El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte II)

Dos
El asunto de los meñiques amputados le trajo a la memoria el diario Pueblo, cerrado meses atrás, en el que había leído un artículo del periodista Marlasca en la sección de Sucesos. Ambos habían trabado amistad a raíz del caso de un hombre que había sido quemado vivo dos veces. Cuando el periódico salía de la rotativa por última vez, el periodista le había regalado un ejemplar que aún manchaba los dedos de tinta.

En aquel artículo Marlasca también hablaba de dedos amputados. Trató de hacer memoria, pero se sentía incapaz. Lo intentaría más adelante. Dejó al forense con un saludo y se dirigió a un cabo de la guardia civil.

─¿Dónde está el hombre que los encontró?
─Está en su casa, inspector. Estaba muy afectado. Vive allí, la casa aquella ─señaló hacia el prado. La luna le daba un color azulado─. Vino hasta aquí, vio los cuerpos y llamó al cuartelillo. La llamada está registrada a las seis y diecisiete de la tarde.

Romasanta observó que había luz en una ventana. Los técnicos empezaban a embolsar los cuerpos. Dio la vuelta y pasó al otro lado de las cintas. A sus pies, donde terminaba la calzada, pasaba un camino de tierra por el que se estaba desviando el tráfico. Se distinguían las rodaduras de los vehículos. Escarbó en la arenisca con el tacón del zapato. Más allá se extendía un pequeño pinar. La mirada de Romasanta rebasó la masa oscura de los árboles y se explayó en el cielo iluminado sin estrellas. A continuación miró en ambas direcciones. No pasaba ningún vehículo ni se veían luces de faros. El lugar en el que se encontraban hacía un ligero arco. Por el lado de La Gudiña, el terraplén en que terminaba el prado formaba una profunda cuneta. Por el lado de Viana, de donde había llegado, la carretera descendía en una curva y hacía también imposible ver nada más allá del asfalto. El vehículo de los dos hombres asesinados tapiaba la visión a cualquier vehículo que pasase en ese momento por allí.

─¿Hay mucho tráfico en esta carretera por las tardes? ─le preguntó al guardia que controlaba el paso de vehículos por el lado izquierdo.
─Muy poco, todavía no empezaron las fiestas de La Gudiña, que son el fin de semana que viene, porque entonces esto será una autopista.

Romasanta se giró hacia las cintas y las recorrió con la mirada. Los dos agentes detienen un vehículo, razonó, un agente está junto al Land Rover y el otro junto al vehículo. El inspector cierra los ojos y se imagina él mismo en el interior del vehículo. Desde el asiento del volante dispara a los agentes. No, los agentes están muy separados, no son una diana fácil. Fran sería de una gran ayuda, tiene imaginación, y tiene sobre todo objetividad. El ocupante se baja, dispara al agente más cercano y a continuación al más alejado. Falla un disparo, que da en la rueda. Falla, pese a ser un profesional. Tal vez falla el disparo porque el agente hace un quiebro. Romasanta asiente con la cabeza. Es una posibilidad. Después arrastra los cadáveres a la cuneta. A continuación los despelleja y les saca los ojos. Tiene que hacerlo todo muy rápido, podrían verle, o alguien podría detenerse. No, en realidad tiene una pequeña ventaja, y es que nadie se detendría voluntariamente junto a un vehículo de la Guardia Civil. ¿Por qué se toma tantas molestias? Les amputa los meñiques ¿Tal vez un ajuste de cuentas? También podría tratarse de sadismo, no hay que descartarlo. Parecían razones excéntricas, pero no imposibles, pensaba Romasanta. A menudo los hombres podían dedicarse a ese tipo de cosas. Tal vez quien lo hizo tratase de confundir la investigación, no sería la primera vez. O tal vez llevaba una carga comprometida, armas, drogas. Un secuestro. ¿Viajan en el coche un solo individuo o varios? Parecía un trabajo difícil para una sola persona. Cualquiera de las preguntas estaba relacionada con la otra cuestión: ¿qué hacían aquí los dos guardias civiles? Porque el sargento le había explicado que la pareja no debería estar aquí, la pareja tenía órdenes de posicionarse cerca del restaurante Augas Mansas para un control de vehículos pesados, y eso estaba a cuatro o cinco kilómetros del lugar en el que se encontraban, dirección Viana. Después tenían que volver al cuartel, esas eran las órdenes. Romasanta pensó de pronto en el cura fallecido en la ermita. Recordó el silencio de aquel lugar. Aquí todo está en silencio también, pensó. Inspiró con fuerza. Empecemos por el principio, por la identidad de los dos fallecidos. Entonces tuvo una inspiración: de los tres fallecidos. Eso es. Tendremos que repartirnos el trabajo, Fran se ocupará de los dos guardias civiles y yo seguiré con el sacerdote. De pronto ya no se sentía tan cansado. El razonamiento le recordó las cartas con remites del extranjero que había apartado durante el trayecto, de las que cuatro no estaban escritas en castellano. Las sacó del bolsillo de la chaqueta para no olvidarse de nuevo. Demasiados olvidos, pensó, tengo que concentrarme. Examinaría el resto de los documentos del padre Saturnino antes de acostarse. Lo cual le llevaba a otra cuestión, la de buscar alojamiento en Viana. Pediría ayuda a su amigo Ávila al recoger a Fran. Volvió sobre sus pasos y entregó las cartas al doctor Nogueira para que buscasen un traductor en Comisaría. El forense prometió ponerse a trabajar en las autopsias en cuanto estuviese de nuevo en Ourense.

Mientras subía por el prado hacia la casa del hombre que había encontrado los cuerpos, un bando de grajos se alzó del suelo en un vuelo reposado y acompasado por los graznidos. Un grajo permaneció inmóvil en la hierba, retándole. Romasanta tuvo la sensación fugaz de estar amenazado. El grajo emprendió el vuelo en silencio. La sensación se esfumó antes de poder descifrarla.

(continuará)