Coidado coa machada, Uxía

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVII)

XVII
Un individuo enorme y calvo y trajeado se paseaba por el cuarto y Romasanta le veía agacharse y caminar un trecho agachado como si olfatease el suelo que recorría y acercaba tanto la cara a los libros de la estantería que parecía olerlos más que mirarlos y después se giraba y se acercaba a la cama y se inclinaba sobre él. Romasanta podía verle a través de una línea diminuta abierta de los párpados y contenía la respiración para que el desconocido no supiese que no dormía.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XVI)

XVI.
Romasanta salió al exterior y se detuvo en el lugar en el que había caído el sacerdote. Se volvió para examinar la fachada y la torre. Había caído de una altura considerable. Al rato los dos técnicos abandonaron también la iglesia despidiéndolo con un saludo. Recordó en ese momento que deseaba darles las cartas para que las llevasen a Ourense, pero estaban en poder de Fran y Fran no aparecía. Se estaba impacientando y no sabía exactamente la causa.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XV)

Quince
El sol intentaba filtrarse por las rajaduras de la puerta alabeada que daba a los sotos. En el interior el aire caliente se espesaba con los olores a carne muerta y a sangre y una neblina de cigarrillos y moscas impregnaba la luz que una pantalla con una sola bombilla cubierta de polvo en medio del techo bajo difundía sobre la mesa. A espaldas del muchacho, la claridad de la tarde apenas lograba colorear el cristal sucio de un ventanuco incrustado a ras del techo a la altura de la calle.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIV)

CATORCE
El muchacho era pálido y flaco y larguirucho. Llevaba una camisa de hilo fina y ajada y sandalias más grandes que sus pies. Su padre había sido albañil hasta que un día ya no fue capaz de volver a estar sobrio. El día que cumplía diez años su madre le había hecho una tarta de bizcocho y galletas con diez velitas de colores. No llegó a soplarlas porque esa mañana la madre cayó muerta al suelo como un saco. El médico murmuró en un corrillo de guardiaciviles que las palizas habían sido demasiadas.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XIII)

TRECE
Fran saboreaba cada paso que daba de mano de la niña, envueltos los dos en el calor del medio día. Se giró un par de veces para recorrer con la mirada el camino y las casas y las ventanas que daban al rio. No vio a nadie, ni siquiera un animal. Un pueblo sin gente y sin perros, pensó. Los niños le habían visto alejarse con la niña, pero siempre era posible desmentir las palabras de unos mocosos. Incluso se les podría amedrentar. Además, había quedado claro que la niña le enseñaría el lugar del que procedía la mujer gorda y por tanto era perfectamente plausible que después la hubiese dejado sola.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (XII)

DOCE
Después de hablar con el anciano, Romasanta se había tomado unos minutos para reflexionar antes de continuar con el interrogatorio del rector, del secretario y del diácono. Tenía ya la convicción de que se le ocultaba algo importante y también estaba seguro de que no obtendría respuestas con un interrogatorio directo, pero al menos podría detectar qué actitud mostraban. Y eso siempre era una buena guía.

Suscribirse a este canal RSS