Rutas por el Parque Nacional de las Islas Cíes (Vigo). Parte I

Historias de un viernes, pero no un Viernes cualquiera

─Oye tú, Cara Príncipe, tenemos unas preguntas que hacerte─ le dice Balú.
─¿Y por qué voy a contestaros?. Se quienes sois, todos los callejeros hablan de vosotros.
─¿Que tienen que decir de nosotros esa chusma?.
─Nosotros no somos chusma─ replicamos Lolo y yo al unisono.

─No hablo de vosotros, ya se que no sois chusma pero si unos pringaos callejeros. ¿Queréis que os ayude o no?, entonces cerrad la boca.
─A ver tú, buscamos a un tal Toby, con una mancha negra en un ojo. Vivía al final de la recta con su hermano y otros perros. ¿Lo has visto?─dice Balú a Cara Principe.
─¡Uhh! ¿Y a cambio de qué te voy a dar esa información?
─Pues no sé que podríamos hacer nosotros por ti.
─Tendríais que prometerme que cada vez que paséis por aquí os parareis a contarme historias sobre los mundos que recorréis.
─Pero nosotros no siempre pasamos por tu casa, y el tiempo que tendremos para hablar será muy pequeño.
─No me importa, siempre y cuanto os paréis a hablar conmigo.

Los tres nos miramos y con una complicidad inusitada movemos afirmativamente la cabeza. Cara Príncipe, como lo hemos bautizado, no parece un mal chucho, simplemente está solo y aburrido, deseoso de tener amigos con los que hablar.

─Pues venga, desembucha que Ella se acerca y nos tendremos que ir volando─dice Balú.
─De esto ya hace tiempo, pero me acuerdo como si fuese ayer, sobretodo por el impacto que me causo saber su historia. Yo me quejo de mi vida, pero hay otros que viven un verdadero infierno. Toby se paró aquí, justo donde estáis vosotros, hace aproximadamente un año. Estaba sucísimo y sofocado, y solo quería saber si os conocía y donde vivíais.
─¿Nosotros?─ respondimos con cara de incredulidad ─ pero ¿que quería saber?
─Estaba convencido de que Ella podría ayudarlo, como hizo con vosotros.

Rutas por el Parque Nacional de las Islas Cíes (Vigo). Parte I
La ruta de hoy comienza en la estación marítima de Vigo. Una vez obtenidos los pases de embarque accedemos al catamarán que nos llevará a través de la ría hasta el archipiélago. Un tranquilo viaje de unos 45 minutos para disfrutar de los paisajes de esta bella ría. El ligero vaivén del mar mece la travesía hacia la isla de los Dioses. Porque dicen que cuando Dios creo Galicia se echó a descansar y con su silueta petrificada sobre el mar nacieron las Islas Cies. Acompañados por la linea de costa atrás dejamos Cabo Home, el punto más próximo, la Isla de Toralla y Baiona.

El archipiélago está compuesto por tres islas, la Isla del Faro y la Isla de Monteagudo unidas entre si por la playa de Rodas y la Isla de San Martiño, además de islotes como el de Penela dos Viños, Ruzo, Grabelos y Agoeiro. Son una barrera natural en la entrada de la ría de Vigo, pero su baja altitud permite que las borrascas atlánticas pasen por encima hasta chocar en la costa y descargar allí sus precipitaciones, lo que las hace recibir la mitad de lluvia que es resto de las Rías Baixas.

Sus costas este y oeste son como dos caras de una misma moneda. Mientras una es abrupta, salvaje e indómita con acantilados de mas de cien metros, la otra es cálida y suave con hermosas playas de finísima arena.
Una vez desembarcamos en la Isla del Medio dirigimos la vista hacia la izquierda y descubrimos la inconmensurable playa de Rodas. De más de un kilómetro de largo y 60 metros de ancho fue declarada en 2007 como la playa mas hermosa del mundo por el periódico británico The Guardian. Su finísima arena, casi blanca, y sus aguas de un color azul turquesa nos trasportan a parajes paradisíacos. Aquí los densos pinares sustituyen a los esbeltos cocoteros y las cristalinas y gélidas aguas desafían a los osados bañistas.

Cruzamos la pasarela de madera hasta el puesto de información de donde parten las 4 rutas señalizadas que se pueden realizar en la isla. Para no estar yendo y viendo hasta este punto de inicio en cada una de ellas hemos agrupado los itinerarios de 2 en 2. Por un lado la ruta del Faro de Cies y Faro da Porta y por otro la Ruta del Alto do Principe y Faro do Peito.

RUTA DEL FARO DE CIES Y DEL FARO DA PORTA
Atrás dejamos el puesto de información y cruzamos el pinar. Las agujas huelen a mar, a mar profundo y turquesa, a mar inmenso y tranquilo, a mar colmado que alimenta la pequeña laguna interior que se forma al abrigo del espigón. Aquí se unen la Illa de Monteguado y la Illa do Faro. Dos asombrosas bellezas cogidas de la mano y embriagadas de aguas oceánicas acariciadas por la suave arena de la playa de Rodas. Las pequeñas embarcaciones fondeadas al abrigo de las islas flotan como suspendidas en el aire. Tan cristalino elemento hace temer que éste solo sea una ilusión óptica y los barcos se precipiten irremediablemente al abismo. El trémulo movimiento de las algas nos acompaña mientras cruzamos la pasarela de piedra que forma el dique. La bajamar deja al descubierto pequeñas formaciones rocosas donde los crustáceos se esconden de los curiosos ojos de los visitantes. Caminamos en dirección a la zona de acampada y restaurante, los bordeamos y comenzamos la ascensión.

Nos detenemos delante del Aula da Natureza. Este edificio, de dos plantas, del siglo XIX se construyó aprovechando los restos de anterior edificación medieval, un covento que fundaron los monjes de la Orden de San Benito descontentos con su vida en el convento benedictino de Coruxo (Vigo). El convento subsistió solo hasta el siglo XVI, ya que las continuas incursiones piratas hicieron imposible la vida en él. Los piratas acabaron atacándolo y quemándolo. En 1810 se construyó un almacén de artillera sobre las ruinas.

La senda se va haciendo más frondosa, un suelo cubierto de helechos confiere un tupido manto verde a las laderas. Pinos y eucaliptos predominan de forma abrumadora. Hasta 5 especies distintas, de estos últimos, crecen libres lejos de su hábitat natural.

Tropezamos con el primer desvío y seguimos las indicaciones hacia el Faro de Cíes Flores blancas, púrpura y amarillas se entrelazan a los finos tallos de la avena salvaje. La hiedra trepa sobre las rocas y las ramas caídas que los árboles han perdido con el paso de las estaciones. La flor del tojo destaca sobre el verdor de la planta formando tupidos setos infranqueables. Las caprichosas formaciones rocosas crean verdaderos espectáculos, horadadas por el viento y el agua se convierten en hermosas esculturas esculpidas por el cincel del artista mas reputado.

A la izquierda la Isla Sur o San Martiño. A ella solo es posible acceder con embarcación particular. Aun es apreciable la edificación que albergó en el pasado una fábrica de salazón. Pero un manto blanco avanza hacia nosotros, lo cubre todo, rodeándonos mientras desprende una ligera humedad. Un abrazo denso, envolvente, que acaricia los tobillos para subir lánguidamente por las piernas ,enroscándose en la cintura, apretando suavemente nuestro pecho y garganta , y morir rozándonos los labios y el cabello. Un amante inesperado, que nos corta la respiración mientras el vello se eriza al ritmo de las sirenas de los mercantes. Entre la niebla las gaviotas patiamarillas graznan llamando a sus polluelos y el cormorán moñudo, con su plumaje oscuro, pinta de amarillo las tinieblas.

Esta ladera de ascenso alberga el poblado castreño─romano de “As Hortas” datados sus primeros pobladores en la Edad de Bronce. Con varios abrigos naturales cabe destacar el conocido como “Altar Druidico” que muchos lo han interpretado como ara de sacrificio a los Dioses. Hombres de largas vestiduras y barbas blancas entonan cantos antiguos mientras preparan sus pociones en cuencos de piedra. A estas islas siguió Julio Cesar a los Herminios desde Baiona. Pueblo bravo, difícil de doblegar, al que solo consiguió rendir por el asedio y el hambre. Cuentas que las islas Siccas de Plinio fueron un asentamiento y puesto de vigilancia para las naves mercantes.

Los caminantes blancos desfilan presurosos por el zigzagueante camino que lleva a lo alto. Al alzar la vista y observar las imponentes paredes ,que contienen las tierras de la ascensión, recordamos el duro trabajo en este lugar apartado, donde todo lo imprescindible debe venir de tierra. Estamos en el Faro de Cíes, construido entre 1851 y 1853 y situado a 178 metros sobre el nivel del mar. Impresionantes vistas a toda la ria de Vigo, Morrazo y Ons. Pero hoy apenas conseguimos distinguir la blanca espuma que bate con fuerza contra las abruptas rocas. En estos acantilados crían percebes y mejillones y en la parte submarina nécoras, centollos, bogavantes y pulpos. En las playas mas protegidas moluscos bivalvos, así como lenguados y rodaballos. Hay que tener en cuenta que el 85% del parque es el medio marino. La zona submarina que rodea las Islas forma uno de los ecosistemas mas ricos de la costa gallega, contando con un importantísimo bosque de algas pardas y corales.

Abandonamos el faro para tomar de nuevo la senda para el descenso, a medio camino nos desviaremos hacia la Pedra da Campá. Una empinada cuesta nos asoma a esta roca perforada por los vientos atlánticos y lluvias cargadas de salitre. Esta formación geológica denominada Tafoni es un lento proceso de separación de los minerales , que avanza tanto en el interior como en el exterior de la roca. Una ventana natural flanqueada por profundas lineas que parecen infligidas por las garras de algún extinto animal. El rugido del mar estremece el pensamiento, allí abajo, entre las afiladas agujas rocosas el mar bravío lucha por entrar en la ria. Las gaviotas oscuras y araos ibéricos compiten en singular duelo con sus sonidos, no así el pequeño pero longevo paiño común, que por su tamaño de gorrión pasa desapercibido al ojo del inexperto. Las rocas, teñidas de amarillo ocre por los líquenes, luchan superpuestas por agarrarse a la tierra árida de Cíes. Un poco más a la derecha el Observatorio de aves.

Descendemos hacia el camino principal, pero el color púrpura de una pequeña flor llama nuestra atención. A punto de abrirse por completo estas hermosas orquídeas regalan a nuestros ojos la belleza, en mayúsculas, de la naturaleza. Delicadas por sus tonalidades y textura se abre paso entre el verde follaje de plantas de nombres inciertos. El escaso viento apenas agita su azarosa vida al borde del camino, pero no están solas en la isla , acompañadas por la Camariña y la Armeria maritima (herba de namorar) forman el triunvirato perfecto. Con el púrpura en las retinas descendemos hasta unirnos a la ruta 2 que es la del Faro da Porta. La pequeña playa de Nosa Señora, acoge en sus aguas pequeños veleros. Con las velas recogidas sus cascos blancos oscilan suavemente en un vaivén hipnótico. Como el péndulo de un reloj de pared
que se va pero siempre vuelve al punto de inicio. Continuamos al borde del mar, la niebla poco a poco se aleja hacia la costa , arrastrándose enferma sobre las aguas, como el alma que abandona el cuerpo inerte. Once gramos dicen que pesa, once gramos vagando perdidos, como perdidos vagaban los Herminios sabedores de una muerte segura.

El pequeño embarcadero de Punta de Carricido sirve de escenario improvisado a dos enamorados que, entre pose y pose, sujetan sus sombreros agitados por la suave brisa que ha dejado la bruma tras de si. Sigue la ascensión con majestuosas vistas hacia la Illa de San Martiño. Un estrecho paso, Freu da Porta, donde las aves planean dándonos una clase magistral de vuelo sin motor.

Una bifurcación nos da la opción de volver al Faro de Cíes o bien continuar hacia nuestro próximo destino a menos de 600 metros. Ya lo vemos, allá a lo lejos, como vemos también la zigzagueante subida que ya hemos realizado al otro faro.

Una pequeña poza de agua humedece las puntas del osado tojo que se inclina sobre ella. Con la superficie cubierta de florecillas amarillas y hierbas descompuestas humedece la roca que la circunda. Agua de manantial o agua de lluvia, he ahí la disyuntiva.

Al fondo ya tenemos el faro, y a sus pies los acantilados golpeados por el Atlántico, Golpea el mar sin tregua, sin compasión, embate empujado por las corrientes oceánicas, aguas procedentes de otras latitudes mezcladas con lágrimas vertidas en Cardiff , risas en Kilmore Quay o agua derramada en Vík í Mýrdal. Porque el océano nos separa, pero también nos une. Rutas invisibles llenas de historias a las puertas del faro da Porta, construido en 1918 y que toma el nombre del canal entre las dos islas.

Sentados en las rocas que circundan el faro observamos el mar mientras la salitre que flota en el aire acaricia nuestro rostros. Cíes es el paraíso, ese lugar donde la naturaleza vive en estado puro, un frágil ecosistema con exceso de aforo. Mientras descendemos para volver sobre nuestro pasos, observamos la senda en busca de ese rincón o paraje que nos ha pasado desapercibido a la ida, Porque en cada recodo, esquina hay algo nuevo que descubrir. Y paso a paso, foto a foto llegamos de nuevo al Camping donde comeremos algo antes de comenzar la siguiente ruta.

Ficha técnica

Dificultad: Fácil
Circular:
Tiempo estimado: 2,5 horas
Distancia: 7 kilómetros
Organiza: Concello de Vigo «Camiño a Camiño»
Ruta marcada:
Fotos: José Rodríguez Pérez
Enlace Wikiloc: http://es.wikiloc.com