El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte I)

Luna llena sobre Viana / Foto: ©J.L. Ortiz Luna llena sobre Viana / Foto: ©J.L. Ortiz

SEGUNDA PARTE. I 

Al salir de una curva encajonada entre pinos un guardia civil les hizo señas con la linterna amarilla para que detuvieran el vehículo unos metros antes de las cintas que perimetraban toda la carretera a lo largo de cincuenta metros. Una luna blanca enorme apagaba las estrellas.

Romasanta pasó al otro lado de las cintas, continuó hacia el Land Rover saludando a los guardias y a los mismos compañeros con los que había trabajado por la mañana en Las Ermitas y se detuvo junto al hombre acuclillado al lado de los cadáveres. El sargento del cuartel de Viana le había contado someramente qué se iba a encontrar porque Romasanta prefería obviar las apreciaciones personales para no verse influido por ellas a la hora de sacar las primeras conclusiones.

Los dos cuerpos estaban tumbados en la cuneta al pie del Land Rover, uno a continuación del otro. Estaban boca arriba con los brazos levantados como si les estuviesen amenazando con un arma. Las cabezas eran una bola de sangre.

─Hola de nuevo, inspector ─le dijo el médico forense─. Le resumo. Ambos han fallecido de un disparo de pistola. El primero lo recibió en el pecho, y puedo afirmar que de muy cerca ─un disparo de flash blanqueó los cuerpos─. El otro agente recibió el disparo en la columna vertebral, en la parte lumbar ──. El neumático del vehículo recibió también un disparo, hay un agujero bien visible y está desinflado. Enseguida recuperaremos la bala. No hemos encontrado casquillos, tal vez los hayan arrojado o tal vez se los hayan llevado ─Romasanta se acuclilló junto al forense sin prestar atención a los flashes que se sucedían─. Seguimos examinado el recinto, pero como siempre, cuando llegamos esto estaba repleto de guardia civiles llenos de buena voluntad y con ansias de ayudar y han ido dejando huellas por todas partes y contaminando la escena. Y ahora el plato fuerte, inspector, aunque no dudo que ya se habrá percatado. Les han vaciado las cuencas oculares y desollado la cabeza desde la base, partiendo de una circunferencia alrededor del cuello, justo por debajo del maxilar y la nuca. Un trabajo muy profesional, si es que desollar personas puede considerarse una profesión. Necesito más tiempo para poderle dar más información.

Las moscas rondaban las cabezas y se apreciaban numerosos organismos e insectos. El inspector no apartaba la mirada de los cuerpos.

─¿Sabemos cuántas personas han participado en esto?
─No tengo ni idea de cuántas personas han participado en esta barbaridad. Tampoco sabemos cómo llegaron hasta aquí, suponiendo que fuesen más de uno. Pero podemos hacer alguna conjetura. Verá, el primer guardia estaba junto al Land Rover y fue arrastrado hasta aquí. Se ven las marcas en la tierra del margen y de la cuneta. El segundo también fue arrastrado, pero desde más lejos. Fíjese en esas marcar en la tierra que descienden en vertical ─un técnico las fotografiaba en ese instante─, y que a continuación giran hacia el interior de la cuneta. Fueron hechas por los tacones de los muertos. Hay tierra apelmazada en ellos.
─Murió más allá ─dijo Romasanta, levantando la mirada y siguiendo una línea imaginaria─. Tal vez un vehículo se detuvo para matarlos. O los guardias le dieron el alto detenido y cabrearon al conductor.
─Es posible, pero el cemento no permite aventurar nada. Incluso es posible que el o los asesinos se acercasen andando desde cualquier lugar. Pero ese es su trabajo, inspector.
─¿Hora de las muertes? ─Romasanta se adelantó a una probable objeción─: Me basta con una aproximación.
─La dificultad para mover las articulaciones nos indica un nivel moderado de rigor mortis, así que hará unas cuatro o cinco horas que fallecieron ─miró su reloj─. Entre las cinco y ocho de la tarde. Por cierto, inspector ¿dónde está su compañero?
─Ha sufrido un accidente. El meñique. Está en la consulta de un médico, en Viana.
─El meñique... ¡Qué casualidad! ─el doctor sonreía ante la expresión de asombro de Romasanta─. Fíjese en las manos de los cadáveres.

Romasanta observó las cuatro manos e inmediatamente interrogó al forense con la mirada.

─A ambos les han amputado la mitad del dedo meñique de la mano derecha. ¿Lo ve? Un corte limpio. Por segunda vez tengo que utilizar la palabra profesional. A lo mejor es un coleccionista. Hay gente muy rara ─sonrió por segunda vez.
El humor negro del doctor Nogueira, pensó Romasanta. El humor es inevitable cuando se habla profesionalmente de los muertos, aunque solo sea para disfrazar la desazón que nos produce lo que vemos.
─¿Un hacha, un cuchillo?
─O una cizalla. No lo sabemos. Los dedos, y especialmente los meñiques, son muy frágiles. Resulta bastante fácil cortar entre dos falanges, e incluso el mismo hueso. Tenemos que llevarnos los cuerpos a Orense para examinarlos con más atención.

Romasanta sabía que los forenses solo hacían conjeturas apoyadas en certezas. Hablaba de un trabajo profesional, y la ausencia de casquillos lo corroboraba. Nogueira tenía una cualidad que todos valoraban en un compañero, y es que era eficaz. Había que esperar a que acabase el trabajo de campo de los técnicos y a la autopsia. Tres hombres pierden el meñique en un mismo día, y este pensamiento le hizo enarcar una ceja.

(continuará)

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