Ruta de Castro dos Bois. Cambela-O Bolo (Ourense)

Historias de un viernes, pero no un Viernes cualquiera

─Pero ¿no te gustaría que todos hablaran de ti como el gran perro que descubrió el paradero de Toby?. Su hermano te describe como aquel que viaja por el mundo─ le digo a Balú.

Un destello en uno de sus ojos le delata. Un toque de vanidad que no me pasa desapercibido y de lo que el marroncito rezuma por cada pelo.

─¿Que te ha dicho de mi?
─No hemos hablado demasiado pero alguien le ha contado que paseamos a diario y que tú realizas expediciones a mundos desconocidos. Piensa que en algún lado has visto a su hermano y no te has dado cuenta.
─Como me voy a dar cuenta si es perro vulgar, nada tiene que te haga reparar en él. ¿O me equivoco?
─Bueno, esa mancha en el ojo no es muy común y ambos la tienen. Haz memoria, seguro que te acuerdas.
─¡Uff! Pues ni idea. Pero podemos preguntarle a «Cara de Príncipe»
─¿A Cara de Príncipe?─decimos a dúo─ ¿Quién es ese?.
─El que vive en la última casa antes de la carretera. Se pasa las horas asomado a la verja que da a la ecopista. No se le escapa ni un detalle de todo lo que ocurre en ese tramo. Si ese Toby pasó por ahí él lo sabrá.

Caminamos con el paso más apurado de lo normal. Hasta Lolo parece que vuela sobre esas patas de alambre y cuerpo rechoncho. Dos kilómetros recorridos en tiempo récord. Ella está sorprendida y parece preocupada, cree que seguimos algún rastro y que como se descuide nos perderá de vista.

─¿Pero a donde vais tan deprisa? ¿Tanta hambre tenéis?.

Paramos en seco delante del muro de Cara de Principe. Está asomado tal y como pronosticó Balú. Su cara es como la de un niño atrapada en un perro. La verdad es que da algo de grima. Pero de momento es nuestra mejor baja para resolver este misterio.



Ruta de Castro dos Bois. Cambela-O Bolo (Ourense)

 

La ruta de hoy comienza en la parroquia de Cambela en el Concello de O Bolo (Ourense). A mitad de camino en la carretera que une Viana do Bolo y A Rúa sus casas vigilan las verdes praderas donde el abundante ganado pace ajeno al tránsito diario. Atravesamos sus calles en busca de la senda que, ladera arriba, nos llevará a nuestra primera parada. Atrás dejamos edificaciones vacías que en otros tiempos albergaban las familias que, en duras condiciones, cultivan los campos, viñas y huertas. Una calle estrecha, escoltada por casas de piedras, se abre a nuestra izquierda. Por ella avanzamos, abandonando la senda cementada, para, de nuevo a nuestra izquierda, tomar el camino de tierra que se empeña inexorablemente en llevarnos hacia la cima del mundo. Entramos en fincas comunales destinadas al pastoreo. Los cencerros repican a lo lejos como repican las campanas los días de fiestas. El terreno enfangado por las intensas lluvias se hunde bajo el peso de nuestras botas. El sonido del agua y el burbujeo que la tierra deja escapar al exterior se entremezcla con el suave aleteo de los insectos.

El promontorio, allá en lo alto, indica el lugar exacto del castro. Cubierto de tierra descansa en las profundidades a la espera de su puesta en valor. Su característica mas significativa, parece ser, es que no llegó a romanizarse ni cristianizarse, quizás porque este núcleo principal o bien se abandonó o bien se trasladó a otro punto cercano. Poco o nada se sabe de este asentamiento castrexo, pero si cuentan los vecinos que disponía de unas murallas de mas de un piso de alto que desafortunadamente se desmontaron y picaron como relleno para la primera carretera que unió Viana y A Rúa. No han aparecido restos,al menos que se sepa, pero aún así confiamos que en algún momento no muy lejano las administraciones competentes inviertan recursos en su prospección.

Estamos en una zona, arqueológicamente hablando, muy importante. Cerca de aquí una vía romana secundaria a la vía XVIII (Braga-Astorga) uniría, entre otras zonas, las médulas de Caldesiños, suministradora de oro, con el val del Bibey suministrador de vino al Imperio. Un camino de transito por donde comerciantes, soldados, viajeros y bandidos cruzaban dirección Valdeorras. Nada en el Imperio Romano se construía por azar. Todos los recursos gastados revertían a las arcas del Emperador en forma de oro, alimentos, tierras o esclavos.

 

Continuamos nuestro camino dejando atrás el Castro dos Bois. Huele a hierba húmeda y a tierra abonada con excrementos del ganado. El agua rezuma y anega el campo. Las margaritas blancas forman círculos perfectos, dando color al monocromático suelo. Las montañas recortan el cielo oscuro con sus níveas cumbres. Trevinca y Manzaneda conservar las últimas nevadas, y desprenden un frio intenso que te envuelve cuando orientas tu rostro hacia ellas. Pequeños bosques de robles circundan las praderías mientras descendemos hacia el diminuto riachuelo que atraviesa la zona baja. Un rebaño de vacas vigilan nuestros movimientos, pasamos por sus lindes y ellas comen y amamantan sus crías. Mejor acelerar el paso y dejar que los animales continúen sus quehaceres sin intromisión.

Zonas que antes estaban a monte, llenas de zarzas y retama, relucen ahora limpias de broza. El aumento del número de cabezas de ganado ha generado la compra o alquiler de fincas en desuso. Una de esas nuevas zonas de pasto es la que cruzamos para llegar a la aldea de A Regueira. Sorprende su estado, limpia y cuidada a pesar de ser un lugar donde solo habita una persona. Su impresionante escudo, sus palomares y su fuente bien merecen una visita.

Ahora debemos recorrer un tramo de carretera hasta la aldea de Buxán. Lo haremos por su calle inferior, una vez pasado el campo de juego de bolos, y dejando la iglesia a la izquierda, nos adentramos por el camino a nuestra diestra. La pista de tierra atraviesa viñas, y «soutos». Un descender continuo, suavizado por pequeñas zonas llanas que nos asoman a fincas de pétreos cierres. Las abejas comienzan su festín arrebatando el néctar de las primeras flores primaverales. Un zumbido, glorioso, de las reinas de la polinización, nos deleita,porque sin ellas el mundo no germinaría. Mientras las hojas, viejas y secas, se mantienen aferradas a las ramas, los nuevos brotes asoman vulnerables a los insectos e inclemencias meteorológicas. Amenaza lluvia en una jornada calurosa, la tormenta se intuye cercana, es un día de Abril, cambiante y caprichoso. Huele a anís, dulce y refrescante, y a ajo de blancas campanillas. Al otro lado del embalse, colgados en la falda de la montaña, Reigada, Vilarmeao, Servainza, con sus tejados de negras pizarras,brillan bajo los tímidos rayos de sol que se asoman entre las oscuras nubes.

 

Las torretas eléctricas cruzan el paisaje y sus cables semejan caminos en el cielo. La montaña atravesada por los cortafuegos recuerdan un cuerpo lleno de cicatrices. Nuevas viñas,recuperadas entre los cientos de traviesas abandonadas, parecen parches en un gran tapiz . Son las laderas del Concello de Manzaneda que se precipitan inexorablemente hacia la presa de O Vao. Esa gran pared de hormigón sostiene el agua con la misma naturalidad que nuestro cuerpo retine el agua interior. Llena a rebosar impresiona ya vista desde arriba, por lo que a cada paso que nos acercamos el corazón se encoje un poco más imaginando la presión que toda esa agua ejerce en la inmensa pared. Finalizada su construcción en 1960 esta presa en el rio Bibey, de 107 metros de altura y de tipo gravedad, está a día de hoy al 85% de su capacidad. Con un solo aliviadero se alza sobre el poblado, que se creó para su construcción, y sobre la aldea de O Vao, algo más alta. Atrás queda el pinar desde donde nos detenemos a divisar la presa, antes de descender hasta la aldea. Una enorme escorrentía desgarra la ladera a un lado y otro del camino. Ruge el liquido elemento precipitándose en la caída. Más abajo, en la entrada del pueblo,las casas, que alineadas a lo largo de la carretera, disfrutan de la tranquilidad de un lugar poco transitado.

Desde aquí comienza la subida, con un primer tramo por carretera,para desviarnos, 500 metros mas arriba, hacia la derecha. Ascendemos por «o camiño dos mortos». Esta senda de algo mas de un kilómetro se utilizaba para subir a los muertos desde o Vao al cementerio de Tuxe, ya que en el primero no existía campo santo. Uno no se puede imaginar el estoico trabajo que suponía tal acción. Es un desnivel muy pronunciado salpicado de hermosos castaños que han perdido sus hojas y cuyos erizos reposan como alfombra de faquir sobre el irregular terreno. Las prímulas tamizan de verde los marrones que por doquier se extienden a nuestros pies. Algo faltos de aire debido al esfuerzo de la ascensión descansamos aprovechando para alzar los ojos y ver pasar las nubes de singulares formas . Como pintadas por la mano de un niño se desdibujan casi tan rápido como pestañeamos. No llevamos a nadie a quien dar sepultura pero como penitencia impuesta a nuestras faltas no dejamos reposar el cuerpo, retomando la marcha mientras crecen en tamaño y en número los castaños. Con sus ramas abiertas ofrecen el sincero abrazo de la naturaleza mas pura. Sobrevivientes de tiempos pretéritos sonríen satisfechos a nuestro paso. Han dejado de ver pasar los ataúdes para contemplar la marcha de humildes senderistas emocionados por tanta belleza. El terreno acaba por darnos una tregua,deja de ascender para llevarnos hasta o «Cruceiro». De cronología desconocida y buena conservación este elemento patrimonial es de titularidad pública. Ya solo nos faltan unos metros y, divisando las casas del pueblo de Tuxe, llegamos a la carretera. Nuestra ruta por camino ha terminado, a partir de ahora todo será asfalto, pero lo compensa las espectaculares panorámicas y el poco tráfico. Con Tuxe a nuestra espalda y San Vicencio y el Priorato a la izquierda llegamos al Mirador. El viento sopla proveniente de Manzaneda, gélido y cortante, y con vistas a As Ermitas no podemos resistir la tentación de ocupar el banco y hacer una foto.

 

Siguen presentes las parcelas con castaños, algunos teñidos de azul, marcando donde han sido vacunados contra el terrible y aniquilador «cancro do castiñeiro», una lucha contra reloj para frenar la enfermedad que amenaza con esquilmar sin piedad tan preciado árbol. Escuchamos el ruido del agua en un suave descenso, el pequeño arroyo atraviesa por debajo de la carretera mientras llena de vida las margenes de su recorrido. Arriba,en lo alto, Rebodepo vigilando el Santuario, y un sin fin de montañas ajenas al tiempo y al lugar que nos queda por recorrer. Entramos, por fin en Cambela.

En la primera casa que encontramos a la derecha, dos de sus paredes tienen esgrafiados en cal. En la fachada lateral un cazador y varios animales relacionados con la caza y la pesca, y el la fachada principal un conejo. Esta técnica tradicional con mortero de cal ha caído en desuso y en zonas como la Ribeira Sacra se está catalogando y poniendo en valor. Anexo a la casa está es secadero de jamones, Embutidos Cambela, en el que haremos una visita guiada para a continuación descender hacia el punto de partida de la ruta. Un antiguo lavadero, cerezos en flor, que nada envidian a la sakura japonesa, y un caballo retozando en la mullida hierba del cercado son las últimas maravillas de esta ruta. Llegamos al Bar Murias donde nos esperan unas exquisitas viandas que degustaremos contemplando el barrio de Casassola al otro lado de la carretera.

Y así termina nuestra ruta de hoy por tierras del oriente ourensano, ese gran desconocido.

Ficha técnica

Dificultad: Moderada
Circular:
Tiempo estimado: 4 horas
Distancia: 16,6 kilómetros
Ruta marcada: No
Fotos: José Rodríguez Pérez
Enlace Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/ruta-do-castro-dos-bois-cambela-o-bolo-24230629