Ruta a Bulnes desde Poncebos (Asturias)

Historias de un viernes, pero no un Viernes cualquiera

Eso es la realidad, nadie me quiere aquí. Tanta charla me ha dado hambre, pero hoy es sábado y nadie madruga salvo que ellos se vayan a vivir aventuras. La lluvia golpea las ventanas con fuerza , con tanta fuerza que apenas se escuchan los ladridos de los perros del otro lado de la carretera. Balú se ha estirado debajo de la mesa y mueve la cabeza con un tic entre aburrido y ansioso.

Ella aun no ha bajado y el pesado ya está impaciente por salir. Le da igual que diluvie, y lo peor es que nos arrastra a los demás a un paseo que creo, y hablo por el blanquito y por mi, no nos apetece nada de nada.

No ha parado en toda la noche de tronar, pero claro, yo he estado tan agitado con mis sueños que ni me he enterado. Con lo calentito que estoy en mi cama no quisiera moverme ni por todo el pienso del mundo.

Lolo ladea la cabeza y coloca su oreja en dirección a la puerta. Está claro que ha oído algo, sus ojos han empezado a brillar y eso solo tiene un nombre, ELLA. Inquieto se mueve entre sus mantas, y su rabo comienza a agitarse como si no hubiese un mañana. Jamás he visto que una persona despierte esos sentimientos en un chucho. Aunque la verdad tampoco he conocido a tantos, bueno, realmente solo los he conocido a ellos porque lo que ha pasado antes de que ella me recogiese en aquella autopista se ha borrado de mi mente. Quizás era yo un perro mimado, o un perro callejero lleno de pulgas, o un perro encadenado de los que nadie quiere... ¡Uf! Mejor no pensar en ello porque me pongo malo.

Ella aparece media dormida pero no traspasa la puerta sin darnos unas palmaditas y unos achuchones de buenos días. Por fin el desayuno, no es muy prosaico por mi parte pero tengo un hambre atroz. Nos echa un poco de pienso a cada uno, que yo devoro con furia, mientras ellos esperan a otra delicatessen.

—¿Veis?, teníais que hacer como Viernes, comeros el pienso que está muy rico. Pero no, claro, vosotros sois unos señoritos— les dice entre sonrisas.

Huele a café. Saca las galletas y se sienta a la mesa. Ahora los tres la rodeamos a la espera de ese trocito delicioso que ella reparte a partes iguales para nosotros.


Ruta a Bulnes desde Poncebos (Asturias)

La ruta de hoy comienza en la parroquia de Poncebos en el Concejo de Cabrales (Asturias). De apenas 5 Km y dificultad moderada tiene un trazado lineal, por lo que deberéis hacerla de ida y vuelta o bien usar el funicular en alguno de los dos sentidos, ya que a Bulnes no llega ninguna carretera.

A medio camino del inicio de la famosa “Ruta del Cares” un panel informativo nos desvía a la izquierda para comenzar nuestra ascensión a Bulnes. A través del canal del Texu (Tejo) recorreremos el impresionante desfiladero formado por un antiguo glaciar que partía de la base del Pico Uriellu (Naranjo de Bulnes) hasta Poncebos.

Descendemos la pista de piedra suelta que nos lleva hasta el puente de Jaya para cruzar las cristalinas aguas del río Cares. Pisamos las piedras que un día del año 722 recorrieron las invasoras tropas musulmanas huyendo de un puñado de rebeldes vascos, gallegos y astures. Los valerosos y escasos guerreros del norte vencieron al numeroso ejercito musulmán en la batalla de Covadonga. Y con la muerte de su general Alqama usaron esta ruta para huir atravesando los Picos de Europa hasta Cosgaya donde murieron sepultados por un corrimiento de tierras. Todavía los gritos de los apabullados musulmanes resuenan en las paredes del canal. Si escucháis con atención el desprendimiento de cada pequeña piedra semeja el crujir de los guijarros bajo las botas de los infieles

Al otro lado del puente las nubes ocultan el sol como la hojarasca oculta los hongos al recolector. Porque esos claro-oscuros convierten las laderas en gigantescas construcciones vivas donde enormes ojos negros acechan al caminante. Las oquedades oscuras salpicadas a lo largo y ancho de la pared son el presagio de la mágica ruta a recorrer. La estrecha senda asciende en zig-zig al borde de numerosas escorrentías de piedra. Sujetas unas contra las otras casi parece un milagro que no se deslicen repentinamente sobre nosotros. Estamos, ya, en el puente del Zardo sobre el rio Tejo. A partir de ahora el rio quedará a nuestra derecha hasta la llegada a Bulnes. Los árboles y la vegetación se abren paso entre las rocas buscando el hueco justo para asomarse a la vida. Y al volver la vista ,a lo lejos y casi suspendido en el aire, el pueblo de Camarmeña se inclina sobre el canal siendo el privilegiado invitado de la primera fila. Desde esta pequeña parroquia ,con la iglesia de San pedro de origen medieval ,también se puede observar el Naranjo. Por ello es visita obligada para todos aquellos que visiten Poncebos.

El cielo azul asoma tímidamente entre las compactas nubes y una fina capa de niebla acaricia las cumbres deseosa de envolver el desfiladero en un abrazo eterno de amor y pasión. Pero como un amante despechado el celeste cielo, celoso de su amor, muestra sus mejores colores por cada brecha que las nubes osan abrir.

La senda tapizada de flores ,amarillas, blancas, violetas y rojas ,es un crisol de matices que se mezclan con el verde de la hierba tapizante. Vamos tomando altura y ahora el río corre sosegado en el fondo del cañón. El tintineo de sus frías y cristalinas aguas acompaña al trino de los pájaros mientras alguna solitaria águila chilla en el horizonte. Estrecho es el camino y avanzando en sinuosas eses, contemplamos la majestuosidad del corte en la montaña allá en lo más hondo. Es la entrada al centro de la Tierra, enigmático, e imposible de valorar en su conjunto. La oscuridad despierta en nosotros dos fuerzas encontradas.

Adelantamos un pie hacia el abismo para poner observar mejor, nos dice el corazón, pero la razón nos anima a retroceder por precaución. Y la lucha entre ambas nos acompaña varios kilómetros en la ascensión. A lo lejos más caminantes buscan sus destino , y así minúsculos, descubres las proporciones de estas paredes verticales donde se labró una senda de subsistencia para un pueblo ganadero. Una senda que hasta el año 2001 fue la única vía de acceso. Animales de carga transportaban lo necesario para la vida cotidiana de sus habitantes. Una vez tuve el privilegio de ver, en este mismo lugar, descender a dos pastores con sus largas varas que, a modo de pértiga ,les servían para saltar de piedra en piedra. Un juego de niños para ellos, pero un desafío imposible para el resto de los mortales.

La pendiente comienza a suavizarse, y en esta tierra más llana la hierba crece sin dificultad brillando bajo los rayos del flamante sol, que ahora si amenaza con salir. Los arboles más frecuentes salpican las praderas sembradas de minúsculas piedras que un día formando parte de alguna de la cumbres cercanas. El Tejo vuelve a saltar juguetón a nuestro lado formando pequeñas cascadas de traviesas aguas. Hemos llegado al Puente de Colines. Atravesando el puente podemos ascender en dirección al Canal de Amuesa y cogiendo un desvío a la izquierda llegar a Bulnes de Arriba, también llamado barrio del Castillo o barrio Alto. Desde aquí se podrá continuar directamente al de abajo. Pero nosotros continuamos sin cruzar, nuestro destino es Bulnes de abajo. Disfrutando del descanso que nos da el terreno afrontamos la ultima subida sabedores de la recompensa que recibiremos.

Pasamos delante de la entrada del funicular para unos metros mas adelante toparnos con las primeras casas de este pequeño paraiso. Porque Bulnes o la Villa ha sabido adaptarse a los tiempos. Donde solo vivían pastores, aislados durante la época invernal, ahora los lugareños han reconvertido sus viviendas en restaurantes, tiendas y hoteles que hacen las delicias de los visitantes. La modesta iglesia y sus preciosas casas y calles de piedra , con el río Bulnes saltando entre las rocas, invitan a un alto en el camino. Sentarse a escuchar las voces de la montaña mientras las gentes llegadas en el funicular buscan un sitio donde degustar los platos típicos un hermoso día de domingo, no tiene parangón. Callejeamos empapándonos de tan singular belleza para afrontar la última parte del camino. Una subida de 400 metros por el sendero en dirección a Pandebano. La recompensa es un pequeño mirador, rodeado de densa vegetación , desde donde observar las paredes verticales del Naranjo. No es el mejor día porque la niebla coquetea con la cumbre y solo en escasos momentos nos deja descubrir ese magnifico bastión que hace las delicias de los escaladores, Un reto a que pocos son capaces de resistirse. Esa fortaleza calcárea debe su nombre al color anaranjado que toman sus paredes cuando recibe los rayos del sol. Su mágico hipnotismo nos abraza hasta caer en una apacible letargo rodeados de avellanos. Y como todo lo que empieza tiene un final retomamos el camino de vuelta. Si estáis muy cansados podéis volver a Poncebos en Funicular, pero nosotros, como valientes caminantes, desandaremos nuestros pasos para empaparnos del paisaje, esta vez, en sentido contrario. Descubrimos nuevas flores, y arboles. Descubrimos nuevos animales y rocas. Un camino nuevo con pasos viejos. Y así, disfrutando otra vez de esta senda, llegamos a Poncebos , punto inicial y final de la ruta.

Ficha técnica

Dificultad: Moderada
Circular: No
Tiempo estimado: 2 horas
Distancia: 5 kilómetros
Ruta marcada:
Fotos: José Rodríguez Pérez
Enlace Wikiloc: https://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=18842930