El Paraíso está a dos metros bajo tierra (Segunda parte. VII)

Muller con burro / Foto: ©J. L. Ortíz Muller con burro / Foto: ©J. L. Ortíz

Siete

—Mentícheslle sobre os nenos —dijo el hombre vaciando su taza de café—. Tamén sobre a fotografía.
—Non hai necesidade de contalo todo. Has cousas da familia han de quedar na familia —la mujer estaba mirando al exterior por entre los pliegues de los visillos.
—Non sei —se sirvió otro café—. Mira que estes homes da cidade son xente moi lista, podería enterarse por...—se calló al oír a su espalda unos pasos arrastrados.

El policía se alejaba de la casa y la mujer lo siguió con la mirada hasta que se perdió detrás de la higuera y a continuación se acercó a la mesa.

—Séntese, meu pai, que agora mesmo poño o leite a quecer.

El anciano en pijama se sentó y posó las manos en las rodillas.

—Habría que darlle una lavada á este home —dijo el hombre mirando a la mujer al tiempo que se tocaba la nariz.

El anciano le miró, pareció que iba a decir algo, las enormes cejas grises enarcadas quién sabe si de ira y los ojos vueltos con la edad de un azul desvaído. La mujer les dio la espalda para poner una cacerola al fuego y el hombre se levantó y se dirigió al cuarto de baño bajándose la cremallera por el camino. El anciano esperó unos segundos y se quitó la dentadura, la sumergió en el café del hombre, la sacó, se la colocó de nuevo y posó las manos en las rodillas.

En la carretera, la vieja con pañoleta y encorvada hacía ahora el camino inverso, las alforjas del burro cargadas de maderas retorcidas y raíces color hueso. Se cruzaron sin mirarse y al poco Romasanta oyó el silencio de los cascos y también se detuvo. Tardó unos segundos en girarse. La mujer hacía trazos en el asfalto con un puñado de tierra. Cuando concluyó levantó la cara hacia él y señalándole con un dedo dijo unas palabras que el inspector no entendió.

Se miraron unos instantes y a continuación la vieja y el animal siguieron su camino. Los contempló alejarse, lentos e inexorables. La curiosidad le hizo acercarse para ver lo que la anciana había dibujado en la carretera. Dos figuras, o unos trazos. Ladeó la cabeza para verlos desde la perspectiva de la mujer e incluso llegó a dar una vuelta alrededor para visualizarlos desde todos los ángulos, pero no les encontró ningún significado.

De vuelta a las Ermitas, dejó el coche en el recodo antes de cruzar el puentecillo y subió a pie por la pista de tierra que llevaba a la casa de los dos cipreses. Mientras caminaba por la pendiente pensaba en todo cuanto le había contado el matrimonio. Podía ser una pista interesante, pero también podía tratarse simplemente de confidencias sobre un pasado que no tenía ya la menor importancia. Sin embargo se había percatado de la mirada que el matrimonio había cruzado cuando les había enseñado la fotografía de la anciana vestida de jovencita. Ambos afirmaron que no la conocían. Necesitaba tomarse un tiempo para reflexionar.

Se detuvo ante la casa para examinar la fachada y después se giró para contemplar el paisaje. La ermita era un edificio imponente. En uno de los ventanales del edificio principal dos personas parecían estar llevando a cabo alguna clase de trabajo. El enclave era un lugar hermoso. Apacible. Incluso por un momento le resultó inquietante. Éste pensamiento le trajo a la mente la enorme cantidad de pájaros que había visto el día anterior en éste mismo lugar. Pero ahora no veía ni oía ninguno. Tampoco en Soutipedre, pensó, pero tal vez se debiese a que no había prestado atención.

La puerta crujió al empujarla y la sostuvo el tiempo necesario para habituarse a la oscuridad interior. Le sorprendió pisar un suelo de tierra. La puerta estaba hecha de gruesas tablas conservadas en buen estado y se apoyaba en dos grandes bisagras de forja. Al cerrarla encajaba perfectamente en la piedra. Era muy posible que Fran hubiese perdido el dedo al meterlo accidentalmente en la ranura de las bisagras o que tuviese la mano en el marco de piedra y una ráfaga de viento la hubiese cerrado de golpe. Pero enseguida le parecieron explicaciones pueriles. Además, le había encontrado acuclillado en un rincón del interior, desorientado. Examinó detenidamente el canto de la puerta y no halló rastro de sangre. No encontró ningún dedo en el suelo. ¿Se lo habría podido llevar algún animal? Sacudió la cabeza sin poder evitar sonreír.

Dio unos pasos y se detuvo en el interior. Nada indicaba que aquello hubiese sido tiempo atrás una casa para habitar. No había tabiques, ni un suelo de terrazo o de piedra y las paredes de piedra basta contrastaban con la cantería exterior. Ni la menor señal de muebles o estanterías. Aquello tenía todo el aspecto de haberse dedicado al ganado y la labranza. Un edificio demasiado grande y sólido para guardar ganado y aperos, con una buena puerta, aunque todo es posible, pensó, muchas casas fueron abandonadas y reutilizadas después para otros fines. Su razonamiento no le convenció. Algo colgaba del techo en el ángulo izquierdo. Se aproximó, levantó la cara y vio lo que parecía uno de esos artilugios compuestos de muchas cosillas colgadas y que se mueven con el aire, pero la escasa luz no le permitía identificar la naturaleza de los colgantes. Le vino a la cabeza la palabra huesos, pero no entendió por qué. Se detuvo después en la esquina donde había encontrado a Fran y lo que vio le heló el espinazo. Cerró los ojos. Los volvió a abrir. Una rata del tamaño de un gato olisqueaba el suelo. Romasanta buscó con la mirada y encontró un mango de herramienta. La rata levantó el hocico y le miró y dio una vuelta sobre sí misma y otra más y la cola larga le seguía formando un círculo y volvió a olisquear el suelo y sus bigotes vibraban. Levantó el hocico y le miró y desapareció en la oscuridad. Cuando había encontrado a Fran había visto fugazmente en la pared una sombra de persona. No, no había visto tal cosa, las sombras del interior habían jugado con su imaginación. Lo cierto era que desde que había llegado a las Ermitas todo parecía querer jugar con su imaginación. Jugueteó unos instantes con el pie en la tierra haciendo que buscaba un dedo, y entonces se le ocurrió que la rata se lo habría comido. Tuvo la sensación de que el suelo estaba almohadillado. Se giró para dirigirse a la puerta, el mango en la mano, pero sin pensarlo conscientemente volvió a presionar el suelo con el pie. Cedía un poco. Se acuclilló, posó el mango a su lado, escarbó en la tierra con la mano y al notar al tacto otro material utilizó las dos manos.

Había dejado finalmente al descubierto una superficie de madera de un metro por un metro con una argolla de hierro oxidada. Inmediatamente pensó que se trataba del acceso a una bodega. Miró a su alrededor. Dudaba si levantarla o si dejarlo y hacer algo más provechoso, porque tendría que llamar al comisario al final del día y seguía sin tener nada que contarle. Levantó la argolla y tiró de ella con fuerza. Lo intentó una segunda vez y una tercera, pero no sucedió nada. Pasó la mano por la madera entornando los ojos y le pareció distinguir trazos o marcas, pero la luz era escasa. Súbitamente fue consciente del silencio. Tal vez fuese esa la razón, el enorme silencio. Lo cierto es que se le vino encima un gran vacío, como si la misma falta de sentido de la existencia se le metiera y extendiera dentro. Apartó la mano de las tablas como si hubiese recibido una picadura. Creyó poder ver con cierta definición uno de los trazos y en ese momento tuvo dificultad para respirar.

En el exterior, mientras respiraba con fuerza contemplando la ermita, prestó atención a los pájaros. Los había por todas partes, en los árboles e impávidos en las rocas y llenando el cielo silenciosos y posados en la cornisa de la casa. Era la segunda vez que se sentía amenazado por algo inconcreto.

En el interior, la madera comenzó a vibrar y la argolla vibraba.

(continuará)