El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. VI)

Soutipedre. Manzaneda / Foto: ©J.L. Ortiz Soutipedre. Manzaneda / Foto: ©J.L. Ortiz

Seis.
Oyó ladrar un perro. Oyó tocar las campanas del reloj de la torre y fue incapaz de contar los golpes. Oyó su propia respiración insegura en medio de la noche. Cuando se despertó, la oscuridad se había llenado de las cosas de la mañana.

Se quedó un rato tumbado, los ojos perdidos en el alto techo del cuarto, retomando cuanto había estado pensando la noche anterior mientras hojeaba el libro y alguna de las cartas que habían pertenecido al sacerdote. Todo lo que había estado pensando acerca del sacerdote y de los guardiaciviles y de los dedos amputados era un desatino.

Romasanta se levantó y vistió. Fran y él se habían instalado en una casa cuya dueña era una viuda con la que el doctor Ávila mantenía una gran amistad, y por ello había accedido inmediatamente a la petición del doctor. La casona era fresca y silenciosa y olía a cera y a madera. Una amplia escalera interior de roble daba a la segunda planta, sobriamente amueblada y confortable. La viuda había puesto toda esa planta a disposición de ambos policías. Para comer, tendrían que arreglarse por su cuenta.

Salió al balcón y lo recorrió todo a lo largo de la fachada observando el movimiento matinal que llenaba la Plaza Mayor. Al otro lado de la plaza y separada del bar El Argentino por un callejón, aún podía leerse un rótulo que recordaba de la infancia, Pastelería Paz de la Peña. A la derecha, antes de la calle de As Mazairas, la barbería del viejo Emiliano seguía en activo. Rememoró algo muy lejano y se hizo el propósito de pasar a saludarlo. En ese momento decidió empezar el trabajo por lo más inmediato. Garabateó una nota para Fran, que aún seguía en su habitación, cogió la foto y las llaves del coche y bajó a la calle.

En El Argentino tomó un café observando discretamente el rostro ceñudo de un hombre trajeado que bebía una copa de licor. Un vendedor de camisas y corbatas o relojes, pensó, un hombre que recorre la provincia alcoholizándose lentamente, sin esperanza. En lugar de llamar a la comisaría optó por tomarse un segundo café.

Condujo con cuidado por toda la bajada repleta de curvas de la comarcal OU-533 hasta tomar el desvío y por un instante estuvo a punto de detenerse en el santuario, pero decidió posponer una charla con el viejo sacerdote para el final de la tarde. Le aceptaría entonces la copa de licor café.

Cruzó el rio y detuvo el coche para contemplar allá arriba la casa flanqueada por los cipreses. Los pájaros. Cuidado con los pájaros, le había dicho la señora de la tienda. Fran había perdido un dedo en aquella casa. El dedo. Decidió que a la vuelta echaría un vistazo a la casa. Giró a la derecha hacia Soutipedre. El doctor Ávila le había dicho que estaba a quince minutos del puente.

Dejó el coche arrimado a la primera casa y mientras caminaba siguiendo la carretera un perro escuálido salido de la nada meó en una rueda y se alejó olisqueando el suelo. El descomunal espinazo calcáreo de una bestia antediluviana fosilizada asomaba en la loma de la montaña sobre la que se asentaba el pueblo. El aire olía a vegetación y a verano y no cantaba ningún pájaro. Las cincuenta o sesenta casas que conformaban el pueblo se apiñaban a ambos lados de la maltrecha carretera que ascendía en dirección a Manzaneda y las fincas inclinadas estaban limpias de brezo y retamas. Había castaños por todas partes. Un murmullo cristalino le hizo buscar el origen hasta localizar entre dos casas un cordel de agua que saltaba sobre unas piedras, vertía en la hierba y desaparecía en una mancha de tierra cenagosa. Romasanta tomó el sendero señalizado con un enorme laurel y que bajaba hacia la derecha, tal como le había indicado el doctor.

Por el camino subía una vieja con pañoleta y encorvada llevando de la rienda un asno con alforjas mugrientas vacías. Se quedó quieta frente a él en medio del sendero y al tiempo que se persignaba emitió un murmullo que parecía brotar de los ojos incrustados en pellejos de piel, porque sus labios no se movían. Romasanta se apartó un par de pasos y la mujer y el animal continuaron su camino.

Ladera abajo las huertas se extendían en cuadrículas escalonadas salpicadas de frutales y la vertiente de enfrente ascendía pintada ya de sol. Enseguida identificó la casa, adosada a una higuera e incrustada en la tierra por el lado de la carretera y con la galería colgada al oeste. Un lugar frio, pensó, al tiempo que levantaba la vista hacia las ventanas. Una cortinilla osciló.

Tenía la mano levantada para llamar cuando la puerta se abrió. La mujer dijo Buenos días y enseguida le indicó que pasase. El hombre que estaba sentado en la cocina se levantó y dijo su nombre y se dieron la mano y ambos se sentaron.

─Soy el inspector que está a cargo del desgraciado incidente de las Ermitas ─el hombre asintió─. El doctor Ávila les advirtió anoche de mi visita. Tengo entendido que son ustedes familia del padre Saturnino y me gustaría hacerles algunas preguntas ─el hombre volvió a asentir.

El gato que estaba en el escano se levantó, estiró las patas de atrás y luego las de delante y saltó silenciosamente a la mesa. La mujer puso sobre la mesa unas tazas de porcelana con sus platillos y cucharillas, Teño café quente, dijo. El gato se paseó mirando alternativamente en el interior de cada taza y el hombre carraspeó y empujó al animal.

─Sal dahí, miiisa! ─dijo la mujer, y el gato volvió de un salto al escano, se sentó sobre las patas traseras y se rodeó de su cola. Romasanta paseó la vista por la estancia. De una pared pendían un retablo de la Virgen, de hojalata y enmarcado, y un almanaque de Droguería Santamaria. No había fotos en la cocina.

La mujer acercó la cafetera y le miró antes de llenar la taza y le miraba con una atención brusca como a la espera mientras se la llenaba.

─Le agradecería un vaso de agua ─pidió el inspector.

La mujer le acercó una jarra de cristal y un vaso.

─La mejor agua de toda la montaña ─dijo el hombre─, dulce y muy fría. Beba.

Bebió y posó el vaso. Ninguno de los tres habló enseguida. Se contentaron con prolongar el silencio y esperar. El matrimonio ya sabía lo sucedido y probablemente sabrían qué clase de preguntas tendrían que contestar, pero la pregunta de la mujer le pilló desprevenido.

─¿Entón non caíra da torre? ¿Non foi un accidente, logo?

La mujer no se había sentado a la mesa. Estaba apoyada en la encimera de espaldas a la ventana con las manos en los bolsillos de la bata.

─¿Por qué lo duda? ¿Creen que pudo suceder alguna otra cosa?
─¡Como ímos saber o que pasou! Os curas din que foi un accidente, pero o caso é que está vostede eiqui, a facer preguntas! ─la mujer lamentó enseguida su brusquedad, pero se limitó a bajar la mirada.
─Probablemente se trate de un accidente ─el inspector entendió y memorizó que alguno de los sacerdotes se le había adelantado y había hablado con el matrimonio─, pero mientras no se haga la autopsia debemos seguir unos procedimientos rutinarios, y hablar con parientes y amigos es uno de ellos. ¿Quién de ustedes es pariente del fallecido?
─Se podría decir que los dos lo somos ─contestó el hombre─, porque mi mujer y yo somos primos. Nuestras abuelas eran primas segundas. Somos primos lejanos, pero primos al fin y al cabo ─vació la taza de café de un trago y sin azucarar. Romasanta removía el suyo con una cucharilla de plata. Ya había tomado dos en Viana y se resistía a beber el tercero por miedo a sufrir ardor de estómago. Mojó los labios simulando beber e insistió.
─¿Y el sacerdote era también primo lejano?

A Romasanta no se le escapó la mirada fugaz que el matrimonio acababa de cruzar. Le pareció que el hombre asentía imperceptiblemente, pero no podría asegurarlo. Cuando la mujer habló ya no había ningún sentimiento aparente de alarma o de cualquier otra naturaleza en el tono de su voz.

─Miña avoa marchara para Cuba deixando eiqui no pueblo un neno pequeno. Deixárao de criado na casa dos Torrego, que daquela serían os únicos que comían dúas veces ó día ─se acercó a la mesa y se sentó, azucaró su café y no dejó de darle vueltas a la cucharilla mientras hablaba─. Ten que disculpar, estou a falarlle en galego, ao mellor vostede non o entende, pero é que eu non...
─No se preocupe, entiendo el gallego. Siga.
─Bueno. Aos poucos anos a muller regresara de Cuba. Viña preñe. Non tiña un can, daquela ninguén tiña nada, e a xente...bueno, xa sabe vostede como é a xente con esas cousas. O caso é que decidíu mantelo en segredo e cando paríu colleo a criatura e deixouna nun banco da ermita ─cruzó otra mirada con el hombre─. Ninguén soubo diso nunca... Ata hai uns anos ─la mujer volvió a cruzar una mirada con el hombre, pero ya no la apartó.
─Mellor que llo contes todo, muller. Ao fin e o cabo, está en boca de todos. Saturnino está morto, quen paz descanse. Penso que será mellor que o saiba por nos que pola xente.
─¿Saber qué?

La mujer posó la cucharilla y bebió un poco de café. Parecía buscar algo en el aire. Dio un profundo suspiro.

─Hai uns anos desaparecera unha rapariga.

(continuará)