El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XXI)

XXI.
En el instante en que el Land Rover encendía las luces y arrancaba con los dos policías y el cabo, el Rector cruzaba el atrio a buen paso gritándoles que esperasen. Hablaron por la ventanilla.
─Inspector, tiene una llamada telefónica de Orense. El comisario está al teléfono, desea hablar con usted, y si me permite el comentario, creo que no está de buen humor. Le llamó hará algo más de una hora, pero no pudimos localizarle.

Su mal humor es parte de su trabajo, pensó Romasanta.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVIII)

XVIII
Al meter las manos en el bolsillo para sacar las llaves del coche lanzó un juramento. Fran tenía las llaves, puesto que era quien había conducido desde Orense. Volvió a maldecir mientras palpaba lo que tenía en el bolsillo y al sacar el tubo de pastillas se dio cuenta de que había olvidado pedirle información a Ávila sobre el medicamento. Volvió a maldecir. Decididamente, sus despistes no le facilitaban el trabajo.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVII)

XVII
Un individuo enorme y calvo y trajeado se paseaba por el cuarto y Romasanta le veía agacharse y caminar un trecho agachado como si olfatease el suelo que recorría y acercaba tanto la cara a los libros de la estantería que parecía olerlos más que mirarlos y después se giraba y se acercaba a la cama y se inclinaba sobre él. Romasanta podía verle a través de una línea diminuta abierta de los párpados y contenía la respiración para que el desconocido no supiese que no dormía.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XV)

Quince
El sol intentaba filtrarse por las rajaduras de la puerta alabeada que daba a los sotos. En el interior el aire caliente se espesaba con los olores a carne muerta y a sangre y una neblina de cigarrillos y moscas impregnaba la luz que una pantalla con una sola bombilla cubierta de polvo en medio del techo bajo difundía sobre la mesa. A espaldas del muchacho, la claridad de la tarde apenas lograba colorear el cristal sucio de un ventanuco incrustado a ras del techo a la altura de la calle.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIV)

CATORCE
El muchacho era pálido y flaco y larguirucho. Llevaba una camisa de hilo fina y ajada y sandalias más grandes que sus pies. Su padre había sido albañil hasta que un día ya no fue capaz de volver a estar sobrio. El día que cumplía diez años su madre le había hecho una tarta de bizcocho y galletas con diez velitas de colores. No llegó a soplarlas porque esa mañana la madre cayó muerta al suelo como un saco. El médico murmuró en un corrillo de guardiaciviles que las palizas habían sido demasiadas.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XII)

DOCE
Después de hablar con el anciano, Romasanta se había tomado unos minutos para reflexionar antes de continuar con el interrogatorio del rector, del secretario y del diácono. Tenía ya la convicción de que se le ocultaba algo importante y también estaba seguro de que no obtendría respuestas con un interrogatorio directo, pero al menos podría detectar qué actitud mostraban. Y eso siempre era una buena guía.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XI)

ONCE
A unos pasos de la verja de salida del atrio Fran recordó que tenía que hablar con los de la científica sobre el asunto de las gafas, así que dio media vuelta y subió a la torre.
Los dos técnicos no habían encontrado nada relevante para la investigación, así que la búsqueda de unas gafas pasaría a primer término. Fran cruzó el atrio en dirección a la salida. Todavía quedaban algunos paisanos pegados a la reja, apiñados quietos y atentos, las sombras de los barrotes cruzándoles las caras. Se volvieron para verle abandonar el recinto y perderse tras la primera curva.

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