El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XXI)

As Ermitas. O Bolo / Foto: ©J.L. ORTIZ As Ermitas. O Bolo / Foto: ©J.L. ORTIZ

XXI.
En el instante en que el Land Rover encendía las luces y arrancaba con los dos policías y el cabo, el Rector cruzaba el atrio a buen paso gritándoles que esperasen. Hablaron por la ventanilla.
─Inspector, tiene una llamada telefónica de Orense. El comisario está al teléfono, desea hablar con usted, y si me permite el comentario, creo que no está de buen humor. Le llamó hará algo más de una hora, pero no pudimos localizarle.

Su mal humor es parte de su trabajo, pensó Romasanta.

─Dígale que en estos momentos...─pero cambió de idea. Cuanto menos demorase la conversación con el comisario, mejor podría concentrarse en lo importante─. Le acompaño, Rector. Esperadme aquí ─dijo a los ocupantes─. No tardaré.

Cruzando el atrio Romasanta recordó algo que tenía pendiente. La noche engullía el lugar. Se escucharon ladridos cercanos. Sacó la bolsita que contenía las gafas halladas en la iglesia. Algunas pobres luces exteriores se iluminaron en ese momento.

─¿Reconoce éstas gafas? Examínelas con atención, pero sin sacarlas de la bolsa, por favor.

El sacerdote se mostró sorprendido. Cogió la bolsa y observó detenidamente el contenido. Le dio dos vueltas más.

─¡Caramba! Son las gafas del padre Saturnino ─dijo al tiempo que hacía la señal de la cruz─. Tienen un cristal roto. ¿Dónde las ha encontrado?
─Gracias ─el inspector recuperó la bolsa─. Por ahora no puedo darle ninguna información sobre la investigación. Solo puedo decirle que hemos hecho algunos progresos.

Romasanta quería provocar alguna reacción en el sacerdote, aunque no sabía muy bien a dónde pretendía llegar. Si el fallecido había sido asesinado, y esa era la opción que cobraba más fuerza, no podía excluir a nadie. Cualquiera pudo empujarlo desde la torre. O participar en el homicidio de alguna manera.

El teléfono estaba descolgado en el despacho del Rector. Romasanta cogió el auricular y dirigió una significativa mirada a su acompañante. El sacerdote cerró la puerta al salir.

─Buenas noches, comisario.
─¡Dónde demonios se mete, Romasanta! ─la habitación estaba tenuemente iluminada por la luz de un farol exterior que se colaba por el ventanal─. Tenía que haberme llamado a medio día ¿me comprende? Y ese lugar no puede ser tan grande como para que me tenga aquí esperando al teléfono ¡coño! ─el inspector se sentó en la silla detrás de la mesa─. Ya le habrán avisado de lo sucedido en la carretera de Viana a La Gudiña. Yo mismo le llamé hace una hora, ¡pero no hubo manera de que le localizarán! Y ahora no me diga que no tiene nada de lo que informarme ¡porque se ha pasado el día entero de acá para allá! ¿Y el subinspector, también está haciendo turismo? ─Romasanta escuchaba─. Llevo toda la mañana hablando con la curia, la de Orense, la de Astorga, la de Madrid, incluso la de Roma, ¿me comprende? Porque a la curia no le gusta que uno de sus veteranos se tire de un campanario y se desnuque, así sin más. Quieren una explicación ¡todo el jodido mundo quiere una explicación! Así que más vale que me cuente algo interesante, algo relevante que yo pueda contar, ¡resultados! Para eso le llamo, inspector ─pareció escupir las sílabas de la última palabra─, ya que usted no se digna llamarme ¿me comprende? ─Romasanta seguía escuchando─. Al menos ya sabrá cómo sucedió tan desafortunado accidente. ¡Diga algo, coño!
─Creemos que no se trata de un accidente. Tampoco de un suicidio.

Romasanta pudo escuchar unos segundos la respiración del comisario.

─¿Me está diciendo que han llegado a la conclusión de que ha sido un homicidio?
─Sí. Aunque la cosa no parece tan sencilla. Hallamos las gafas del fallecido lejos del lugar en el que murió. Ha desaparecido un valioso libro. Además, hay algunas cosas extrañas, hechos de la vida del fallecido que tal vez se relacionen con una menor muerta hace mucho, y con exorcismos y...─Romasanta conocía al comisario y se arrepintió de las últimas palabras, pero demasiado tarde.
─Romasanta, no me toque los cojones. A mi no me venga con historias de demonios ni de brujas ni de almas en pena ¿me comprende? Eso es la Galicia profunda, y los cuentos de brujas y demonios son para los niños y para las viejecitas, mientras hacen caldo alrededor de una hoguera. No voy a decirle a nadie lo que me acaba de insinuar. Es más, voy a olvidar lo que me acaba de decir ¿me comprende?... ─Romasanta escuchó un murmullo al otro lado de la línea y la respuesta ininteligible del comisario, seguida de un juramento─. Me informan de que el equipo técnico acaba de llegar al lugar, y que se han encontrado con algo muy desagradable. Deben acudir allí ahora mismo y hacerse cargo de la investigación, ¿me comprende? Con todo lo que han paseado hoy, ya tendrán tiempo de dormir mañana.
─Un cabo de la guardiacivil ha venido a buscarnos hace un momento, comisario. Nos íbamos para allá cuando ha llamado usted.
─Ya. Claro. Bien. Bien. ¡Pues a trabajar! Y nada de brujas, Romasanta ¿me comprende?

Cuando el vehículo giraba para acometer la calle ascendente, Romasanta siguió con la mirada la luz de los faros que iluminaban el portalón de la tienda en la que había hablado con la mujer y levantó la vista hacia la ventana del piso superior. El visillo osciló justo al pasar la luz. Las gentes de los pueblos son como los animales del bosque, pensó, nos observan pero no nos damos cuenta. Rememoró la extraña conversación y el suceso en la casa en la que había encontrado a Fran. La vieja dijo que le había visto solo. Dijo también que había visto al padre Saturnino a las cinco. No, a las cinco y media. Tenía que apuntarlo todo enseguida. Fue un error no hacerlo al momento, pero había partido de una suposición errónea, había supuesto que la mujer no tenía nada relevante que contar. Fran había dicho algo de una niña. Había una bandada enorme de pájaros, no lo había soñado. La mujer habló de pájaros y de una mujer gorda. Cerró los ojos. Una sombra que se movía por la pared. Todo lo sucedido a lo largo del día le daba vueltas en la cabeza y ahora tenía que hacer frente a una nueva situación, tanto o más complicada que la del sacerdote. Para avanzar un poco más necesitaban los resultados de la autopsia, y eso suponía esperar. Básicamente, dedujo no sin cierta frustración, el trabajo policial consistía en esperar. Había pospuesto la visita al pueblo de Soutipedre y no debía olvidarlo. Tenían que repasar las notas y cartas halladas en el cuarto del sacerdote. Por la noche trataría de hacer una recopilación por escrito. Si es que conseguía unas horas de reposo. Volvió la cabeza para hablar con Fran, pero se había dormido. Romasanta observó que tenía la cara crispada. A todos nos acechan nuestros demonios. Excepto al comisario, pensó Romasanta, ese no los tiene porque no cree en ellos. El dedo de Fran seguía envuelto en el pañuelo teñido de rojo. Tenían que ver al doctor enseguida para evitar una infección. Volvió a mirar al frente. Seguían ascendiendo por la calle estrecha y los faros parecían guiarles a través de un túnel. Percibió fugazmente una de las estaciones del Vía Crucis.

De pie frente al ventanal de su despacho, y sin haber encendido la luz, el Rector seguía con la mirada las luces del vehículo de la guardiacivil, que se alejaba entre las casas por la fuerte pendiente. Pensó en el hallazgo de las gafas y en la hospitalización de la hermana Regina. También pensó en las pocas palabras que había escuchado, pegado a la puerta. Decidió informar al obispo, pero el hecho de no tener ninguna noticia sobre el paradero del Maleus Maléfica le hizo temer otra reprimenda de su Ilustrísima. Debía meditar con cuidado las palabras antes de llamarle. Miró su reloj. En ese instante notó un olor extraño. Se concentró en él. Un olor a colonia antigua con un toque medicinal. Su mente le sugirió la palabra alcanfor. El salto repentino y silencioso de la forma que se posó sobre la mesa le hizo dar un respingo. Los ojos del animal flotaron como brasas en lo oscuro. Reconoció no sin turbación el gato del padre Saturnino. El animal abrió la boca en un bostezo mudo enorme. Un levísimo crujido le hizo volverse hacia la puerta. Al otro lado unos pies se deslizaban sobre la madera encerada del pasillo. La línea inferior de la puerta estaba iluminada y el Rector pudo ver la mancha negra cortando la línea de luz. Notó el pulso acelerado.

(FIN DE LA PRIMERA PARTE)

2 comentarios