El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. V)

Arco da Vella sobre Viana. / Foto: ©J.L. Ortiz Arco da Vella sobre Viana. / Foto: ©J.L. Ortiz

Cinco.
El muchacho había seguido el sendero paralelo al rio. Sorteó el aluvión de troncos que bloqueaba un cauce lateral seco y caminó un trecho hasta alcanzar un montículo de rocas calizas donde se acomodó para comer un trozo del pan llevaba en el zurrón.

Un pájaro gimió desde alguna copa imitando el quejido de un niño. Las laderas escalonadas y con las cepas cargadas de hojas y racimos se perdían en el cielo y mientras miraba hacia arriba escuchó de nuevo al pájaro, o tal vez fuese otro. El aire no tenía aromas y el agua que se deslizaba silenciosa parecía quieta.

El primer lazo que había puesto rio arriba estaba vacío. Unos pocos pelos rojizos seguían adheridos al alambre, pero la presa había logrado soltarse. Cuando se había inclinado sobre la orilla para beber había visto en el lecho unas monedas. Cogió solo dos porque las juzgó viejas y sin valor. Sólo un poco después se había percatado de que colgaban cosas de los árboles en todo aquel tramo de rio, pero estaban demasiado altas para su vista.

El segundo lazo estaba a sus pies, bajo una de las rocas. Se metió un enorme trozo de pan en la boca y se acuclilló en la oquedad y alargó los brazos para buscar el alambre. Al poco de estar inclinado se le erizaron los pelos de la nuca. Tenía esa extraña manifestación, que le avisaba cuando había cerca de él alguien observándole. Gateó con rapidez sobre el montículo para pasar al otro lado y una piedra resbaló al apoyar en ella la mano y se golpeó la nariz.

Entonces levantó la cabeza y se llevó la mano a la cara y se la miró y se apretó la nariz con dos dedos y cayeron unas gotas de sangre. Estaba secándose los dedos en el costado cuando la profunda y alta voz a su espalda le pareció la voz de Dios llamándole a Juicio.

─¡Non te movas, hostia, ou te deixo sen miolos!

Miró de soslayo por encima del hombro. Una mancha andrajosa surgió tambaleante por entre los árboles y al detenerse junto a él recuperó el equilibrio. El sol le daba en la cara y parpadeaba y achicaba los ojos mientras en sus manos oscilaba un fusil oxidado de un solo caño con una boca en la que hubiera cabido un corcho de garrafón. Tenía las orejas grandes y redondas que se despegaban de la cabeza. El muchacho dejó de masticar y se incorporó despacio.

─¡Ah! Eres ti. Pensei que era o fillo de puta ese─su voz ya no era dura pero tampoco amable─. Eres ti, xa estás de volta.

El muchacho se percató de que tenía la boca llena, tragó el bocado a medio masticar y entonces habló.

─É a primeira vez que nos vemos ─le dijo, pero el hombrecillo no le escuchó o no le oyó y le siguió hablando al tiempo que se metía un dedo en un oído y lo sacudía enérgicamente.
─Veña, ségueme, non hai que quedar eiqui moito rato, pode aparecer ─se giró sin esperar respuesta y volvió a meterse entre los árboles sin cambiar el arma de posición─. ¡Teño una botella! ─gritó.

El muchacho echó una ojeada a su alrededor, como si esperase la aparición de otro actor en un escenario. Se incorporó y siguió al hombrecillo.

Se fueron alejando del rio ladera arriba siguiendo los escalones de piedra de las traviesas y se metieron en una senda entre los árboles que parecía el rastro de algún animal más que un camino hecho por el hombre y rebasaron la loma para luego descender por el otro lado. Cruzaron un tajo de tierra oscuro maloliente, los hongos como ropa podrida adornando troncos podridos, y media hora después se zambullían en una muralla de retamas para encontrar al otro lado una diminuta casa de piedra. El único ventanuco no tenía nada con que cerrarse y la puerta había sido fijada a las jambas con dos trozos de cuero que hacían de bisagras y un musgo espeso cubría las pizarras. Las ramas de grandes robles apenas dejaban ver el sol. El muchacho se detuvo para contemplar aquello que estaba clavado a uno de los troncos y que supuso era el origen del olor que había notado poco antes. El pellejo medio pelado de un gato que se atirantaba y se secaba marcando las costillas sin carne y un ojo vuelto del revés sobre una mueca sin labios que mostraba los dientes blanqueados.

─É o único que os espanta ─dijo─. Os que saen do inferno non teñen nome ─dijo, y sacó del fondo de la camisa sucia la cruz del rosario que llevaba al cuello y la besó─, e cando veñan a por ti, han de recoñecerte, tanto ten o que leves posto. O gato dun home morto non ten nome. Iso din.

El interior era de una sola habitación con el suelo de tierra pisada. Algunas tablas, viejas herramientas sin mago, una sartén herrumbrosa y harapos, una damajuana. Leña. Cuando se sentaron en la penumbra sobre retales de sacos una nube de moscas vibró en el aire y al poco se volvieron a posar. El hombrecillo ya no tenía la escopeta, tenía en la mano una botella de un líquido claro.

─Quen é el? ─preguntó el muchacho, y el hombrecillo miró asustado hacia la puerta.
─El? Quen?
─Dixeras que me confundiras con el. Chamáchelo fillo de puta. De quen estabas a falar?

El muchacho colocó el zurrón entre las piernas y se puso a mordisquear pan y chorizo sin ofrecerlo.

─Ah! El. Sí, ese. Ten os dentes todos de ouro. Ela tamén ─el hombrecillo se sorbió los mocos ruidosamente. Su expresión no era afable─. Ten una casa que se move. Se non bebes, non eres quen d´entender o mundo, porque escoita ben o que che digo, una cousa, que une aos homes non é compartir o pan, senón os inimigos ─dio otro trago a la botella sin ofrecerla, la posó entre las piernas y quedó pensativo─. Non leva bragas.
─De que estás a falar?

El muchacho olisqueó el aire sin disimulo y fue entonces cuando reconoció el olor, una tibia emanación de orina húmeda y empalagosa. El hombrecillo bebió todo el aguardiente que quedaba deteniéndose solo para coger aire. Si lle arrimara un misto prendido á boca, pensó el muchacho, ardería coma una tea. El hombrecillo apuró la botella y acercó la boca al hombro para secarse en un gesto de pájaro. Luego medio abrió la boca pequeña enseñando pedazos de dientes color madera en una mueca imbécil y lasciva, escupió a un lado y asintió con la cabeza. El muchacho escuchó un rato su propia masticación en aquella falta de luz y a continuación salió de la casa y se quedó fuera de pie aspirando el aire del medio día e inhalando la tierra y los árboles enormes. No se escuchaba más ruido que el zumbido del enjambre de moscas que cubrían el gasto despellejado y mientras lo miraba una serpiente desaparecía retorciéndose por una grieta de las piedras de la caseta. Pensó en los lazos y en el cepo y decidió que no se entretendría más con el hombrecillo chiflado. Entonces escuchó cavar la tierra dentro de la caseta. Volvió para mirar al interior y se detuvo en la puerta. Miró pero no prestó atención a los garabatos tallados a cuchillo que destacaban sobre la vejez de la madera. El hombrecillo estaba acuclillado apuñalando la tierra y apartándola y apartando las moscas que parecían conformar un círculo alrededor del agujero al tiempo que emitía una risita aguda y tenue. Cuando su cuchillo golpeó la lata redonda de sardinas levantó los ojos muy abiertos hacia el muchacho. Posó el cuchillo y sacó la lata con tanto cuidado que el muchacho no supo qué pensar y la posó en el suelo y le hizo una seña para que se acercase. Levantó muy despacio la tapa de bordes mellados. El muchacho dudó, dio dos pasos y se detuvo y se inclinó hacia delante.

─Pero qué...? ─ Estiró el cuello hacia las sombras y algo se le removió en lo profundo e hizo una mueca─. Son dedos!

El hombrecito pareció sentirse decepcionado ante la reacción del muchacho, pero no contestó.
(continuará)