El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIX)

XIX.
Detuvo el BMW en el arcén siguiendo las indicaciones del guardiacivil. El 4x4 estaba detenido unos metros más adelante y otro agente contemplaba la escena con las piernas abiertas y los pulgares metidos en el cinturón. Un velo blanquecino grisáceo teñía el azul celeste hacia el norte. Un incendio tal vez. El guardiacivil se aproximó al vehículo e hizo un saludo reglamentario al conductor. La ventanilla ya estaba bajada.

─Buenas tardes. Documentación, por favor. La suya y la del vehículo ─el conductor le entregó los documentos que sacó de la guantera y el guardiacivil añadió sin levantar la vista de los papeles─: por favor, baje del vehículo y abra el maletero.

─¿Ocurre algo, agente? Soy consciente de que conducía con algo de prisa, lo sé, pero verá, agente, soy médico y acudo a una llamada urgente del hospital de Valdeorras.

El guardiacivil echó un vistazo al mapa desplegado en el asiento de acompañante y volvió a centrarse en los documentos al tiempo que se apartaba unos pasos para que el conductor pudiese abrir la puerta y salir del vehículo.

─Por favor, baje del vehículo y abra el maletero.

El agente con los brazos en jarras se acercaba parsimoniosamente. El conductor abrió su puerta y se bajó. No era alto y llevaba gafas de sol y al guardiacivil no se le escapó que su calzado deportivo no se correspondía con el traje impecable y el pasador de corbata. El hombre del traje se dirigió al maletero. Tenía un andar distintivo casi inexorable, con un pequeño giro sincopado seguido de una inclinación del tronco. El guardiacivil le siguió dos pasos por detrás. El otro agente se detuvo donde antes había estado su compañero. El hombre del traje levantó el capó y se agachó al interior y cuando el agente se aproximaba volvió a erguirse y le disparó un tiro a quemarropa. El guardiacivil cayó de rodillas y luego de bruces y los papeles se esparcieron junto a su cara y el segundo agente se giró aún con los pulgares en el cinto y corrió hacia el 4x4 y el hombre del traje disparó otras dos veces y acertó al agente y a un neumático. El aire silbaba en el silencio de la tarde y el 4x4 empezó a inclinarse hacia la cuneta. Diez minutos después El BMW continuaba en dirección a Viana do Bolo.

El paisano estaba en la ventana de la cocina mirando al oeste contemplando las largas sombras de los postes y los pinos. Acababa de cenar, Siempre cenaba temprano. El perro entró en la casa y se quedó quieto y luego fue casi arrastrándose entre gemidos hasta la esquina y una vez allí miró hacia su dueño y giró dos veces en redondo antes de echarse. Un sonido lejano y seco y repetido hizo que el perro levantase las orejas. Luego se hizo el silencio. Silencio en la casa y silencio afuera en la finca. El paisano buscó el paquete en el bolsillo de su camisa y sacó un cigarrillo y lo encendió y le dio una larga chupada y otra más con ansia. Desde la ventana veía a lo lejos la carretera secundaria OU-533 que salía de A Gudiña y que trazaba una línea de lápiz en la linde del prado. Al otro lado se extendía un bosquecillo de pinos que subía por la pendiente de la loma. El coche de la guardiacivil seguía detenido en el mismo sitio, un punto verde contra el verde de la arboleda, no se había movido desde las cinco y cuarto de la tarde, la hora en la que él había recogido la docena de ovejas del prado que se extendía ante la casa. El paisano achicó los ojos. Pode que non sexa o coche dos gardas, pensó.

De pronto el perro levantó el hocico y dejó escapar un aullido sobrecogedor. El paisano se volvió para mirar al perro. Le dio otra chupada al cigarrillo y salió de la casa y arrojó la colilla y se quedó allí de pie apoyado en la jamba aspirando el aire de la tarde e inhalando la hierba y los árboles. Trató de quitarse con la uña una hebra de carne que se le había quedado entre las muelas. Hacia el norte una gran mancha gris delataba un incendio. Tras pensárselo un rato se encaminó con paso tranquilo hacia la carretera. El perro no le seguía.

Ya antes de llegar a la empalizada que delimitaba la finca junto a la carretera sintió una desazón creciente, un desasosiego que no acertaba a definir. Observó el 4x4 detenido junto a la cuneta y enseguida se percató de que tenía una rueda pinchada. Una bandada de palomas pasó frente a él remontando los árboles del otro lado de la carretera. No veía ningún guardiacivil. Apoyó las manos en los tablones del color de la piedra alabeados por la intemperie y se disponía a saltarlos cuando súbitamente se echó hacia atrás sin levantar las manos de la tabla en la que estaba apoyado y bajó la cabeza como si fuese a vomitar. Luego se acercó de nuevo a las tablas y contempló una vez más los dos cuerpos. Al ver de nuevo sus cabezas no pudo contener la arcada y vomitó.

Seguía con la mano en la boca cuando entró en la casa corriendo y respirando con dificultad. Tardó en encontrar la libreta en la que tenía apuntados números importantes y tardó en encontrar el número del Cuartel de la Guardiacivil y no fue capaz de marcar el número hasta el tercer intento.

(continuará)

1 comentario

  • Leontina
    Leontina Martes, 06 Xuño 2017 18:08 Enlace al Comentario

    ¿Cuándo van a poner el resto? Me muero de ganas de ver qué pasa.