El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. IV)

San Cibrao San Cibrao

Cuatro
El Rector no entendía por qué se le estaba acelerando el corazón mientras mantenía los ojos fijos en la manilla de la puerta. Podía ser cualquiera de los que habitaban en la ermita. Percibió de reojo el movimiento del gato. Giró un poco la cabeza pero el animal ya había desaparecido. Comprendió entonces que la presencia del gato era lo que le intranquilizaba.

La sombra que cortaba la raya de luz bajo la puerta seguía inmóvil, pero la manilla se estaba moviendo. Inspiró con fuerza y en dos zancadas se plantó frente a la puerta y la abrió de golpe.

El hombre que se erguía frente a él tenía un algo de ave de presa en la mirada. Era de su misma estatura y la espalda ancha. Vestía un traje oscuro sin alzacuello. El Rector no pudo dejar de fijarse en el prendedor de corbata y en su calzado, unas zapatillas deportivas blancas que desentonaban con el traje. Al percatarse de que llevaba guantes, retrocedió unos pasos.

—¿Quién es usted, qué desea?

El hombre del traje entró en el despacho, cerró la puerta, pasó junto al Rector y se sentó con las piernas cruzadas en el sillón frente a la mesa de escritorio.

—Busco a la monja —habló sin mirarle, mirando la lámpara posada en la mesa. La lámpara tenía flores pintadas en la pantalla de porcelana y junto a ella había un retrato en un marco dorado, una mujer joven pero con ropa antigua.
—¿Cómo dice?
—La monja, la que vive aquí con ustedes. Quiero hablar con ella. Ahora.
—Discúlpeme, señor...—el hombre no se presentó—, pero esta situación es totalmente anómala —el Rector trataba de entender qué es lo que estaba haciendo aquel hombre en su despacho—. Me resulta del todo imposible ponerle en contacto con sor Regina. Está en el hospital, gravemente enferma. Por otro lado, comprenderá que el hecho de que un desconocido se presente sin más en el despacho del Rector de esta institución religiosa y exija que...
—El tiempo apremia y no puedo entretenerme dándole explicaciones, Rector —le cortó al tiempo que se ponía en pie—. Deduzco que la monja está ingresada en el hospital. En el hospital de El Barco, ¿correcto?
—Sí, claro, por eso debe comprender que...

En ese momento llamaron a la puerta. Un arma apareció en la mano del hombre del traje. Sin esperar respuesta la puerta se abrió el diácono entró en el despacho. La penumbra le obligó a examinar unos instantes las dos personas, porque sólo esperaba encontrar una. El hombre del traje veía la silueta del diácono recortada contra la luz del pasillo. El Rector se percató de que ambos hombres se estaban sondeando.

—¿Conoce usted a éste hombre, Remigio?

El diácono no apartaba la mirada del hombre del traje.

—Quédate donde estás.

El hombre del traje dio un paso hacia el diácono y éste dio un paso atrás.

—Quédate donde estás —repitió el hombre del traje señalándole con el arma.

La mirada del Rector se posó en el objeto que el desconocido empuñaba.

—¡Por Cristo! —exclamó—. ¿Qué es lo que va a hacer?

Tras la hermética expresión de su cara el diácono parecía estar devanando la situación hasta su límite último. El hombre del traje no apartaba la mirada del diácono mientras hablaba.

—Todo ritual implica derramamiento de sangre —su voz no era ni fría ni cálida, el rostro quieto como una piedra pero sin dureza—. Los rituales que eluden este requerimiento son mera parodia. Pero eso es algo que tú ya sabes.

El diácono no se había movido. La luz del pasillo proyectaba su sombra alargada tan quieta que parecía pintada en el suelo. Durante esos instantes se miraban y se veían del todo el uno al otro, el hombre del traje impasible lleno de determinación, el diácono impasible lleno de odio.

—Rector, corra las cortinas y encienda la luz.
—¿Qué pretende usted con...?
—Cállese y haga lo que le digo. Y tú, cierra la puerta y acércate.

El diácono obedeció pero permaneció junto a la puerta cerrada. En el instante en que el diácono cerraba la puerta el Rector había creído escuchar pasos, y cuando cerraba las cortinas percibió una silueta negra agazapada en la oscuridad más profunda de los soportales al otro lado del atrio. Al volverse de cara a la realidad del cuarto, ambas cosas desaparecieron de su mente.

—Desnúdate. Del todo.

El diácono negó con la cabeza al tiempo que miraba al Rector como implorando su intervención. El Rector solo pronunció la primera sílaba de una protesta porque el hombre del traje le golpeó violentamente en la nariz con el arma. Se sentó en el sillón balbuceando ¡diosdiosdios! sujetándose la cara con las manos. El arma apuntó de nuevo al diácono y se miraron a los ojos. El diácono entendió en aquella mirada que el hombre sopesaba dispararle, pero no se movió. Levantó lentamente los brazos y le hizo señas dibujando en el aire palabras con las manos. El hombre del traje dio dos pasos y el diácono recibió un puñetazo en el estómago y cayó doblado arrodillado sin respiración. Le apoyó el arma en la nuca y con la mano libre enguantada rebuscó en la calva y por entre el pelo enmarañado y detrás de las orejas y alrededor del cuello.

—Levántate y desnúdate. No te lo pediré otra vez. Si me lo pones difícil, te mato y el Rector te desnudará.

El Rector no tenía ningún punto en el que iniciar un razonamiento, ninguna sospecha, nada. Seguía la escena sin pestañear, incapaz de darle algún sentido a lo que estaba sucediendo. El diácono, aquel hombre con el que compartía muchos momentos del día desde hacía muchos años, se estaba desnudando, pulcramente, sin temblor en las manos, posando en el suelo cada prenda, mientras un desconocido le apuntaba con una pistola. Habían entendido que el silencio y obedecer eran las dos únicas certezas.

Cuando se quitó el calzón, el hombre del traje le ordenó abrir las piernas y colocar las manos sobre la cabeza. Examinó detenidamente en silencio toda la piel del cuerpo enjuto y blancuzco cubierto de lunares.

El Rector pensó sin más en animales, en lobos, y divagando enlazó con la niñez y con las ovejas, con el rebaño de ovejas que pastoreaba su padre. Había observado lo sumisos que eran esos animales cuando les llegaba el momento de la muerte. En San Martín los cerdos no querían morir, chillaban, se sacudían. Pero la oveja no chilla, no sale corriendo, sino que camina silenciosa junto al hombre que lleva el cuchillo. Crecía en él la aterradora convicción de que el diácono iba a ser asesinado por las oscuras razones de un demente y meneó la cabeza ante la asombrosa inventiva de la locura en todas sus formas.

—Sé que lo tienes en alguna parte —dijo el hombre del traje—. Nunca me equivoco.

Le propinó un puñetazo en el costado y con una patada detrás de la pierna lo puso de nuevo de rodillas.

—Dime dónde está —le apoyó el cañón en el oído—, o te mato aquí mismo y ahora.

Un súbito y violento golpe en los cristales seguido de otro y otro más les hizo dar a todos un respingo y levantar la vista hacia la ventana. El gato había asomado la cabeza entre las piernas del Rector con la boca muy abierta y los ojos muy abiertos y sin emitir ruido alguno retrocedió.

(continuará)