Sequoia

Tengo un buen amigo, y mejor persona, que es arqueólogo. Un día hablando de sus trabajos me dijo que había encontrado una cosa a la que le tenía un cariño especial, me llevó a un despacho y sacó de un cajón una flecha, fíjate dijo, tiene doblada la punta y se debe a que chocó contra la coraza de un enemigo. Me quedé viendo tan maravillosa pieza y, como lo de tener la lengua quieta es una virtud que no poseo —vamos soy un bocazas— le espeté "¿Por qué contra una coraza y no contra un muro?". Acabas de estropear el encanto, me contestó.

Uno de estos últimos domingos leí en un periódico que los fenicios introdujeron la escritura en la Península Ibérica y todo porque un abnegado arqueólogo encontró unos platillos de cerámica con signos inscritos en esta lengua. Puede ser que sean los restos arqueológicos más antiguos encontrados hasta la fecha, pero deducir que por unos platillos aprendieron a escribir las tribus carpetovetónicas va un largo trecho y no lo digo por estropear el encanto.

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Que la escritura es uno de los mayores pilares de la civilización no es ningún descubrimiento pero si lo es para quien la desconocía, así un indio cherokee quedó asombrado al ver que los hombres blancos que, aparte de hablar con lengua de serpiente, convertían en fonemas los signos de un papel. Arte diabólico es, pensó el bueno del hombre y se dijo que si hombre blanco podía hacer tal cosa, piel roja también, y se puso manos a la obra hasta completar un alfabeto para indios que, como era silábico, constaba de 85 signos. Si a los niños españoles les cuesta aprender las 27 letras del alfabeto, compadezco a los infantes cheroquitos con 85. El autor del prodigio era un indio, probablemente natural de Tennesse, que atendía al nombre de Sequoiah y, en su honor, recibíó la denominación un árbol, la Sequoia sempervirens. Endl. A día de hoy me inclino a pensar que es más conocido el Sequoia vegetal que el inventor de silabarios.

La sequoia se conoce popularmente como secuoya de California, o secuoya roja y es el árbol que alcanza la mayor altura de los que existen actualmente, el más alto se llama Hyperion y mide 115,61 metros, mientras que al más grueso de nombre Lost Monarch con un diámetro de 7,9 metros y, recurriendo a la geometría elemental, nos da una circunferencia de 24,80 metros.

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Es una conífera perenne como indica su nombre específico que proviene del latín semper: siempre y virens: verde, y pertenece a la familia de las Cupresáceas, siendo una especie monotípica, es decir la única especie de este género.

La corteza es pardo rojiza, lo que da su nombre secuoya roja, es gruesa y esponjosa con capacidad de almacenar agua lo que convierte a la planta en un blanco idóneo para los rayos, pero excelente para protegerse de los incendios.


Las hojas, pequeñas, que apenas alcanzan los 3 milímetros, largas y aplanadas, de color verde oscuro brillante por el haz y verde claro mate con 2 bandas blancas de estomas y se disponen en espiral en la rama.
Los conos (piñas) son ovoides y miden entre 1 y 3 centímetros de color marrón en la madurez y escamosas conteniendo entre 3 y 7 semillas aladas por escama que caen al secarse con el calor. Las semillas son muy pequeñas de unos 4x0,5 milímetros, en su mayoría estériles, siendo tan solo un 15% fértiles lo que se supone es para desmoralizar a los depredadores que tienen que abrir muchas para encontrar una que tenga algo de “chicha”.

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Son propias del Sur de Oregón discurriendo en una franja de 700 Kilómetros a todo lo largo de California, formando bosques casi siempre monoespecíficos aunque pueden convivir con el abetos de Douglas y el chamaeciparis, viven hasta alturas de 900 metros sobre el nivel del mar pero algo alejadas de las costa por no ser muy amigas de los vientos marinos, pero si gustan de lluvia y niebla persistente.
Es una especie muy longeva incluso llegando a 3.200 años lo que sumado a su rápido crecimiento da lugar a que existan ejemplares tan altos. Se han encontrado fósiles de secuoya, de hasta 5 millones de años de antigüedad, en Europa, incluyendo la Península Ibérica donde fueron introducidos a mediados del siglo XIX por el Duque de Wellington como regalo al Marqués de Corvera que plantó en su finca de Granada donde los lugareños las conocen como “mariantonias”, que es una típica “transcripción” andaluza al nombre de velintonia que se le dio en principio por el Duque donante.

En la Península Ibérica es famoso el bosque de secuoyas del Monte Cabezón en Cantabria que fue declarado Monumento Natural en el año 2003 formado por 848 ejemplares de este árbol y plantados en la década de 1940.

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En Galicia tenemos un bosque plantado en 1960 en el Monte de Pena da Moa en el concello de Ponte Caldelas por el Centro de Investigación Forestal de Lourizán, que sobrevivió a un incendio en 1970 a pesar de la juventud de los ejemplares. Otro a destacar es el bosque situado a pies del Monte Castrove en Poio donde jóvenes estadounidenses plantaron 500 ejemplares en el año 1992 en conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América. También sobresalen los ejemplares del jardín de Padrón, el de la finca Masso en Beluso (Bueu), finca de Lourizán (Marín), Castillo de Soutomaior, o la Carballeira de Santa Susana en Compostela.

Los de las fotos son dos ejemplares que se cultivan en el Jardín de Helechos de Donas-Gondomar. El más alto mide 15,50 metros y un diámetro de 0,60 y el más bajo mide 14,60 metros con un diámetro de 0,80 metros. Fueron plantados hace 22 años.

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