El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVIII)

Soutipedre / Foto: ©J.L. ORTIZ Soutipedre / Foto: ©J.L. ORTIZ

XVIII
Al meter las manos en el bolsillo para sacar las llaves del coche lanzó un juramento. Fran tenía las llaves, puesto que era quien había conducido desde Orense. Volvió a maldecir mientras palpaba lo que tenía en el bolsillo y al sacar el tubo de pastillas se dio cuenta de que había olvidado pedirle información a Ávila sobre el medicamento. Volvió a maldecir. Decididamente, sus despistes no le facilitaban el trabajo.

Se prometió que seguiría el consejo de su amigo. Descansaría todo el fin de semana. Su intención había sido dirigirse al pueblo de Soutipedre para hablar con los familiares del sacerdote, que según las indicaciones del Rector estaba a unos quince minutos en coche, pero mientras no apareciese Fran, tendría que buscar otros derroteros.

Miró alrededor sopesando las opciones que tenía, pero sin vehículo no había a donde ir. Todo el lugar estaba rodeado de montes en fuerte pendiente. Fran había ido en busca de los chavales, así que no podía andar muy lejos. Incluso era posible que una conversación le hubiese llevado a otra y estuviese ahora interrogando a otras personas. Volvió a echar una ojeada a las pequeñas casas pegadas unas a otras que formaban una curva descendente y en ese instante sorprendió un movimiento de visillo en una ventana. Giró la cabeza y comprobó que daba directamente al atrio, situado a su espalda.

Se encaminó hacia allí. La entrada a la casa no era una puerta individual sino que se accedía a ella entrando en la pequeña tienda que ocupaba el bajo. La puerta estaba abierta.

Romasanta entró y ladeó la cabeza para esquivar una tira de papel amarillo saturada de puntos negros que colgaba del techo. La tiendecita era oscura y antigua y olía a embutido y a rancio y había moscas gordas y azules. No vio a nadie. Esperó unos segundos y gritó ¡Hola! No hubo respuesta. Golpeó en el mostrador de madera y dio un respingo cuando una figura escuálida y bajita y negra exclamó ¡Dígame! Parecía que se hubiese materializado allí mismo a su lado.

─Buenas tardes, señora. Quisiera hablar con usted unos momentos, si no le importa.
─Usté es polecía ─la mujer le examinaba de arriba abajo─, ¿verdade? ─de nuevo de arriba abajo─. Polo del cura ese que morreu ─se persignó con la mano izquierda.

Romasanta se percató entonces de que la manga caía plana y vacía para engancharse por el puño en el faldón. A la mujer le faltaba el brazo derecho y esparcía un fuerte olor a sudor.

─¿Qué está a mirar, el meu brazo? Perdíno de pequena. Unha pedra que fue caer dun carro. ¿Qué quere saber?

La mujer le miraba levantando la cara porque era muy pequeña. Llevaba una pañoleta oscura de la que de vez en cuando tiraba para recolocársela en un gesto automático. Romasanta veía unos ojos grandes de vaca detrás de las gafas anticuadas de cristales enormes y sucios que llevaba la mujer.

─Me he fijado que sus ventanas dan a la ermita, y como en este pueblo no hay muchas diversiones, imagino que pasará usted mucho tiempo contemplando el exterior. Me parece usted una mujer inteligente y espabilada. Me gustaría saber si vio algo que le llamara la atención a lo largo de la tarde y de la noche de ayer. Personas, sucesos, lo que se le ocurra.
─Eu traballo en mi tenda. No pensará usté que paso as horas a mirar qué fan os demás ─la mujer no se movía, la cara siempre levantada mirando al policía─. La vida de cada un es la d‘él, y a min qué m’importa. ¿Es o non es?

Romasanta asintió y pensó enseguida que entrar allí porque había visto oscilar un visillo no había sido una buena idea. Se disponía a marchar cuando la mujer le apuntó con un dedo.

─El Saturnino. El que morreu. Salió da casa grande ─movía el dedo con cada frase─ Luego se meteu na iglesia. Dentro. El diaño le iba detrás.
─¿Eso fue ayer? ¿Por la tarde, por la noche? ¿Recuerda la hora? ─Romasanta hacía las preguntas con cierta reticencia, porque seguía sin saber qué credibilidad le merecía la mujer.

Decidió dejarla continuar sin interrumpirla para terminar pronto.

─Yo estou al traballo. Si miré algo es porque fun arriba a calquera cosa. Y se me dio por asomar. Pero no porque m’interese. ¿Es o non es? ─Romasanta asintió con la cabeza y el dedo no dejaba de enfatizar cada frase─. El cura escapaba con medo. Non había máis que mirarle. A las cinco e media. Sei la hora porque es cando tomo mi pastilla. La de la tensión. Teño moi alta la tensión. Moi altísima. Pa caer morta eiqui mismo. Andaba mal deiquí ─se golpeteó la sien con el dedo y volvió a colocarlo erguido─. Dende lo de la sobriña. A lo mellor le pesaba la concencia. Morreu. ¡Anxelito! ─Romasanta iba a intervenir pero la mujer le cortó─. La sobriña. Le dieron muerte ─se persignó─. Dicen que él algo tiña que ver. Dicen. Non sei. Eu non me meto na cosa de los demáis. Eso sí, unha cosa lle digo. Que a un home le gusten las rapazas, bueno. Que a un cura lle gusten, eso non. A los curas, la misa, qu’es lo deles ¿Es o non es?

Un gato gris saltó silencioso sobre el mostrador y olisqueó varios recipientes y recorrió el trecho hasta la mujer y se quedó quieto erguido con la cola enroscada.

─Hooola misina. Es miña gata ─la mujer la acarició─. Es moi limpia. Pode usté mercar con toda confianza, que la gata non lle toca a cosa ningunha. ¿Usté casó?
─Le agradezco mucho su colaboración, señora, ha sido muy amabl...
─Moscas ─le interrumpió la mujer agitando el dedo.
─¿Moscas?
─Moscas. Pode que non me crea. La muller gorda esa siempre vai arrodeada de moscas. Muchísimas. Nada máis que na aldea mirara eu tantas moscas. As vacas estaban arrodeadas de moscas.
─No la comprendo, señora. ¿De qué mujer est..?
─La muller moi gorda que ven a la misa. Ainda que non la haiga, ven. Salió da iglesia a la unha de la noite. Eu la miré. M’asomé porque non daba atopado el sueño. La tensión. La tengo moi altísima. De non poder dormir. Horrible. ¿Su amigo de usté tamén es polecía?

Romasanta trataba de memorizar y ordenar los comentarios de la mujer y la pregunta le cogió de sorpresa.

─¿Le ha visto? ¿A mi compañero?
─Nada máis que le miré. Alí n’el camiño. Falaba con los nenos. Los sobrinos da Moucha.
─¿Por casualidad sabe usted dónde está en estos momentos?
─Iba cara abaixo él solito. Cara al rio. Falaba solito para él y ría y falaba ─la mujer se dio unos golpecitos con el dedo en la sien.

Cuando Romasanta se daba la vuelta camino de la puerta la mujer le susurró.

─Tenga coidado con los paxáros. Eiquí le son moi malos. ¡Ála con Dios!

Romasanta caminó un trecho calle abajo en la dirección que había señalado la mujer y se preguntó si aquel modo de hablar no sería un dialecto de la comarca. Se detuvo en el punto en que una pista de cemento se desgajaba a la derecha en pendiente hacia un puentecito que cruzaba el rio. Las sombras se alargaban. Desde ese punto no se veía la tienda pero sí las ventanas superiores. La mujer tenía una magnífica atalaya. Romasanta sonrió. Una mujer gorda salía de la ermita a la una de la mañana. Era un detalle importante. Había que encontrarla. ¿Y la historia de la sobrina del cura? Era un hilo del que valía la pena tirar. ¿Significaban algo los comentarios de la mujer sobre moscas y pájaros? Todo significaba alguna cosa, pensó.

Según las indicaciones del Rector, aquella carretera estrecha en dirección a la puesta de sol era la ruta a Soutipedre. En ese momento fue consciente del murmullo que le llegaba desde algún punto lejano. Prestó atención. Era el alboroto de muchos pájaros sobre un tejado al otro lado del rio.

(Continuará)