Illa de Ons. Ruta sur y ruta del faro. Parque Nacional das Illas Atlánticas

Historias de un viernes, pero no un Viernes cualquiera 

Creo que a partir de ahora nuestra relación mejorará y dejará de verme como un intruso, pasando, quizás, a ser su aliado. Nos alejamos del río camino de la ecopista. El blanquito tenía razón, empieza a oler fatal. Un gran seto cierra la finca desde donde salen los mugidos de las vacas. Aguanto la respiración y salgo a la carrera. Desde una casa al lado izquierdo varios perros nos ladran.

─¡Shist!, oye tú, el rubiales. ¿Sois esos que salen todos los días de paseo y que viajáis por el mundo?─ dice uno de ellos
─Pues explicado así puede ser. Salir si que lo hacemos todos los días, pero que Balú viaje por el mundo me parece algo exagerado. ¿Quién te ha hablado de nosotros?─ le pregunto intrigado.
─Bueno, eso que más da. Necesitaba pediros un favor, es muy importante para mi. Pero no puedo daros nada a cambio, solo mi gratitud eterna si me ayudáis.

Giro la cabeza en busca de Balú, pero él ya va 300 metros por delante. Y Lolo , como siempre, rezagado y ella esperándolo. Dudo si hacerle caso.

─Dime, si puedo hacer algo por ti no tengo inconveniente, aunque yo es la primera vez que paso por aquí.
─Busco a mi hermano Tobí. Se escapó de casa hace más de un año y no he vuelto a tener noticias de él. Es igual que yo, pequeño de patas cortas y con una mancha blanca en su ojo izquierdo. Aquí nunca salimos y solo comemos sobras de pan y de vez en cuando algo de pienso. Se cansó de esta vida y me aseguró que en la primera ocasión que tuviese se marcharía. Un día la puerta quedó entreabierta, y no lo dudo, salió corriendo como perseguido por el diablo.
─¿Y por qué no te fuiste con él?
─Tuve miedo a lo desconocido, a no conseguir ni siquiera un pedazo de pan para sobrevivir. Y todos los días me arrepiento de no haberlo hecho. Podía haber encontrado a una como Ella, porque he oído que al gordo lo encontró en la calle mas “pa llá que pa cá”.

Illa de Ons. Ruta sur y ruta del faro. Parque Nacional das Illas Atlánticas
La ruta de hoy comienza en muelle de embarque de Bueu (Pontevedra). Desde aquí tomaremos el barco que nos llevará, en un viaje de aproximadamente 50 minutos, hasta la paradisíaca Illa de Ons. Junto con Cies, Sálvora y Cortegada conforman el parque nacional marítimo-terrestre das Illas Atlánticas.

Dejamos atrás el embarcadero y la playa para adentrarnos en un mar en calma de aguas cristalinas. Asomados por la borda de la embarcación observamos nítidamente el fondo arenoso. La navegación hacia el exterior de la ría de Pontevedra nos permite disfrutar de espléndidas panorámicas, a la izquierda Beluso y Cabo Udra y a la derecha Sanxenxo y Portonovo. Las bateas de mejillones que, como perfectas parcelas de terreno cultivado, sostienen las largas cuerdas donde los bivalvos crecen ajenos a nuestro paso. Los graznidos de las gaviotas y el intenso olor a sal nos introduce, poco a poco, en el fantástico universo que vamos a descubrir. Somos exploradores de nuevos mundos navegando gozosos y ávidos de conocimiento. Porque la Illa de Ons y su hermana pequeña Onza nos esperan llenas de increíbles experiencias.

La travesía transcurre tranquila, los rayos de sol atraviesan la superficie marina calentando los nutrientes arrastrados por las corrientes polares, que chocan contra la isla, y que se adentran ricas y ralentizadas por el interior de la ría.
Arribamos al pequeño puerto de Ons y a la playa de As Dornas, donde los marineros llegaban con sus barcas cargadas de pescado. El pulpo y el congrio eran transformados en los secaderos que sustituyeron a la fábrica de salazón, una industria que hizo florecer la economía de la isla e incrementar considerablemente su número de habitantes. En el barrio de O curro se construyó una nueva iglesia, la de San Joaquín, y la escuela mixta (única en Galicia dada la escasez de niños) Ahora, en este barrio, se encuentra el Centro de Visitantes y los restaurantes que hacen las delicias de los visitantes.

María Dolores, señora de Riobó, visita la isla con asiduidad. Acompaña a su marido con el corazón dividido entre el miedo a la travesía y la fascinación que despierta Ons en su imaginación. Hundiendo los tacones de sus botas en la fina y dorada arena de la playa toma el camino hacia la casa acompañada de su fiel sirvienta Josefa. Atrás dejan la escuela y la iglesia, los rayos de sol penetran entre las ramas de los sauces muriendo en los finos encajes de la blanca sombrilla.

Josefa se persigna tres veces cada vez que pasan por la playa de Área dos Cans. No le gusta ese lugar. Desde el día que descubrió, con la marea baja ,el sarcófago antropomórfico tallado en las rocas , teme que el espíritu del monje que allí reposaba vague por la isla en busca de alguien que dé descanso a su alma. Apura el paso ante la mirada divertida de la señora.

─Josefa, eso no son más que tonterías, ya estamos en el siglo XX, no en la época oscura de monjes eremitas. Ni siquiera se han encontrado restos de un monasterio.
─ Señora, que no haya restos no significa que no haya existido. “A laxe do Crego”, como le llaman aquí, tiene que tener algún dueño.
─Pamplinas de pueblo, existir claro que existe porque la hemos visto pero solo es una tumba. ¿También le haces caso a las historias de la Santa Compaña? ¿Esas que dicen que cruza el mar desde Noalla ,para entrar por Punta Centolo ,hasta el cementerio de la antigua Iglesia?

Josefa vuelve a persignarse torciendo el gesto. No entiende como su señora puede burlarse de esas cosas. Mira hacia el suelo mientras pisa los surcos que los bajos del vestido de María Dolores deja en el barro. Al lado ,las huellas de un lagarto arnal la hacen detenerse, son perfectas , hasta el arrastre de la cola está marcada en la tierra mojada. Ante la playa de Canexol las vistas del Cairo y de la isla de Onza son sobrecogedoras.

─¿Has visto Josefa?. Me pregunto si esa leyenda que dice que un túnel une la Cova da Moura con el Cairo, será cierta. O aquella donde un hombre de Arousa, en las guerras de África, compartió celda con un moro y éste ultimo, antes de morir, le confesó que ahí había oro. El arousano una vez liberado vino hasta aquí a recuperar el botín y hacerse inmensamente rico.
─Señora, parece mentira que alguien de su posición se crea todas esas patrañas.

Su casa de dos plantas destacaba sobre las demás de la isla, y el inmenso hórreo tenía suficiente sitio para acumular los “donativos” de los agricultores.

Josefa de ocupaba ,siempre al llegar, de abrir las ventanas y ventilar la casa. Desde su habitación observaba el promontorio en lo alto de la colina. Proveniente de una pudiente familia venida a menos podía, al lado de su señora, mantener un estilo de vida como en el que se había criado. Amante de las ciencias catalogaba la flora y fauna de la isla. Distinguía a la perfección la “Cytisus insularis” o “Xesta de Ons”, una variedad única en esta isla y estaba fascinaba con la evolución de las salamandras en este lugar. Se habían adaptado a un medio sin agua y en vez de poner huevos parían crías ya maduras. Sabia que en aquel alto descansaba un castro con sus viviendas circulares y muro defensivo, lo llamaban el “Castelo dos Mouros”. Soñaba con dirigir la excavación que lo sacará a la luz, pero siempre que sacaba el tema a D. Manuel, éste le hablaba de las maravillas que había dejado atrás en Filipinas y que jamás se le había pasado por la cabeza gastar su dinero en prospecciones arqueológicas ni allí ni aquí. La Señora alzaba los hombros escapando de la mirada suplicante de Josefa.

La vivienda había pertenecido con anterioridad a los Montenegro, pero estaba segura que Doña Sancha jamás había disfrutado de la isla como ella. Solo la envidiaba, desde la lejanía del tiempo, en la posibilidad remota de que ella hubiese conocido a Francis Drake, el temido pirata de todos los mares. Lo que realmente la fascinaba de Ons era Sir Drake. Pirata pero Lord de Inglaterra, que atemorizaba todas las poblaciones costeras desde las Américas hasta Europa. Pensando en él corrió escaleras abajo y abandonó la casa en dirección al Miradoiro. Atrás dejaron la Playa de Canexol y la playa do Pereiró, mientras Josefa trataba de tomar aire ,perfumado por el hinojo marino.

En la actualidad en el barrio de Pereiró se encuentran los campamentos de verano y un área de reproducción de anfibios. Porque el verdadero oro que se esconde bajo el suelo de la isla es el agua potable. Siete fuentes dispone Ons, algo sin lo que seria imposible la vida aquí.

Pero dejamos a Maria Dolores a la carrera hacia uno de sus lugares favoritos, el Miradoiro de Fedorentos. Un monte raso de tojo y brezo nos indica el acercamiento a la cara mas atlántica de la isla. Pocos son ya los árboles autóctonos que sobreviven a la necesidad de madera y leña de los habitantes. Los picos de los pinos hacen el suelo algo resbaladizo. Aquí, por la noche, despiertan de su sueño los murciélagos en busca de pequeñas alimañas o frutas con las que alimentarse.

El desvio, a la izquierda , la lleva al balcón de sus sueños. Absorta en sus pensamientos, aspira el aire soltándolo en un largo suspiro. En frente la Isla de Onza y las Islas Cies, a lo lejos, la Costa de la Vela. Las nubes se paran a contemplar embelesadas a las dos mujeres que con los brazos abiertos intentan detener el aire gélido del norte. Las gaviotas patiamarillas y alguna corneja sobrevuelan en círculos sobre sus cabezas, mientras los corvos mariños cristados luchan por permanecer en pie sobre las rocas del acantilado.
─¿No te parece un lugar digno de reyes, Josefa?.

No contestaba absorta en el paisaje, ni podía negar que aquel lugar ejercía , también sobre ella una atracción difícil de describir. Con los ojos seguía el rumbo del transatlántico que partía de Vigo rumbo a Argentina, cargado, como todos los meses de hombres, mujeres y niños en busca de un futuro más prometedor. Pero ni siquiera la tristeza de tantos conocidos emigrados conseguía apartar de su corazón tanta belleza.

´─¿Por qué se llama Fedorentos este lugar, Señora?
─No se sabe a ciencia cierta. Algunas teorías dicen que se debe al olor que desprenden las algas que se pudren en la playa debajo del mirador. También por eso le llaman playa das Moscas a la que ves allá en frente, en la isla de Onza. Pero para mi se debe a los cadáveres que llegan flotando hasta los acantilados. Todos esos prisioneros que Drake a hecho saltar desde la plancha de su barco a punta de sable. Con la mano izquierda en la cintura y la espada en la diestra avanza lentamente por la tabla mientras su largo cabello negro bajo el sombrero , su perfecto bigote y su recortada perilla aterroriza a los infelices prisioneros. Y “voilà”, al agua, y así van llegando los cuerpos putrefactos.
─¿No lo dirá en serio?─ Respondía Josefa entre las carcajadas de la Señora Riobó.
─Josefa, sueña, que los sueños nos apartan de nuestras monótonas vidas. Vamos, corre, que aun quiero visitar el “Burato”

Desandando el camino hasta el cruce toman el ramal de la derecha para descender suavemente hacia los acantilados. El primavera, los amarillos y violetas del tojo y el brezo pintan de color las escarpadas laderas. Es un espectáculo sublime, pero ahora en invierno solo las puntiagudos pinchos del tojo enganchan los bajos de sus enaguas.

─Ten cuidado, que aunque parezcan muy compactos los matorrales de brezo están huecos por dentro. Se aprietan para no crecer y protegerse de los fuertes vientos. Corre, escucha el lamento de las almas a través “do Burato”.

Esta es la entrada al infierno que tenemos mas cerca de casa─ dice entre risas─ Solo nos falta conseguir ver al toro de cuernos de oro que vigila la salida del Hades.

El ruido de las olas entrando por la furna y los graznidos de los araos se distorsiona de tal modo que casi podían ver las almas emerger del fondo agarradas a las profundas paredes. Las cruces de marineros muertos entre la rocas aledañas y un infinito mar en el horizonte envuelven a este lugar de un mágico y místico halo.

Sentadas en una peña y rodeadas de “herba de namorar” (Armenia pubigena) ambas mujeres conversan sobre las propiedades mágicas de esta planta. Ninguna de ellas cree que introduciéndola en el bolsillo de la persona elegida, esta quedará locamente enamorada sino descubre “a herba” al menos hasta la mañana siguiente.

Las dejamos en singular disertación y nosotros continuamos la senda del lado oeste de la isla. Encarada al Atlántico y golpeada por el fuerte viento escasas son las especies que sobreviven a estas condiciones adversas. En los acantilados las lapas, percebes o mejillones se adhieren a las rocas. Los árboles no existen, solo matorral bajo. Pero lo hermoso de esta zona es la panorámica del islote de As Freitosas y la Ensenada de Caniveliñas y mas al norte la Isla de Sálvora en la entrada a la ría de Arousa, con San Vicente del Mar y Riveira a cada lado.

Abandonamos el trazado de la ruta 2 para enlazar con la senda del Faro. Solo necesitamos seguir las flechas amarillas que aparecen en sentido inverso. La subida es suave y entre un bosque de eucaliptos rodeamos el camping de la isla. Cerrado y sin el bullicio de los días de verano disfrutamos el paseo como si fuésemos los únicos habitantes de Ons. La brisa, el arrullo de las hojas y el piar de algún pájaro cruzando el cielo mecen nuestros pasos hasta el Faro. Lo rodeamos cruzando el helipuerto. Es espectacularmente grande. Situado a 128 metros sobre el nivel mar domina la isla. Construido sobre otro más antiguo las nuevas obras se inauguraron el 4 de julio de 1926. Y en 1932 se recubrió de azulejos. Sentados en el punto geodésico una inmensa sensación de paz nos invade. Es la nuestra una estancia pasajera donde toda la energía que emana de la isla recorre cada vena de nuestro cuerpo. La dureza de la vida en un lugar como éste quizás compense cuando al amanecer o anochecer levantas la vista del severo trabajo y clavas las pupilas en el horizonte.

Descendemos por el barrio de Cucormo, las casas adornadas con geranios y pequeños huertos lucen vacías de vida. Porque aquí solo cuatro personas viven durante todo el año, y cuentan , que estos habitantes, uno en cada extremo de la isla, poseen una moto para desplazarse. Y una tarde en una curva de la pista ambas chocaron inexplicablemente.

Otra vez en el Centro de visitantes, solo abierto en la época estival, y en la iglesia de San Joaquín, desembocamos de nuevo en la playa de As Dornas para tomar el barco que nos devolverá a la localidad de Bueu.
Y así termina nuestra ruta de hoy deseando regresar y disfrutar de las dos rutas que nos faltan por recorrer, la Ruta Norte y la Ruta del Castillo.

Ficha técnica

Dificultad: Fácil
Circular:
Tiempo estimado: 2,5 horas
Distancia: 10,7 kilómetros
Ruta marcada:
Guía: Alecrín Actividades y Aventura
Fotos: José Rodríguez Pérez
Enlace Wikiloc: https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/illa-de-ons-ruta-sur-burato-do-inferno-y-ruta-do-faro-22839348