El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. IV)

Cuatro
El Rector no entendía por qué se le estaba acelerando el corazón mientras mantenía los ojos fijos en la manilla de la puerta. Podía ser cualquiera de los que habitaban en la ermita. Percibió de reojo el movimiento del gato. Giró un poco la cabeza pero el animal ya había desaparecido. Comprendió entonces que la presencia del gato era lo que le intranquilizaba.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XXI)

XXI.
En el instante en que el Land Rover encendía las luces y arrancaba con los dos policías y el cabo, el Rector cruzaba el atrio a buen paso gritándoles que esperasen. Hablaron por la ventanilla.
─Inspector, tiene una llamada telefónica de Orense. El comisario está al teléfono, desea hablar con usted, y si me permite el comentario, creo que no está de buen humor. Le llamó hará algo más de una hora, pero no pudimos localizarle.

Su mal humor es parte de su trabajo, pensó Romasanta.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XX)

XX

Romasanta cruzó el puente y torció a la izquierda en dirección al alboroto de las aves. Cincuenta pasos antes de llegar a la casa se detuvo para contemplar el espectáculo. El tejado estaba totalmente cubierto de pájaros oscuros que desplegaban las alas para elevarse y que volvían a posarse estorbándose unos a otros. La casa era un edificio abandonado pero que conservaba las paredes recias y estaba flanqueado por dos cipreses. Se acercó lentamente sin dejar de observar las aves.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIX)

XIX.
Detuvo el BMW en el arcén siguiendo las indicaciones del guardiacivil. El 4x4 estaba detenido unos metros más adelante y otro agente contemplaba la escena con las piernas abiertas y los pulgares metidos en el cinturón. Un velo blanquecino grisáceo teñía el azul celeste hacia el norte. Un incendio tal vez. El guardiacivil se aproximó al vehículo e hizo un saludo reglamentario al conductor. La ventanilla ya estaba bajada.

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