Coidado coa machada, Uxía

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. VII)

Siete

—Mentícheslle sobre os nenos —dijo el hombre vaciando su taza de café—. Tamén sobre a fotografía.
—Non hai necesidade de contalo todo. Has cousas da familia han de quedar na familia —la mujer estaba mirando al exterior por entre los pliegues de los visillos.
—Non sei —se sirvió otro café—. Mira que estes homes da cidade son xente moi lista, podería enterarse por...—se calló al oír a su espalda unos pasos arrastrados.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. IV)

Cuatro
El Rector no entendía por qué se le estaba acelerando el corazón mientras mantenía los ojos fijos en la manilla de la puerta. Podía ser cualquiera de los que habitaban en la ermita. Percibió de reojo el movimiento del gato. Giró un poco la cabeza pero el animal ya había desaparecido. Comprendió entonces que la presencia del gato era lo que le intranquilizaba.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte III)

Tres 
El viejo roncaba en dos notas acompasadas, una grave prolongada y la otra seca aguda. Dejó de respirar unos segundos y de pronto abrió los ojos. Hacía solamente media hora que había salido el sol. Trató de recuperar algo soñado pero las imágenes se deshilacharon. La boca seca le hizo pensar en un trago.

El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte II)

Dos
El asunto de los meñiques amputados le trajo a la memoria el diario Pueblo, cerrado meses atrás, en el que había leído un artículo del periodista Marlasca en la sección de Sucesos. Ambos habían trabado amistad a raíz del caso de un hombre que había sido quemado vivo dos veces. Cuando el periódico salía de la rotativa por última vez, el periodista le había regalado un ejemplar que aún manchaba los dedos de tinta.

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