de bizcocho y galletas con diez velitas de colores. No llegó a soplarlas porque esa mañana la madre cayó muerta al suelo como un saco. El médico murmuró en un corrillo de guardiaciviles que las palizas habían sido demasiadas.

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