El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVII)

As Ermitas. Concello do Bolo / Foto: ©J.L. ORTIZ As Ermitas. Concello do Bolo / Foto: ©J.L. ORTIZ

XVII
Un individuo enorme y calvo y trajeado se paseaba por el cuarto y Romasanta le veía agacharse y caminar un trecho agachado como si olfatease el suelo que recorría y acercaba tanto la cara a los libros de la estantería que parecía olerlos más que mirarlos y después se giraba y se acercaba a la cama y se inclinaba sobre él. Romasanta podía verle a través de una línea diminuta abierta de los párpados y contenía la respiración para que el desconocido no supiese que no dormía.

Tan cerca la cara de la suya que su enorme esfericidad le asustó. Trataba de memorizar el olor que le llenaba la nariz para poder reconocerlo más tarde. El individuo se reincorporó y se quedó quieto recortado en la escasa luz del cuarto, descomunal, la cara levantada examinando el techo también como si olfatease el aire, los brazos caídos a los costados siguiendo la enorme curvatura del cuerpo. Romasanta se disponía a levantarse para enfrentarse al desconocido pero de repente abalanzó su enorme cabeza hacia él y detuvo la cara a unos centímetros de la suya. El inspector cerró instintivamente las finas líneas de los párpados que le permitían atisbar lo cercano. Estaba asustado y el corazón se le había acelerado. El olor se intensificaba y podía escuchar la respiración del individuo. Me pertenece, dijo. Su voz no era ni fría ni cálida. El inspector trató de contener la respiración y entreabrió de nuevo una fina línea de párpado. El rostro enorme quieto como una roca sobre su cara tenía los ojos cerrados y estaba cubierto de goterones de sudor que parecían lágrimas.

Llamaron a la puerta. La gran cabeza calva se retiró como un resorte y Romasanta sintió que una gota de sudor le caía en un párpado. Llamaron de nuevo con más fuerza. Romasanta quiso incorporarse y extender los brazos para sorprender al desconocido que seguía allí, pero le fue imposible. Tampoco lograba abrir los ojos. Comenzó a asustarse ante la posibilidad de haber sido drogado. Trató de gritar pero fue inútil. Llamaron por tercera vez y oyó que la puerta se abría y escuchó pasos. El individuo obeso permanecía quieto indiferente junto a la cama.

Los párpados le obedecieron y pudo abrirlos y el rostro que se inclinaba sobre el suyo no era el del desconocido sino el del doctor Ávila. Su amigo le ayudó a incorporarse sosteniéndole por los hombros.

─Creo que estabas agotado, amigo mío, porque me ha costado despertarte. Lamento no dejarte seguir durmiendo, pero teniendo en cuenta la naturaleza de tu trabajo aquí, el Rector me ha apremiado para ponerte al corriente de lo sucedido con la monja ─le sacudió ligeramente la cara─. ¿Estás ya despierto? ¿Te encuentras bien? Pareces haber despertado con cierta desorientación. Deja que te examine un momento.
─¿Había alguien aquí dentro cuando has entrado? ─Romasanta examinaba la habitación con cierta cautela.

El doctor negó con la cabeza mientras hurgaba en el interior de su maletín.

Romasanta se sentó con los pies fuera de la cama y le vino a la mente la idea de que habían muerto hombres en aquella habitación. Entonces, sin entender porqué, le invadió un gran vacío. La total y absoluta falta de sentido de la existencia lo vació por completo. El médico le exploró y acabó dictaminando cansancio. Debía dormir toda una larga noche y sobre todo alimentarse como es debido.

─Me dijiste que ibas a comer algo. Te acompañaré y mientras tanto te contaré lo sucedido con sor Regina ─cerró el maletín─. Vamos. Tengo que irme enseguida al Barco de Valdeorras.

El hombre mudo le había traído una bandeja con bocadillos y un postre y el doctor le hizo beber inmediatamente dos pastillas de vitaminas efervescentes.

─Sor Regina está muy mal. Avisé al servicio de El Barco y se la han llevado en una ambulancia. Reconozco que me tiene desorientado. Tiene una anemia tremenda, y está terriblemente obesa ─miró alrededor como para cerciorarse de que nadie le escuchaba, pese a que el refectorio estaba vacío.
─¿Hay algo que yo deba saber ─preguntó el inspector─, algo fuera de lo común o extraño? ─se le pasó de pronto por la cabeza la idea de que hubiese sufrido un envenenamiento y así se lo planteó.
─No puedo afirmarlo, pero tampoco negarlo. No sé qué pensar. Cuando me remitan las pruebas del hospital, volveremos a hablar de ello. La mujer llevaba mucho tiempo indispuesta y ha ido empeorando a lo largo de las semanas, pero jamás consintió en salir de aquí, así que la he ido tratando como he podido. Pero lo que en realidad quería contarte es la conversación que tuve hoy con ella, lo que me dijo antes de perder el conocimiento. Verás

Quién eres tú, le preguntó sor Regina con su voz gutural y mirándole como si fuera un aborrecible insecto. Soy el doctor Ávila, mujer, quiero ver cómo te encuentras. Veamos cómo va ese pulso. No me toques, replicó sor Regina, y perdió el conocimiento. El médico le limpió la frente con un trapo humedecido y ordenó al Rector que pidiese una ambulancia inmediatamente. En el instante en que el Rector abandonaba el cuarto, la mujer agarró con fuerza la manga del doctor y gritó No me deje morir aquí sola porque entonces Ella vendrá a por mí, me lo dijo, vendrá a por mí, no me deje morir aquí sola, tenga piedad. Volvió a perder el conocimiento y ya no lo recuperó.

─Las personas recluidas y solitarias que enferman gravemente suelen tener esta clase de delirios ─aclaró el doctor─, y curiosamente siempre guardan relación con su religión. Pero si te cuento esto es porque sor Regina era una persona de fe, ciertamente, pero pragmática, y cuando decía aquellas cosas me miraba directamente a los ojos, y si no fuese hombre prudente, juraría que era consciente de lo que decía. Tenía una mirada que me asustó. Me pedía ayuda. Y creo que ahora mismo es lo que yo estoy haciendo contigo.
─¿Qué pretendes, que me tome en serio la amenaza? ¿Es eso lo que me estás pidiendo? ¿Que ponga vigilancia en el hospital?
─Ya te he dicho que no sé qué pensar, ni sé a quién puede ser ella. Habla con el Rector. En cualquier caso, yo no puedo hacer más. Eso sí, haz el favor de cuidarte y descansar, o acabarás en un hospital ─se levantó y le tendió la mano─. Ven a comer con nosotros cuando te acerques a Viana. Seguimos viviendo en la misma casa. Manuela se alegrará de verte. Hablaremos.

Romasanta comía las dos rodajas de piña en almíbar construyendo y desechando diversos hechos que podían haber ocurrido o estar ocurriendo o que ocurrirían más adelante. Pensaba en la muerte y en sus propias experiencias con ella. Pensó en el hombre obeso. Pensó en lo vivido con Ávila muchos años atrás. Debía tomar una dirección y las cartas eran un buen comienzo y eso le llevó a pensar en Fran. Vertió el almíbar del plato en el vaso y se lo bebió. Decidió empezar por el principio. Iría a dar la noticia de la muerte del padre Saturnino a sus familiares. El Rector tenía la dirección.

(continuará)